viernes, 19 de noviembre de 2010

Vivencias desde la Choza del Cojo


Empezando por el final, un Viernes, 28 de Julio del 2006, se derribó esta simpática “choza”, que muchos cordobeses recordarán, bien porque alguna vez entraran a pasar un rato, o bien simplemente de verla al paso, fácilmente distinguible junto a un gran eucalipto donde acababa la ciudad. Esta estancia fue inicialmente una venta de arrieros, una pequeña construcción ubicada en una zona próxima al arroyo de Pedroches y la Cerca de Lagartijo que, como indica Francisco Carrasco en su amena obra sobre nuestros arroyos, estaba rodeada por otro arroyuelo que sólo en épocas de intensas lluvias bajaba hasta el llano bordeando la Huerta de los Lirios. En esa zona abundaba la anea reseca, cerca de una pequeña alameda. Por Navidad, muchos chavales subíamos a la cantera próxima a por barro (greda) para hacer pastores.

Al atardecer, cuando los pájaros se refugiaban en los árboles y el sol se escondía por las “Electromecánicas”, se despertaba de su letargo la Choza del Cojo

Según dice Alfonso Gómez en su libro sobre la Córdoba golfa, la Choza del Cojo tenía solera: no era una venta cualquiera. Abandonada desde hace años, y en estado ruinoso, se sabe de su existencia al menos desde el año 1862. Cuentan las crónicas que en ese año, con ocasión de la primera visita a Córdoba de la reina Isabel II, el Domingo 14 de Septiembre, las autoridades locales recibieron en una lujosa tienda instalada para la ocasión a tan egregia personaje junto a la Choza del Cojo. También, y con el nombre de “Cueva del Cojo”, es citada por Pío Baroja en su libro de “la feria de los discretos”.

Su último servicio fue como güisquería; con anterioridad fue la citada venta de carretera, luego taberna y después mancebía. En suma, un lugar muy pintoresco y entrañable para muchos cordobeses que, entre sus paredes, pasaron ratos de agradable “evasión” con los amigos o junto a una buena moza, saboreando unas botellitas de Montilla o Moriles y degustando un hermoso pollo de campo con sus patatitas fritas. Era lo que se llamaba “echar una canita al aire”.


BURROS MUERTOS

Al llano que había junto a la Choza del Cojo iban en los días festivos a jugar chavales de todos los lugares de Córdoba (Miguel Reina hacía de las suyas por allí), incluidos los “bellotos” de los Salesianos (los alumnos internos), y buena parte de los seminaristas de Córdoba. Después de los varios partidos de fútbol simultáneos que se echaban, llegaba la hora de beber y refrescarse y los que no éramos ni “bellotos” ni seminaristas no teníamos “intendencia”… por lo tanto había que ir hasta el venero que estaba en el arroyo en la “orilla de las pitas”, a mitad del camino hacia el puente del ferrocarril.

Aunque el agua del venero era fresca y cristalina, y salía al nivel del mismo arroyo, no podíamos por menos que SOPORTAR EL TREMENDO OLOR A CARNE PODRIDA, que venía de los esqueletos de caballerías, mulos y borricos muertos que toda la gente que podía abandonaba en el llano que existía en la otra orilla, entre el mencionado puente del ferrocarril y el puente de la Choza del Cojo. Era dantesco ver los costillares de estos animales diseminados por todo el llano en la margen izquierda del arroyo (mirando desde la Choza), exactamente en donde hoy se levanta cuarenta o cincuenta bloques de pisos apilados. Había veces que incluso se veían volar por aquel llano hasta grupos de aves carroñeras…


JABON “ECOLÓGICO”

Estábamos en el año 1953, enfrascados en uno de esos partidos de fútbol, en este caso contra una gente del Zumbacón, cuando observamos que al cercano arroyo de Pedroches, y con una maniobra extraña, se acerca un camión con la cabina de color rojo que, según recuerdo, ponía “Pancho”. El camión abrió las compuertas traseras y, aprovechando el desnivel existente, dejó caer sin ningún pudor una “masa” negra y pastosa. Al parecer era jabón podrido, según nos dijeron posteriormente. La enorme plasta cayó en toda la orilla siendo arrastrada buena parte por el caudal del arroyo.

A los dos días volvimos al mismo escenario y pudimos ver que media Córdoba se llevaba aquella pasta negra para uso doméstico. El empresario debió ser un personaje importante y con “contactos”, pues ni la prensa se hizo eco de aquella irresponsabilidad y desfachatez. Desde luego no pudo ser el empresario del sector Don Benito Lozano, porque después de alguna polémica se hallaba ya enterrado en el “cementerio civil” por haber vivido “amancebado”.

DOS ALUMNOS MUERTOS

Era el año 1955, y veníamos de la “Campiñuela” a donde habíamos ido a coger unas pocas bellotas. Al bajar por el terraplén del camino que lindaba con la Cerca Lagartijo y alcanzar al llano en el que se jugaba al fútbol, vimos una ambulancia junto a la carretera y un tumulto de gente alrededor. De forma lamentable, uno de los pocos coches que pasaban por la carretera en aquella época arrolló al niño de Villaharta Carlos Doval Gavilán, alumno de 2º curso de los “bellotos” del Colegio Salesiano. Su entierro constituyó toda una manifestación de duelo.

No terminaría la desgracia para el Colegio Salesiano. Al año siguiente los alumnos internos pasaban otra jornada de campo en la zona cercana llamada Peña Tejada (hoy zona de La Colina), y mientras la mayoría jugaban al fútbol, varios de ellos, al parecer, se pusieron a jugar cerca de unos grandes tubos de hormigón que estaban dispuestos para las obras de la conducción de agua desde el Guadalmellato. Incomprensiblemente, uno de estos tubos se rompió, dándole los cascotes en la cabeza al alumno de 2º curso Gerardo Montes Ortega que falleció prácticamente en el acto. Aquel sitio era muy visitado por todos los que nos gustaba el fútbol, aparte de que sus encinas conformaban un lugar ideal para los peroles de muchas peñas. También tenía la novedad de que junto al pozo había unas pequeñas cuevas naturales. Fue un hecho muy triste que dejó marcado para siempre aquel paraje, hoy destrozado por las urbanizaciones.


LOS PIONEROS DE LOS “POLLOS AL AJILLO”

Por ese mismo año 1955 había en San Andrés un pequeño bar llamado “Maza”, que se hizo famoso para los nenes de aquella época porque tenía un futbolín que nos gustaba visitar. En un momento determinado, o un familiar o el mismo dueño de dicho bar se quedó con el Restaurante de la Gasolinera de San Carlos, donde se especializó como pionero en los “pollos al ajillo”. Tuvo éxito, y hubo mucha gente que los fines de semana se desplazaba a este restaurante expresamente para saborear dicho plato. Más tarde apareció el famoso “Frenazo” que también se especializó en “pollos” y hasta en “conejos”, que conservaban en aceite orza. En la capital fue “Casa Pelitos” otro que trató los “pollos” con cierta autoridad, y que además se popularizó por dar comidas baratas a los “desvaídos”.

También fue pionero el Restaurante San Carlos en celebraciones de “Nochevieja”, siendo la peña “Los 14 pollitos” una de las primeras que celebró allí estas fiestas.


EL “LANGOSTINO DE ORO”

Lo que ya quedaba de la Choza del Cojo vio durante bastantes años una caravana de buenos coches y buenos semblantes encorbatados poseídos por el toque de la suerte, Nos referimos a los empleados de Cajasur, que daban la sensación de que nadaban en la total opulencia y dominaban hasta el mismísimo futuro. Eran “demostraciones” de poder y homenaje permanente, que en la mayoría de las veces se asemejaban a las “Bodas de Camacho”. Esos momentos vividos en el pabellón denostado de San Carlos representaban una etapa gloriosa de la desaparecida entidad de ahorro (dicho lo de “ahorro” con sentido indulgente). A dichas comilonas se les llegó a nombrar popularmente como “el culto al langostino de oro”. En las mesas no faltaba de nada. Había ilusión y se masticaba el poder junto a los mejores manjares, servidos por una cohorte exquisita de camareros que iban y venían portando una de las mejores y más caras vajillas de Córdoba. Tanta era la gente que asistía a estas comilonas que el varias veces ampliado y restaurado salón de San Carlos se quedó pequeño. Entonces, quien tenía autoridad para ello propuso la idea de hacer una especie de Palacio del Sur en terrenos de Villa-Cachonda. Al final parece ser que su ejecución ha quedado sólo en eso, en un cachondeo. Tanto se ha demorado que hasta la propia Caja ha “desaparecido” sin poder ver después de tantos años ni tan siquiera el comienzo de las obras…

No sabemos si el Banco de España, o quien sea, habrá tenido que pagar alguna factura de éstas que estuviera aún pendiente. No obstante tenemos que decir que en Córdoba chocaba esta situación de grandeza y derroche con la que vivían otros trabajadores de la ciudad, que temían día y noche por la suerte de sus empresas. Algunos ni siquiera cobraban el sueldo a fin de mes o eran despedidos. Ahora, evidentemente, ya no se ven esas caravanas de coches, tan brillantes y relucientes. El oro y el oropel, por la ALQUIMIA de la vida, se han convertido en plomo hueco. Hasta el “langostino de oro” da la impresión de que se ha degenerado en un simple “cangrejo negro” de esos que abundan en el arroyo contaminado de Rabanales, entre el fango y la suciedad del vacíe de la antigua Cerveza el Águila y otros basureros, en donde hasta las ratas han presentado sus oportunas quejas por falta de salubridad.

“SÍ JULIO, YA ESTOY EN EL CAMINO”

Esperemos que Rosa Aguilar que fue muchas veces invitada de honor de aquellos convites, y conoce por tanto todas sus entretelas, desde su cargo de Ministra de Medio Ambiente arregle al menos la contaminación de este simpático arroyo de Rabanales, Las “ciudadanas y ciudadanos” de Córdoba, a aquellos a los que nunca iba a abandonar, como ella institucionalizó en sus celebres propagandas políticas, se lo tendrán en cuenta. No le valen a Rosa achaques para resolver esto, como los que echaba al bueno de Julio Anguita, cuando al querer saber de su ausencia y tardanza antes cualquier pleno, y al localizarla por teléfono, ella le contestaba al Califa Rojo: “SÍ JULIO, YA ESTOY EN EL CAMINO”.

LOS ZAPATOS DE DORA

La Choza del Cojo, por cuestión de “camaradería”, pudo observar cómo “Monerris”, el simpático jugador del Córdoba, nos entregó en el bar "Gol" a mi amigo “Zarra” y a mí unos zapatos de señora de calzados Forsen, para entregárselos a “Dora”, una chica que los esperaba en la Venta Rosales. Allí entramos, y en un ambiente muy de relax con piscina incluida, intentamos localizar a la tal “Dora”, cosa que hicimos con la ayuda de un atento camarero. Esta “sirena” estaba metida en un bañador blanco, y tenía una rubia pelambrera que remataba una escultural figura difuminada entre el humo de su cigarrillo “Ganador”. Al parecer esta señora era la “amiga” del hombre que hoy, ya fallecido, se hallaba en Tenerife navegando en su yate de nombre “Dédalo”. Por la entrega de los zapatos nos dieron una moneda de “diez reales”.

Todo este mundo de “amigas” costaba mucho dinero y sólo se lo permitían algunos, fundamentalmente los “peloteros”. Pero como en todas las “artes” solía haber mecenas que costeaban muchas veces estos ambientes. Según me contó Rafael “El Gato”, en la celda de una cárcel cualquiera se dieron famosos tríos con un noble de por medio. Allí se puede decir que nació el concepto “bisexual”. Los dineros, son los dineros, y son capaces hasta de crear vocabularios nuevos…

RAMONCÍN EL “MALABARISTA”

También la Choza del Cojo pudo dar fe del malabarismo que “Ramoncito” hizo delante de Roque Olsen, Juanito González y Vicente, entre otros. Allí al parecer esperaban a un grupo de más gente del Córdoba que se iban a comer un perol que le iban a dar de homenaje a Mejías, el utillero-masajista del Córdoba. La chavalería que estaba jugando en aquel llano, al ver a los futbolistas sentados allí tranquilamente, nos acercamos y formamos corrillo. Allí Olsen, estuvo hablando de la habilidad de Puskas para tirar los penaltis. No se cómo ocurrió la cosa, pero un chavalillo (“El Kubalita”) empezó a darle pataditas a una naranja verde y le hicieron palmas cuando completó una serie de cuarenta patadas seguidas. Por allí apareció montado en una bicicleta de señora Ramoncito, y se paró a ver “aquella” exhibición de la naranja. Ramoncito, era un muchacho ya de unos 17 años, y se trataba de un famoso jugador aficionado al que siempre le acompañó una técnica insuperable. Al ver lo de la naranja, y para no ser menos, pidió un trompo, y empezó a darle pataditas. No sólo le dio cerca de doscientas pataditas, sino que, cada tiempo prudencial, le daba una patada en la “púa” y le hacía dar un giro sobre sí mismo al propio trompo. Aquello fue espectacular, y el mismo Roque Olsen, le abrazó y le halagó. Después de aquella exhibición, nosotros, los que tuvimos la suerte de presenciar aquel espectáculo aplaudimos a rabiar.

LLEGA EL TORO DE OSBORNE

La Choza del Cojo pudo comprobar cómo a principios de los años cincuenta se colocaban en Córdoba los primeros tableros de “publicidad estática” en la orilla del arroyo que lindaba con la huerta de Antonio Carrión. Había un anuncio de colchones, otro de máquinas de coser, de Laxen bustos, de anís Ventolera, de Cafés Saimaza, y del Toro de Osborne. Estos paneles se pueden decir que fueron la primera propaganda de este tipo que hubo en Córdoba. Al cabo de sesenta años han llegado los catalanes y quieren quitar el simpático toro. Aunque, afortunadamente, ya cuando vamos para Málaga hemos dejado de tener que ver al famoso toro de la Cuesta del Espino entre esas peligrosas curvas.

AQUELLA “FÓRMULA UNO”

A la altura de la desviación para el Polígono del Granadal estaba ubicado el puente sobre el arroyo que pasaba por debajo de la carretera. El puente hacía juego por las barandas y los pilares de que estaba hecho, incluso los colores de su pintura, con una serie de puentes (cinco) iguales que había hasta Alcolea. Pues bien, este puente estaba colocado en un sitio dominante de la carretera de Madrid, por lo que en su sentido a Córdoba había una buena pendiente de carretera perfectamente terminada de asfalto y muy lisa. Todo esto, y los pocos coches que circulaban por aquellas épocas, propiciaban el hecho de que los “chavales” más osados con sus “patinetas” se lanzaran en tumba abierta hacia Córdoba en una dura competición. Había veces que eran hasta cinco o seis “patinetas” las que corrían como locos hacia la llegada. La meta estaba establecida en la puerta de la Venta Rosales, donde terminaba el “buen asfaltado” y empezaba el habitual adoquín duro. Había gente que incluso cruzaban apuestas. Un día se presentaron en aquella competición dos “monstruos sagrados” de las patinetas, pues tenían las mejores y las más grandes de Córdoba. Uno era del Campo de la Verdad y se llamaba “El Cornejo” (tenía amputadas ambas piernas), y otro era “El Melli” de las Costanillas, que vivía cerca de la casa de los “Porreros”, frente al Colegio de la Centeno. Este muchacho era victima de la polio en ambas piernas.

Esta era la Córdoba de aquellos tiempos, en la que tener una simple patineta era tener algo muy importante…