Estamos en el mes de mayo, mes de las flores,
de los patios y de las cruces. Mes de Córdoba por excelencia. Durante estos
treinta y un días las calles de la ciudad de la Mezquita son un constante ir y
venir de visitantes que recorren los barrios antiguos y admiran nuestros patios
y monumentos. Son franceses, ingleses, alemanes y americanos, además de los
educados y correctos chinos y japoneses.
Hablemos del Colegio Gran Capitán…
Allá por el 1957, el Padre Roses nos causó
una grata impresión cuando, siendo educador del Colegio Gran Capitán de la
Universidad Laboral de Córdoba, dio una charla cuaresmal en la que, entre otros
comentarios, relató un accidente ferroviario que el había vivido por la zona de
su Asturias natal. De su exposición, y con sus alusiones a la fe y sus
conclusiones, la mayoría de nosotros apreciamos en él un educador
espiritualmente muy preparado y con mucha claridad de ideas. Posteriormente,
con su ascenso a director del Colegio Gran Capitán, algunos observamos en este
dominico una transformación que le forzó a mostrar una actitud de carácter que
no se correspondía con el dominico que habíamos conocido anteriormente.
Frente al Colegio Gran Capitán teníamos la vía
del tren y la carretera por donde se veían pasar toda clase de vehículos. Al
estar por las mañanas en talleres, era por la tarde cuando en los recreos
contemplábamos el paso sistemático de los trenes y los vehículos que ya por
aquellas fechas inundaban la carretera. Pasaba el “rápido”, con su máquina diesel que alcanzaba hasta los 60
kilómetros por hora. Eran unidades de tren compuestas de dos máquinas, una
delantera y otra trasera, y en medio un conjunto de hasta cuarenta vagones,
mitad madera, mitad metálicos. Siempre que pasaban nos asomábamos casi al borde
de la vía para saludar a los viajeros, que desde las ventanillas nos
correspondían en el saludo.
El paso del tren a esas horas de la tarde
hacía que a muchos compañeros internos les entrara “morriña", recordando
sus lugares de origen, sus casas, sus familias e incluso en algunos sus novias,
que quedaban lejos y más aún con la sensación del tren que se alejaba.
Lo mismo ocurría cuando por la carretera se
veían pasar “las pavas”, nombre cariñoso que les daban los internos de Jaén y
Granada a los coches de línea que iban para sus provincias. Unos compañeros que
se significaban por sus “morriñas” con las “pavas” eran Luis Tudela y Antonio
García, ambos de Jaén.
También por esas horas, después de la merienda,
pasaban los grandes camiones de "Transportes Ochoa" en dirección a
Madrid. El paso de esos camiones iba acompañado por el suspiro de la mayoría de
los compañeros internos, ya que sus sitios de origen rondaban por esas zonas
del norte y centro de la Península. Se sabían de memoria cuál debería ser la
hora de llegada de dichos vehículos. De algunos de estos compañeros
(posiblemente ya jubilados) aún me acuerdo: Piñón Barberá, Eulalio Vázquez,
Mural Vila, Ángel Gascón y Herreros Allende (el del mitin del Garvey).
Hablando de Piñón Barberá, (gran amigo del
valenciano José Maria Iserte), tengo que recordar la discusión tan absurda (por
nuestra parte) que un día planteamos, tanto Vázquez Martín como yo, recién
llegados al Colegio. Nosotros nos aferrábamos al absurdo de que en Córdoba
había tantos autobuses como en Madrid. El bueno de Piñón nos decía: “Muchachos
Vds. deben de estar locos o chalados al decir esa tontería”. Menos mal que
medió en el tema Jaime Pons Catalá, que tenía grandes dotes de persuasión, y
que por preparación y edad nos ofrecía
toda la confianza del mundo. El nos convenció de que en Madrid había muchos más
autobuses que en Córdoba. Cerca de nosotros estaba el saguntino Serra, que se
mondaba de risa…
Un día estábamos tranquilamente sentados en
la puerta de nuestro Colegio y vimos pasar un tren de color totalmente metálico
blanco y compuesto de tres unidades. Iba a una velocidad mayor que la habitual.
Al parecer eran dos máquinas y en medio un vagón remolque. Todos nos quedamos
sorprendidos y con dudas. Al día siguiente, que era sábado, de forma voluntaria
unos, y por arresto otros, asistimos a una conferencia que dio el profesor de
tecnología del automóvil Sr. Castro. El
tema escogido era precisamente el nuevo Tren TAF, que RENFE estaba incorporando
en todas las líneas de forma radial desde Madrid a las capitales de la
periferia.
Nos aclaró que eran trenes automotores, cuya
construcción había sido adjudicada a la empresa italiana FIAT, que estaba
suministrando unidades desde 1954. Las unidades motoras iban equipadas cada una
con un motor Fiat de 505 CV de potencia sostenida, lo que equivalía a una
potencia total de 1000 CV.
Continúo diciéndonos que dichos trenes eran
capaces de alcanzar velocidades de hasta 120 Km/h. en llano y de 60 Km/h en las
rampas del 15-20 por mil de desnivel. También nos dijo que la empresa de los
ferrocarriles españoles esperaba conseguir velocidades de explotación comercial
del orden de los 60-70 Km/h.
En cuanto a la capacidad de los trenes TAF
era de unos 175 pasajeros. En el vagón del centro ya se incorporaba un pequeño
bar restaurante. No había nada más que un tipo de billete único. Además nos
dijo que, según parecía, éste era un tren de transición hacía el tren TER y que
más tarde vendría la alta velocidad de los trenes TALGO, que ya estaban en
proyecto.
Terminó la conferencia dándonos algunos
consejos sobre todo –dijo- a los alumnos más jóvenes, que parece ser que habían
tomado como diversión el bajar a la vía y poner monedas para que el tren pasase
por lo alto, “aunque siempre ha habido un peligro tremendo -prosiguió-, ahora,
con la rapidez de estos trenes ese tipo de “juego” es poco menos que suicida.
Tengo entendido que las autoridades de RENFE y la Universidad Laboral, están
tratando de resolver este problema. Curiosamente, donde más se manifiesta este
peligro es en el Colegio San Rafael, y allí están los alumnos más jóvenes”
(finalmente, se planteó una reunión para abordar este asunto a petición del
Padre Azagra, director del Colegio San Rafael).
Viendo como el profesor se marchaba, ya a la
hora de la merienda, salimos fuera del Colegio y miramos hacía la vía. Pudimos
comprobar que, efectivamente, ese tipo de “juego” representaba un gran peligro.
Edificio Telefónica
En ese momento intervino simpáticamente un
compañero de León, quiero recordar que se trataba de Antonio Álvarez:
“Nosotros, cuando llegamos los Domingos al Bar Colón, corremos más hacia la
Telefónica de las Tendillas que este dichoso tren”. La verdad es que, según me
dijo Julián el cartero, era un espectáculo ver a los compañeros internos nada
más bajarse del autobús y dirigirse
prácticamente corriendo por la calle Osario en busca de la dichosa
Telefónica y pedir “número” para la conferencia que, a cobro revertido, les
permitía ponerse en contacto con sus familiares y demás seres queridos.
Dos semanas después de aquella charla se
vieron las hormigoneras y las palas funcionar. Habían empezado las obras para
colocar una valla de protección en la zona de las vías, compuesta de pilares de
hormigón armado cada 5 metros y malla de simple torsión de dos metros de
altura.
La gamberrada…
Yo reconozco, y ahora lo veo mejor que cuando
teníamos 15 años, que algunos éramos muy revoltosos. Yo mismo participé con
varios compañeros en una grave gamberrada cuando estaban instalando la citada
valla del tren. Metimos a un compañero dentro de uno de los pozos que habían
hecho para los pilares (casi le tapaba) y, no teniendo bastante con eso, le
echamos otro compañero en lo alto. El de abajo se defendió pegándole un bocado
en sus partes al que le caía encima. Gracias a algunos mayores (quiero recordar
a Castillo y Eulogio) que estaban por allí y sacaron al “mordido” y al
“mordedor”, las cosas no llegaron a mayores. No obstante la cosa se complicó
pues el hermano Alejandro, lo vio todo desde la puerta del Colegio.
Con la citada gamberrada nos hicimos
acreedores a una sanción y una comunicación por escrito a nuestros padres.
Tuvimos que acreditar que habíamos enseñado en nuestras casas la amonestación,
y nos advirtieron que a la próxima habría comunicación a la propia Mutualidad.
Tengo que agradecer de todo corazón la ayuda que nos prestó en aquellos
momentos el Padre Vicente Espinel, ya que comprendiendo nuestra “juventud” nos animó
a que pensáramos como los mayores y le hiciéramos caso en todo.
concurso que organizaba tradicionalmente el
Ayuntamiento de Córdoba. Era un patio muy antiguo y con muchas flores. La
lavadora eran dos pilas con un pozo antiguo, que las siete vecinas se sorteaban
durante el día y la noche. Para tender utilizaban unas cañas que llegaban hasta
el tejado, altura a la que estaban situados los tendederos para secar las
ropas. Era cosa como de circo ver a cualquier vecina, ya con más de 50 años,
tender una sábana, que estando mojada podía pesar más de setenta kilos
enganchada de la caña. No obstante ellas las movían de aquí para allá con una
habilidad increíble para este menester.
Lógicamente, para el concurso de patios la
ropa tendida en los tendederos se quitó esos días. Era el sábado 9 de de mayo y
estaba sentado en mi patio viendo la gente que entraba y salía. Entre los
visitantes pude ver a antiguos compañeros de la Universidad, como Juan Quirós
con su novia, Paco Morales, Antonio Florido, Manuel Serrano etc. Poco después, hacía las diez de la
noche, llegó el Sr. Alejandro San José acompañado del Sr. González, maestro de
automovilismo. Al verlos entrar me levanté y los saludé de forma efusiva.
Seguidamente, me ofrecí a enseñarles el patio y sus detalles. Un vecino les
obsequió con un vaso de vino y una tapita de chorizo frito, que los profesores
agradecieron de forma ostensible.
Cuando salieron del patio los acompañé hasta
la Plaza de San Lorenzo y la calle del Trueque, donde estaba el patio que había
ganado ese año el primer premio (y curiosamente también lo ha ganado este año
2008). Allí nos encontramos con otro viejo “amigo”, el maestro de forja D.
Antonio Pérez Flores, que después de un simpático saludo nos invitó a un
“medio” en la taberna de la Sociedad Plateros, situada un poco más arriba de la
calle del patio. Yo no quise ir, pero ante la insistencia del “herrero” no tuve
más remedio que acompañarles. Llegamos a la taberna y nos sentamos en el patio
que estaba muy concurrido. Nos sirvieron cuatro medios de “peseta”. El
simpático “herrero” se lo bebió prácticamente de un tirón (se vio que conocía
el tema). Quiso volver a invitarnos, pero les dijimos que no. Entonces él se
marchó hacía su casa que creo que estaba por la Plaza de la Magdalena.
Sr. San José
Al salir, el Sr. San José de forma muy
respetuosa (él era muy serio), comentó algunos detalles simpáticos de este gran
profesional, su genio, sus voces. En este sentido, indicó que su manera de ser
la “sufrían” hasta los frailes más significativos. A él le daba igual que fuese
el Padre Esparza, el Padre Leonardo, o el mismísimo Padre Cándido. Cuando creía
que llevaba la razón le contestaba al más pintado.
El Sr. González, viendo que la conversación
era fluida, le pidió al camarero dos cervezas y una copa. Con ellas en la mesa,
el Sr. San José se sinceró diciendo que Córdoba le gustaba mucho, que el
proyecto de la Universidad Laboral le había atraído, pero él no descartaba la
posibilidad de marcharse algún día hacía el norte, porque echaba de menos a lo
suyo…
Como era natural, salió la conversación de
los alumnos. Entonces, el Sr. San José, con su probada caballerosidad, me hizo
los siguientes comentarios: “En la primera promoción de Maestría había grandes
alumnos en el dominio del taller. En primer lugar destacó, obviamente, a Miguel
Velasco Galiana como campeón internacional de aprendizaje”. Pero eso no impidió
que mencionara a otros grandes alumnos, destacando de forma muy especial a
José Muñoz Camacho, del que dijo que
“tenía unas manos de oro para la profesión del ajuste”. Solamente anotó que,
como a otros muchos externos, le faltó la total integración.
Terminada la conversación, le dije al Sr. San
José que si querían ver otro patio que había en la calle Velasco. Fue su
acompañante González el que dijo que sí. Callejeamos por la calles el Queso,
Frailes y Montero, llegando finalmente a la calle Velasco. En ese momento
apareció por allí Casilda (la empleada de cocinas), que había ido al horno de
la calle Montero a comprar una telera de
pan y se dirigía a su casa donde vivía con su hermana. Al verla, al Sr. San
José se le sonrojó la cara (cosa rara en él), saludándola ostensiblemente. Se
pudo observar que le caía muy bien. Una vez que vimos el patio, nos separamos,
y ellos se marcharon para el centro.
Años más tarde, y en la misma taberna, el Sr.
Espejo Jiménez, que vivía en mi barrio, me comentó que el Sr. San José se había
casado con una chica paisana suya y que se marchó a la Universidad de Zamora,
aunque su domicilio lo tenía en Valladolid donde se criaron sus dos hijas. Al
poco tiempo murió. Antes de indicarme este hecho, me alabó la enorme categoría
profesional y humana que guardaba el Sr. San José debajo de esa mirada tan
severa que a simple vista nos mostraba. “De los diez maestros de taller que entramos
el primer año (1956) –me dijo- él era uno de los pocos que tenía su titulo de
Maestría en regla”. En calidad humana era un auténtico ejemplo para todos y se
preocupaba por los alumnos de forma continuada mientras estuvo en Córdoba. Poco
a poco, la pérdida de “peso” de la Universidad lo fue decepcionando.
También me dijo que, al parecer, la simpática
y siempre amable Casilda se había casado con el dinámico ordenanza Francisco
Serrano Rojas, gran aficionado a los toros y cariñosamente apodado “Serranito”.
Este hombre era el que, de forma “oportuna”, nos daba la buena noticia al abrir
la puerta de la clase diciendo: “señor profesor es la hora”.
En este menester sustituyó en el Colegio Gran
Capitán a D. José María Montalvo, (ordenanza de 1956 a 1958). Éste era un
hombre con semblante y estilo de rancia nobleza (no en balde estaba casado con
una parienta del Marqués de Villaverde). Según me han contado algunos
compañeros suyos, ver comer a Montalvo era una
auténtica delicia. En sus modales y forma de andar aparentaba más
empaque y gallardía que el mismísimo Jaime de Mora y Aragón, pero sin trampas.
Un saludo para todos los antiguos alumnos y
especialmente para mis contemporáneos que ya estarán en la nómina de los
jubilados.
(Terminando de escribir esta colaboración me
he enterado de la muerte del querido compañero Bermejo Polo. Aunque parezca
casualidad, le he dicho al compañero Olmo que estaba preparando una
colaboración en la que uno de los sujetos principales era Bermejo y relataba
sus competiciones de longitud y las más tímidas de salto de altura. Era muy
amigo de Velasco Galiana y Marqués Romero, formando un trío importante de
atletas de aquellos tiempos. En cuanto a su faceta de músico he entrado en
contacto con un familiar de los Hermanos Báez, que eran los músicos que
actuaban en el Hotel el Brillante en los bailes de los domingos. Dichos
hermanos le tomaron en aprecio y le dejaban actuar con ellos. Me han prometido
localizar una foto en la que aparece junto a ellos).



