sábado, 16 de julio de 2022







ALREDEDOR DEL PUENTE ROMANO DE CÓRDOBA

  

01.-El Origen del Puente Romano

02.-El Río Guadalquivir y sus crecidas

03.-Los orígenes del Molino Martos

04.-Los arrendadores del Molino

05.-Ocurrió en el Puente Romano

06.-Los Otros Puentes. Los baños en Córdoba

07.-La Ermita de los Mártires. El Quiosco de la Ribera

08.-El "Rey" de la Arena




M. Estévez. mayo 2022

   

     





                                                El puente romano. su origen, su discusión
 

1.-EL PUENTE ROMANO. SU ORIGEN. SU DISCUSIÓN

Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre la autoría, y mucho menos sobre la fecha de construcción, del “Puente Romano”; desde quienes dudan de que incluso fuese construido por los romanos, hasta los que insisten en que en el término de Córdoba debió de haber al menos tres puentes: uno a la altura de Majanaque, otro el que ahora se llama “Romano”, junto a la Calahorra, y un último en Alcolea.

A esta última tesis de los tres puentes llegó el académico Ángel Delgado después de haber observado cerca de Majaneque una plataforma desconocida con una anchura de al menos treinta metros que podía ser parte de un puente, si bien no llegó a una conclusión definitiva sobre cuál de los tres podría ser de origen romano. Llegó incluso a plantear la duda sobre si el que hoy conocemos como “romano” era tal, analizando de forma crítica las fuentes latinas que describen la batalla entre Julio César y los Pompeyos: el relato atribuido a Hircio viene a decir que Julio César acampó entre las murallas de la ciudad y el puente, y se le hacía muy incomprensible a este erudito que en una ribera pudiesen acampar quince mil soldados como se relata (hay que tener en cuenta que aún hoy se duda de por dónde iba la muralla sur de la antigua fundación de Claudio Marcelo). Todas estas opiniones fueron publicadas en el Diario de Córdoba, de octubre de 1913, con el título de "Árabe ó Romano".

 A esta investigación de don Ángel Delgado se sumaron, de una forma u otra, don Francisco Cabrera y don José Rey Díaz, que indicaron que este historiador e investigador había resuelto un problema antiguo. No pensaba así, sin embargo, Henri Masser, que se apresuró a salir al paso, también por la prensa, con su opinión contraria. Igualmente se añadió al debate el académico don Antonio Blázquez y Aguilera Delgado (1859-1950), que en el boletín de la Real Academia nº 65, de 1914 citaba la reciente entonces restauración del “Puente de la Calahorra” realizada por don Luis Sáinz en 1877, para indicar que éste encontró en sus cimientos "elementos romanos" que servían a modo de cimiento, lo que demostraba que fue en su día de origen romano, si bien posiblemente había sido destruido por las grandes e incontroladas avenidas del río. Por ello, con motivo de la invasión árabe fue reconstruido por Hisen y Athan Azza, según relatan las crónicas árabes, y no tuvieron inconveniente en conseguir la piedra de las antiguas murallas romanas de la ciudad.

 En toda esta refriega salieron a relucir opiniones de Ambrosio de Morales, Sánchez de Feria y el Padre Ruano, unos en un sentido y otros en el contrario.

 Posteriormente a este episodio entre académicos surge el importante trabajo sobre el “Puente de la Calahorra” que don José de la Torre y del Cerro leyó en la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras, y Nobles Artes de Córdoba en mayo de 1922. Proclamaba que aquí en Córdoba no llegó a haber en la época de las guerras civiles romanas ningún puente de piedra romano, y que el río Guadalquivir fue atravesado por Julio César con un puente prefabricado de tablones y vigas a la altura de la presa del Molino de Martos.

 Hablaba de que Córdoba en aquellos tiempos no tenía necesidad de puente alguno, pues su comercio estaba muy bien atendido por el río Guadalquivir, e indicaba que según la traducción de don Manuel Valbuena (que en su opinión era la mejor), de todo el relato de la guerra entre Julio César y la familia Pompeyo no se desprendía la existencia de ese puente. Luego confirmaba que el puente debió de ser construido en época de Augusto, que fue destruido por el río y reconstruido en época árabe por el emir Athan Azza. Mencionaba una serie de reparaciones que sufrió el puente a lo largo de la historia, por las cuales quedó totalmente "reformado" muy lejos de su primitivo origen romano. También comentaba que en la famosa batalla del Campo de la Verdad contra Pedro I, Alonso Fernández de Montemayor, al cruzar el puente para disputar la batalla, mandaría "romper varios arcos" para que los disidentes no pudieran regresar a Córdoba huyendo.

 Y ya a modo de final quiero mencionar aquí el libro de las Actas del Simposio sobre Julio César que organizó la Facultad de Filosofía y Letras y el Departamento de Antigüedad y de la Edad Media de la Universidad de Córdoba entre los días 21 al 25 de abril del 2003. En este libro, editado por Enrique Melchor Gil, Joaquín Mellado Rodríguez y Juan Francisco Rodríguez-Neila en el 2005, se habla de la (esquiva) localización de Munda, su batalla, y de que el puente romano ya existía cuando llegó Julio César para pelearse con Sexto Pompeyo que acampaba en Córdoba. Lo mismo que con el puente, también con la propia Munda hay diversidad de opiniones, desde que se situaba por la actual Montilla a que se hallaba en las proximidades de Osuna, ya en la provincia de Sevilla.

 Yo, como lego en esta materia, me permito añadir que sobre el firme de treinta metros de ancho encontrado por don Ángel Delgado a la altura de Majaneque, y que él consideraba como parte de un tercer puente sobre el río Guadalquivir, puedo añadir que en el Archivo de la Catedral, en el Cajón O, documento nº 222, del catálogo de Diego Ramírez de Xerez, se trata de esa zona. donde estaba el Cortijo la Reina:

 

Cortijo de la Reina “so los barcos”.

 

Este cortijo, que todavía hoy conserva su nombre se halla en la margen izquierda del Guadalquivir pasada la desembocadura del Guadajoz, no muy lejos, según nuestro texto, del lugar de amarre de las barcas que prestaban servicio entre Córdoba y Sevilla.

 

Documento 222. Cajón O, Catálogo Diego Ramírez de Xerez.

 

Este texto nos viene a hablar de lo que en aquellos tiempos era el "Puerto de las Barcas", adonde llegaban los barcos que traían y se llevaban las mercancías aprovechando lo navegable que todavía era el río hasta esas orillas. Hay que decir que para facilitar el paso de los barcos por las "azudas", la documentación medieval muestra que la anchura de éstas estaba regulada en función de la medida del Arco de las Bendiciones de la Catedral de Córdoba. Por tanto, lo más seguro es que en lugar de los restos de un puente lo que viese el señor Delgado fuera los de un complejo portuario.

 En cuanto a don José de la Torre y del Cerro podemos decir que a pesar de la enorme categoría que tuvo este señor como académico, archivista e investigador, da la impresión de que fueron pocas las veces que se debió bañar en el río, y menos aún en la zona del Molino de Martos, pues con diferencia es una de las que tiene un mayor desnivel en relación con la ciudad, con bastante profundidad en el agua por el meandro del río. Por lo que si se trataba de cruzar o vadearlo con tropa y material, no cabe duda que la zona más factible y sencilla, y que no escaparía al conocimiento de un general como César, era la denominada paradójicamente "Las Corrientes", trayecto comprendido entre lo que hoy es el Puente del Arenal y los antiguos Peñones de San Julián, incluso admitiendo que el río discurriese entonces por otra madre más próxima a la Fuensanta.

 Esto sobre el puente. Por otro lado, nosotros sí que no sabemos por donde podría caer la antigua ciudad de Munda, pero bien que conocimos lo que era la calle Munda, en la que a pesar de su configuración tan estrecha siempre existió mucha vida. Allí estuvo uno de los primeros centros farmacéuticos de Córdoba, al que todo el mundo llamaba "El Sevillano". Hay que recordar que en aquellas épocas las farmacias “tenían lo puesto”, por lo que la mayoría de los medicamentos estaban en los centros, e iban y venían a recogerlos los chavales en las bicicletas. Al aparcarlas en la plaza de la Compañía aquello daba sensación de ser un pequeño garaje donde cada chaval aprovechaba y mostraba sus habilidades, incluso subiendo y bajando la pendiente de la iglesia. También en esa calle existía la pequeña imprenta de Miguel, un gran encuadernador que terminaría trabajando en Westinghouse, después de aquellos cursos preparatorios del PPO de 1975, que superó satisfactoriamente junto a otro grupo de cursillistas, entre los que también iba el entonces cura Laureano Mohedano Aguilar, que luego se convertiría en un gran líder de Comisiones Obreras. Abandonó los hábitos, se casaría y marcharía con su pareja a Oviedo.

 También estuvo en esa calle el Colegio de árbitros de fútbol de Córdoba, por donde muchas veces se pudo ver a los Torrico, Mora, Carlos Espejo, Lozano Amaro, Cruz Carrascosa, José Bodoque y el amigo Oñoro, vecino de la calle Roelas en el "Picadero". También había una taberna muy clásica, que se llamaba "Casa Pastor", llena de cordobeses castizos. El vino lo bebían en unos vasos de culo gordo a los que se llamaba “cubetas”. Más de una vez, algunos grupos de estos amigos, sobre todo en las noches de verano, solían pararse junto al Triunfo de San Rafael y dedicarle un turno de poesía por cabeza. Esto nos lo contaba Rafael Quirós Luna, que conoció perfectamente a muchos de estos personajes eternos. También estaba la taberna "La Barrera", que regentaba el activo Isidro, empeñado en que todo el mundo comiera boquerones en adobo.

Es decir, lo mismo que del relato de Hircio se desprende que la batalla de Munda tuvo lugar en un espacio reducido con gran cantidad de personas allí congregadas, así parece que lo mismo ocurría en la calle que se renombró para conmemorarla.



2.-LAS CRECIDAS DEL RÍO 


                                                             Crecidas del Guadalquivir

No hace falta decir que el río Guadalquivir ha sido muy importante en la historia de Córdoba. Regulado ya por pantanos y presas desde los años sesenta del siglo XX, arroja de media un caudal mínimo de 39 metros cúbicos por segundo en el periodo estival y un máximo de 482 en pleno mes de marzo, para conformar un respetable caudal medio anual de 198 metros cúbicos por segundo.

 Pero en la antigüedad esta regulación no existía, quedando todo muy dependiente del periodo meteorológico que se diera, por lo que las avenidas o riadas eran muy frecuentes. Así el Cronista Maraver nos proporciona puntuales ejemplos casi desde la misma Reconquista de la ciudad en 1236:

1246.-Fue un año de una temperatura gélida, además de que llovió de forma abundante y el río Guadalquivir registró unas grandes avenidas, con sus desbordamientos en una Córdoba aún por delimitar y repoblar de forma definitiva.

 1293.-De las primeras noticias que tenemos sobre los efectos de las grandes inundaciones del río. El Obispo don Pascual fue enterrado en el lugar donde se ubicaba el Hospital de los Ahogados (donde hoy está el poema de Góngora a Córdoba) y a causa de estas inundaciones tuvo que ser trasladado a un enterramiento en la Catedral, donde está la tumba de los cinco Obispos. Un periodo de intensas lluvias desbordó el río por toda la zona de la Fuensanta e incluso la Ribera.

1308.-Cuando se preparaba el ejército de don Fernando para la conquista de Algeciras se tuvieron que suspender los preparativos por lo inundados que estaban los caminos a consecuencia de las intensas lluvias y el desborde del río.

1434-35.-Otro año de continuadas lluvias por Córdoba y prácticamente por toda España, que dieron lugar a grandes inundaciones y crecidas. El Padre Mariana refleja estas inundaciones generalizadas del año de 1435 en su libro de historia:

"Fue este un invierno muy áspero en España, por las muchas lluvias, atolladeros y pantanos que se formaron. Los caminos tan destrozados que apenas se podía caminar de una parte a otra. Con las crecientes muchas casas y edificios se derribaron. En Valladolid y Medina del Campo fue en donde se notó el mayor estrago. Durante cuarenta días no pudo haber moliendas por la excesiva agua en los molinos, tanto fue esto así, que la gente se sustentaba con trigo cocido a falta de pan. El Río Guadalquivir a su paso por Sevilla faltó un par de codos para que llegara a los Adarves. Los moradores, parte se embarcaban para no ser anegados, y otros día y noche andaban velando y calafateando los muros y las puertas para que el agua no entrase en sus casas. El 28 de octubre comenzaron estas tempestades y torbellinos y continuaron sin cesar hasta el día 25 de marzo. La carestía y escasez fue tremenda, y hubo muchas dificultades económicas y de abastecimiento para que las personas pudieran conseguir las vituallas mínimas para sus necesidades".

 1481-1485.-Se registraron en Córdoba enormes crecidas del río, desbordando por los "Peñones de San Julián, e inundando el Campo de la Verdad y parte de lo que luego se le llamaría zona de la Ribera. Fue quizás corto el periodo de lluvias (11 de noviembre a 25 de diciembre), pero con una fuerza inusitada. Con razón los ejércitos de la Edad Media “celebraban” sus enfrentamientos y guerras en periodos de verano cuando podían cruzar perfectamente los ríos, ya que en otoños-inviernos como éste les era imposible. Recoge un documento del Archivo de Protocolos, que en la crecida de 1481, se paseó por el Río en la zona de la Ribera un hombre totalmente desnudo.

 1544-45.-A consecuencia de las abundantes lluvias en todo el Valle del Río Guadalquivir, el río a su paso por Córdoba se desbordó de nuevo, como siempre, por los "Peñones de San Julián", inundando, como siempre, el Campo de la Verdad, e igualmente por lo que se denominaba la calle la Feria, el Potro y las Cinco Calles, por donde circularon barcas como medio para desplazarse. El hecho de que hubiese barcas disponibles para este fin es que mucha gente de esos barrios vivía de la pesca del río y tenían en sus casas este útil elemento. 

 Ya por estos tiempos era muy habitual que en tiempos de necesidades y carestía se trajese para las rogativas a la Virgen de Villaviciosa, cuyos cofrades y devotos de la Hermandad cordobesa solían celebrar sus reuniones en el Hospital y Ermita de San Juan de Letrán. Cuando la imagen original era traída a Córdoba con motivo de los cultos y rogativas que se celebraban en la Catedral, durante todo su recorrido era acompañada por los pueblos de la sierra, por las distintas cofradías de Obejo, Villanueva y Espiel, y la primera parada era San Juan de Letrán y de allí era llevada a la Catedral.

 1554.-Sólo unos diez años después de lo anterior, el 8 de enero de este año, a consecuencia de las abundantes lluvias, trajo el río Guadalquivir unas crecidas históricas, rompiendo los muros de protección junto a la Ermita de San Julián (que en tiempo de los moros llegó a ser el Monasterio de San Cristóbal) y después de arrasar y atravesar el Campo de la Verdad volvió a su cauce por el Molino de Santa Catalina, cerca de lo que hoy es el Puente Nuevo o de San Rafael. No hace falta decir que los vecinos del Campo de la Verdad tuvieron que refugiarse en una especie de "cerrillo" en donde hoy se ubica la iglesia del Espíritu Santo. En el Santuario de la Fuensanta quedó señalado el nivel hasta donde llegó el agua, que circuló como si tal cosa por la Carrera de la Fuensanta. Las barcas andaban por la Ribera, la calle del Potro, y la calle Mucho Trigo, y en una de ellas se sacó el Santísimo de la Parroquia de San Nicolás de la Ajerquía y se llevó al Hospital de la Caridad. A esta Parroquia aún le quedarían muchos padecimientos por el río.

1568-69.-Era tal el destrozo que causaron los desbordamientos del río que el famoso corregidor Francisco Zapata intentó trasladar el "Rastro", el mercadillo con tenderetes de todas clases que se formaba en la zona en donde estuvo la cruz del mismo nombre, hacia detrás de la Calahorra. 

1589.- Empezó el año agrícola bastante seco, pero empezó a llover por el mes de septiembre y las lluvias continuaron durante bastante tiempo, llegando a producirse en algunos momentos unas auténticas tempestades de agua y viento, lo que provocó hundimientos y algunos desbordes de los arroyos que pasaban por la ciudad. En este año se ve una relación de precios de lo que costaba el trigo, la cebada, el pan, el aceite y otros alimentos básicos, y se puede apreciar claramente que su cotización estaba en función del agua e incluso de los desbordes del río. Para no faltar de nada, empezó a levantarse un fuerte viento que degeneró en una autentica lluvia de granizos tan grandes como nueces. Y para rematar, también tembló la tierra, y se derrumbaron partes sólidas de edificios y fachadas. Entre ellos tenemos que señalar que se caería de la torre de San Lorenzo la imagen del titular que la corona… que no pudo ser repuesta hasta 1640. Todos estos episodios los relata el Padre Maestro Chirino, trinitario calzado, en su libro "Las persecuciones religiosas". Paradójicamente, ese año, al principio, por la sequedad del campo, se hicieron rogativas conjuntas entre el Consejo de la ciudad y el Cabildo, por lo que se trajo a la Virgen de Villaviciosa, en un principio al Convento de Merced, y posteriormente a la Catedral… Y se pasó de un extremo a otro.

1590.-El "Puente Mayor" como se denominaba entonces al "Puente Romano", el único que existía de material construido en todo el Guadalquivir, seguía resistiendo las acometidas, pero cada vez le costaba más. Por eso en este año quedaría prohibido el tránsito de carros y vehículos más pesados, con fuerte sanción para los que lo hicieran, e incluso se sancionaba a los guardias que lo permitiesen.

1626.-Fue un año de viento y aguaceros, impidiendo la mucha agua acumulada en el río que los molinos de trigo pan pudiesen funcionar, y el agua llegaría a tapar casi todos los ojos del puente. Además de la “habitual” inundación del Campo de la Verdad, el agua inundó las calles próximas a la Ribera, como las "Cinco Calles", también llamada "Vences-guerra". Para intentar paliar estas copiosas lluvias se hizo una procesión con la Virgen de Villaviciosa por el interior de la Catedral, acompañada de la urna de los Santos Mártires. Y cesaron las lluvias al finalizar el mes de marzo.  

1663.-Fue un año de muchos aspavientos, pues se produjeron en la ciudad muchas muertes por enfermedades e incluso bastantes que se consideraron repentinas. Y para colmo la primavera se presentó tan lluviosa que se produjeron grandes avenidas del río, con desbordamientos del Campo de la Verdad y de la zona de la Ribera. Por ello el pueblo apeló a lo de siempre, es decir, las rogativas a los santos para recuperar la serenidad.

1671.-Fue un año de abundantes lluvias por lo que el río otra vez se desbordó y en el verano se invirtió la cantidad de 50.000 ducados en reparaciones. 

1677-78.-Fueron dos años de abundante lluvia, más bien diríamos que incluso llegó a llover de forma continuada en un periodo de tiempo muy largo aunque no en avalanchas, por lo que afortunadamente al menos no se produjeron desbordes. Pero al llover hasta en tiempos que no debía se perjudicó a los árboles frutales y algunos sembrados de sementera, por lo que, paradójicamente, la abundancia de agua produjo una carestía en el precio de los productos. Otro problema que se planteó es que los molinos con cierto nivel de agua no podían moler el trigo.

1683-84.-Empezó el año agrícola tremendamente seco, pero empezó a llover en diciembre de 1683 y duró la lluvia durante un periodo largo, provocando grandes crecidas del río, al que se le cuentan hasta catorce grandes avenidas, lo que originó desbordes que afectaron a casas de vecinos y al propio puente en los ojos 8º y 9º. Era tal el agua que los molinos no podían moler el grano, por lo que la gente tuvo que buscar medios domésticos para la molienda e incluso se llegaron a utilizar molinos que no dependían del río, como fue el caso del molino que había en la Puerta de Sevilla. Hubo gente que a falta de harina incluyó en el menú diario "trigo cocido". El Molino de Martos y el Monasterio de los Santos Mártires, que se encontraba ubicado muy cerca, también las pasaron "canutas". Fue un bienio desastroso. 

1698.-Fue un año enorme de lluvias y se desbordaron cuantos arroyos pasaban por Córdoba, así como, lógicamente, el Guadalquivir. Concretamente, al este de la Ajerquía, los arroyos de las Piedras y Camello, que pasaban junto al Hospital de San Lázaro (cerca de Puerta Nueva), inundarían el propio hospital y todo el barrio de San Lorenzo, por el cual pasaba, además ,el crecido arroyo urbano que entraba en la ciudad por el Colodro.

1702-1703.-En estos años se hicieron grandes reparos del “Puente Mayor” que había sido muy afectado por las avenidas de los años anteriores. Se labraron los dos últimos arcos del lado de la Calahorra, y se reforzó el suelo de tres ojos de la zona media, para lo cual hubo que sortear muchas dificultades. Los maestros encargados de la obra fueron Tomás Ortega, vecino de Córdoba, con título de maestro, y Francisco Martín, maestro de albañil del barrio de San Lorenzo. El Corregidor, don Francisco Antonio Salcedo y Aguirre, señor del Badillo, estuvo en contacto directo con las obras. 

1750.-De un extremo a otro: éste fue un año tremendo por la escasez de lluvias, y llegaría a quedar tan seco el río Guadalquivir que en el célebre Molino de Lope García aparecieron unos sillares de piedra perfectamente labrados en calidad de jaspe y alabastro. Parte de esas piedras labradas se trasladaron a Córdoba por orden de la señora propietaria del terreno, doña María Gutiérrez de los Ríos Cabrera y Cárdenas, marquesa de las Escalonias, que supo guardar algunas de ellas en sus casas cerca de la Puerta de Baeza. Estas piezas se supone que debieron de pertenecer a alguna suntuosa fachada de un templo o edificio romano.    

1751.-Sólo un año después de la sequía se dio otro de abundantes lluvias con grandes crecidas del río, que se desbordó por las defensas de San Julián, anegándose totalmente el Campo de la Verdad y dejando al descubierto muchos cimientos de lo que debió ser una azuda y molino de pan, pues por escrituras muy antiguas se sabía que ambas cosas habían existido por allí, además de los restos de una gran alberca que servía para regar las huertas.

1762.-Otro año de lluvias mal avenidas, que dificultaron las sementeras al no poderse sembrar en su tiempo. Grandes avenidas del río y desborde por los Peñones de San Julián. Como siempre el Campo de la Verdad inundado y con los vecinos padeciendo e incomunicados con el resto de Córdoba.

1769.-Otro año de grandes lluvias, volviendo a provocar el Guadalquivir un desborde por los Peñones de San Julián inundando todo el Campo de la Verdad y algunas zonas de la Ribera. No cabía ya duda de que el río, siempre que adquiría una determinada fuerza, tendía a salirse por lo que decían los historiadores antiguos era su "cauce natural de siempre".

1776.-Después de tantos desbordamientos por la zona de los Peñones de San Julián, los técnicos consultados determinaron, al fin, que era muy urgente su reparación. Por ello el Consejo de Castilla se trajo a Córdoba al arquitecto Pedro Fiol para que emitiera su dictamen.

1779.-En este año, en el mes de marzo, se concluyó el muro de contención que en 1776 se había acordado construir en la zona de los Peñones de San Julián, del lado de allá del Campo de la Verdad. Y en mayo se aseó todo el sitio, demoliéndose un pilón de piedra al cual llegaba el sobrante de la fuente del Potro con agua del venero de Hoja Maimón.

1783.-En el mes de diciembre empezó a llover de forma constante hasta el mes de marzo, lo que, para variar, provocó una gran avenida del río Guadalquivir que se desbordó por los Peñones de San Julián… rompiendo los muros de protección que se habían levantado en 1779, Se inundó otra vez el Campo de la Verdad, y el río, después de dejar al barrio como un islote, discurrió por lo que luego sería la calle Pio XII hasta salir a la llamada Carretera de Castro y de allí, por el emboque del Arroyo de la Miel, volver a su cauce.

1792.-En este año, previa supervisión de la Academia de San Fernando, se aprobó el proyecto presentado por el arquitecto don Ignacio Tomás para la reparación del muro de contención del Río Guadalquivir por su ribera derecha, que se había tropezado con grandes dificultades desde que se presentó al Consejo de Castilla en 1770, a pesar de que éste informaría de que este trabajo era “urgente”, planteando la necesidad de fortificar con una muralla la zona de los Peñones de San Julián puesto que todos los desbordamientos ocurrían por allí. Los trabajos del muro se tasaron en 500.000 reales, y ya de paso unos arreglos en el puente por 411.608 reales. Y ello sin perjuicio de que delante de dicho muro se hiciera una estacada (piedras enjauladas), presupuestadas en 153.600 reales. No se sabía aún que el desarrollo de este proyecto quedaría para siempre en el imaginario cordobés con aquello de “tardar más que las obras del murallón”.   

1793.-Se acometieron los muros de protección de la Ribera hasta la Cruz del Rastro, siendo el arquitecto Ignacio Tomás e importando la obra 2.953.000 reales. Esta obra contó con la autorización de la Academia de San Fernando. En los libros antiguos se cita como zona del “embarcadero”, que no era otro que el lugar de las "escalerillas" por donde pasaba la habitual "barca" que podía pasar a unos doce cordobeses desde la Ribera al Campo de la Verdad. 

1794.-En este año seguían las obras de murallón de protección, pero debieron de suspenderse por la invasión de los franceses.

1796.- A principio del mes de marzo cayó una gran nevada, pero antes en el mes de diciembre cayeron abundantes lluvias que provocaron unas avenidas del Guadalquivir, que se volvió a desbordar por donde lo hacía siempre: la zona de los Peñones de San Julián inundando todo el Campo de la Verdad.

1816.-En este año se hizo la obra del murallón próximo a las "pelambreras". Bastantes años después se construyó el trozo frontero con la expuesta iglesia de San Nicolás de la Ajerquía, completando todo lo hecho en este sitio a 1288 pies.

1821.- Este año experimentó el río a su paso por Córdoba una crecida impresionante, que como era de prever inundó la zona de los Peñones de San Julián y todo el Campo de la Verdad. También la Ribera sufrió aquella inundación.

1838.-Desde el principio de año llovió de forma muy abundante y continuada hasta el mes de marzo por lo que el río, además de por los Peñones de San Julián, también se desbordó por la Ribera llegando el agua hasta los mismos pies de la Cruz del Rastro. Desde los barandales prácticamente se decía que se podía tocar el agua. Por la Ribera y calles próximas se circulaba con barcas. Al menos, todas estas grandes subidas del río ocasionaban que al retirarse se dejara "alagunados" centenares de peces que la gente cogía para consumir. Quizás fuese coincidencia, pero en el Campo de la Verdad, ya en el siglo XX hubo una serie de tabernas antiguas famosas en Córdoba por sus tapas de frituras de pescado.

1856-57-58.-En 1856, dada la sequía que se venía acumulando en el año agrícola, se llegaron a realizar rogativas para que aparecieran las deseadas lluvias. Y en enero empezó a llover de forma continuada y constante… provocando una de las crecidas más importantes que se le recordaban al Guadalquivir, como siempre desbordándose por los Peñones de San Julián y con el agua llegando a los barandales de la Ribera. Durante este episodio estuvieron cortadas las comunicaciones durante cinco días. Cuando ya parecía que estaba el asunto calmado y el río “tranquilo” en su cauce, quizás por el agua acumulada aguas arriba empezó otra vez a crecer arrastrando troncos de árboles e incluso animales ahogados. Aquello asustó a la población que incluso llegó a manifestarse pidiendo de una vez medidas de protección en relación con el río. La ribereña iglesia de San Nicolás de la Ajerquía apenas pudo resistir ya un poco más tantas desdichas, y la Parroquia se trasladaría al poco al Convento de San Francisco.


(Continuará)




jueves, 2 de septiembre de 2021


 

EN LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO...

Buenas tardes a todos. Ustedes me perdonaran si en primer lugar agradezco la presencia de mis familiares, pues sinceramente tenía un gran miedo escénico, a que pudieran asistir muy pocas personas a esta presentación.

Y mi miedo claro está, nunca sería por extrañar para nada este maravilloso edificio de la Catedral de Córdoba, del que puedo decir que asistí muchos domingos a la Santa Misa, y además ya desde pequeño lo solíamos visitar pidiendo para las misiones.

No obstante el editor me animó y quizás me tranquilizó al recordar que en una ocasión acudí a una presentación en compañía de don Manuel Nieto, y para nuestra sorpresa, solo estuvimos las personas que se pudieron contar con los dedos de una mano.

Doy las gracias sinceramente al Cabildo de la Catedral de Córdoba, en la persona de don Manuel Pérez Moya, que una vez más y como en tantas ocasiones ha sabido apostar por la cultura de Córdoba, al hacer posible esta  pequeña publicación.También doy las gracias a este joven arquitecto, Sebastián Herrero. Su valía, vocación y estilo dará una luz clara muy parecida a la luminosidad del tipo "LED", que será  muy importante para llegar  a comprender más y mejor este singular edificio de la Mezquita-Catedral de Córdoba. Con su presencia aquí, he tenido la enorme satisfacción de poder reunir a dos antiguos compañeros del Colegio Salesiano, como son Sebastián Herrero y mi hijo Manolo, autor de la introducción de este  pequeño libro.

MIS RECUERDOS

A la hora de publicar este pequeño libro, quiero recordar con mucho cariño a don Antonio Quesada Santiago, el primer maestro que tuve en aquel entrañable Colegio "Hermanos López Diéguez" de Córdoba. El me enseñó lo importante que era saber leer y escribir, y además siempre nos animó a que anotásemos nuestras vivencias del día a día, cuaderno que él guardaba celosamente en aquél mueble que estaba casi loco por derrumbarse.

Pero también quiero tener un gran recuerdo de mi amigo y compañero Francisco Carrasco Heredia, poeta muy interesante, y que a mi me conquistó, por su pequeño libro "Los Arroyos de Córdoba", en donde nos describe con una exquisita prosa, todo el paisaje que recorren los distintos arroyos, en su caminar por la sierra de Córdoba hasta llegar al Guadalquivir, nos relata y nos recuerda toda clase de plantas con su olor y belleza. También nos trae en esos recuerdos a algunos de sus compañeros de fábrica, que le acompañaron en aquella bonita tarea de buscar el origen de nuestros arroyos, como no mencionar a Bernardo Romero, Rodrigo Cebrián, Rafael Ruiz, Baltasar Trillo, Rafael Parras, Rafael Alejandre entre otros.

También quiero mencionar a mi compañero Andrés Galán Castilla, que fue el hombre que supo darme el gran salto a la cultura y al amor por Córdoba, porque durante más de 35 años, me vendió toda clase de libros, revistas y sellos de correos que hablaban de Córdoba y sus personajes.

"LA CÓRDOBA QUE SE NOS FUE"

En cuanto al "Título del Libro" me lo sugirió quizás sin querer el mismo Pablo García Baena. Yo conocía a Pablo desde que empezó a frecuentar la Iglesia de San Lorenzo por su relación con la Hermandad del Remedio de Ánimas. y en esa época todos los chiquillos del barrio aspirábamos a vestirnos de monaguillos y a subir a la torre.

Recuerdo haber acompañado a Pablo, con otro chico más, llevando unos candelabros, al desaparecido Convento de Santa María de Gracia, que era en donde la Hermandad de Ánimas solía guardar algunos atributos de la cofradía.

Al llegar al Convento se presentó Pablo por el "torno" y enseguida abrieron la puerta del Convento. Una vez en el interior nos acompañó una monja que debería ser la superiora, y que cojeaba levemente de un pie. Iba delante de nosotros con Pablo y tocando de vez en cuando una campanilla, seguramente para advertir a las monjas que se adentraran en su clausura.

Al pasar por un patio que existía a la izquierda, Pablo le comentaría algo de aquellos macetones que abundaban en el patio y que en su mayoría estaban algo rotos o reparados con lañas. A lo que la superiora le contestó: "Los franceses, Pablo, los franceses..." En clara alusión a los abusos y desmanes que cometieron los franceses en aquél mes de junio de 1808.

Al fin llegamos a una especie de trastero en donde pudimos ver más cosas de la Hermandad y allí soltamos los candelabros.

Posteriormente y en el año 2009 quise escribir un pequeño relato sobre el desaparecido Convento de Santa María de Gracia, y al cruzarme un día con Pablo en la Iglesia de los Dolores, le felicité por la publicación de su precioso libro titulado "CÓRDOBA", y el me contestó que se trataba de rememorar la "Córdoba que a todos se nos fue".

Y ya de paso aproveché la ocasión para preguntarle por el nombre de aquella monja que iba tocando la campanilla en el Convento de Santa María de Gracia, pues la quería citar en el pequeño relato que estaba escribiendo. Y el me contestó: 

Manolo. me preguntas cosas que también ya pertenecen a la "Córdoba que te he dicho que se nos fue", y te tengo que decir que yo no me acuerdo del nombre de aquella madre, pero eso es igual. Tú le pones "Sor Cielo, Sor Estrella", o cualquier otro nombre que suene a monja, porque lo importante es el hecho, y no los nombres.

AQUEL OLOR A PIMIENTOS FRITOS...

Años después y al escribir algo sobre la Hermandad del Remedio de Ánimas, quise mencionar a don Luis Reyes Muñoz, el gitano de la calle Manchado, un hombre muy bondadoso al que los monaguillos lo esperábamos todos los domingos en la Misa de Once, para encender las dos velas que siempre traía. Una para la Virgen de los Remedios y otra para el Cristo de Ánimas y siempre nos daba una pesetas de papel de aquellas que venía la "Dama de Elche".

Además este hombre debía portarse muy bien con la Hermandad de Ánimas pues quiero recordar que en el año 1952-53, lo sentaron en la mesa que presidía el quinario, y nosotros los que salíamos a pedir por todas las bancas, pudimos comprobar que este hombre era muy esplendido. Concretamente a mi me tocó pedir por el lateral en donde estaba él y recuerdo que fue la sensación de casi todos pues llegó a echar un billete de 100 pesetas, y recuerdo que dijo: "Para el aceite"..

Y sobre aquella expresión "Para el aceite" le quise preguntar a Pablo  y el me dijo. Creo que me estas hablando del "Quinario del Pimiento". Y entonces me recordó:

En aquellos primeros años de Quinario (1950), nosotros quisimos adornar el altar del señor con luminarias, de mariposas, fue una idea de Rafael Cantueso, y que se trataba de "velillas" de aquellas que la época de la Festividad de todos Santos, se solían poner en las casas, en recuerdo de los difuntos. Rafael Cantueso, se buscó la posibilidad de las tulipas que le facilitaron en la fábrica del gas de La Fuensanta, y decorando a un vaso que contenía el aceite, la tulipa brillaba con luz propia dan do un gran realce a aquél altar que marcó una época en los quinarios del Cristo del Remedio de Ánimas.

Sin duda aquél fue un "Quinario",  que por lo que fuera algún aceite del que se rellenaron las lamparitas debió ser aceite frito, ya que el olor a "pimiento frito" se notaba por toda la Iglesia. Rafael Cantueso Cárdenas, afanado en encender su más de doscientas tulipas, de cerca, no se percató de aquél olor, y sería cuando entramos algunos hermanos más, cuando el señor de la Torre, hermano mayor de la Hermandad, quizás por su baja estatura percibió mejor que nadie el olor a "pimiento frito" que había en toda la Iglesia.

Aquel día, ya con la hora del Quinario encima, no dio tiempo a cambiar el aceite de aquellas lamparillas, y por eso don Luis Reyes, que oía lo que decían los hermanos que ocupaban de aquella presidencia del Quinario, echaría sus 100 pesetas para el cambio de aceite.

Rafael Cantueso, lamentó que en aquella "campaña" de aceite para el quinario, que hizo la Hermandad del Remedio de Ánimas, hubiera aceptado el aceite de Brígida, la buena mujer de la Pensión "El Carmen" que entregó una buena cantidad de aceite para las lamparillas.

 

Continuará...

 

lunes, 19 de julio de 2021


 

COMO EXTRANJERO EN MI CIUDAD

 

 

Ayer tuve necesidad de pasar por el Alcázar Viejo en mi camino de vuelta de una obligación ineludible. Al pasar por la Puerta de Sevilla me vino el recuerdo de Paco Leiva Campoy, un cordobés singular con el que tuve la suerte de compartir muchas horas de trabajo en mi vida profesional. El acceso al barrio estaba totalmente solo, ante la mirada nostálgica de Aben Hazam. El autor del "Collar de la paloma" me quería decir con gesto serio: "No hay casi nadie, ni viene ningún extranjero. Por aquí el único de fuera puedes ser tú, que eres del barrio de San Lorenzo, mi barrio y el de mis padres".

 

Esta dichosa pandemia, junto al calor del verano, nos hace sentirnos como extranjeros en nuestra propia ciudad. Pasando el umbral de la Puerta miré a izquierda y derecha, a la calle San Bartolomé y Postrera, totalmente vacías. Avancé por la calle San Basilio, y a la altura del "Hogar para mayores", que nos recuerda al padre Guillermo Romero Fernández, el ambiente estaba igualmente triste y callado. Luego, al ver macetas en la puerta de las casas me reconforté un poco, y tuve que acordarme de las hermanas Recio Trujillo, parientas mías enamoradas de su barrio que disfrutaron mucho con el "tiempo mágico" de los Patios Cordobeses. Se ha sumido en desolación todo lo que antes podía ser animación y bullicio.

 

Se echa de menos, cómo no, a "Casa Rafaelito", "Casa el Tarugo", y a personajes del barrio como los cuñados que se apodaban "Los Cartulinas", Rafael y Manolín, que con su viveza e ingenio eran capaces de convertir un puesto de caracoles en una oficina de desempleo. Y recordamos a José Muñoz López "El Pisto", en aquellos años en que a este cordobés le dio por instalar todos los veranos su bar-taberna, "El Chaparral", en Chiclana, con sabor a todo lo cordobés, para que las muchas personas de Córdoba que por allí se acercaran a veranear se encontrasen como en su casa.

 

Más adelante me tropecé con la efigie del Arcángel San Rafael, en el rincón que forma la iglesia parroquial de la Paz., donde se halla la Virgen de Acá.  Y como sé que mi amigo Paco Leiva le tenía una especial devoción al Arcángel, del que decía: "Es mi amigo", le llegué a rezar, pidiéndole por Córdoba y por España.

 

A la salida por la calle Enmedio, antes de llegar al Arco de las Caballerizas, me encontré a Luis Navas, que no se atrevía ni siquiera a musitar una palabra. Con su capa y su sombrero cordobés se sentía especialmente afectado por la tristeza que nos inundaba. "Y para colmo ahora la gente ni siquiera bebe vino", me dijo. La verdad es que noté al rapsoda cordobés muy afectado. Ni siquiera los caballos de Caballerizas Reales se oían relinchar... todo estaba como embozado por una gigantesca "mascarilla," de esas que antes sólo en los quirófanos la eficiente y ejemplar clase médica y sanitaria solía utilizar.

 

Ya iba camino del Alcázar de los Reyes Cristianos, y dejaba a la izquierda una conocida tienda “de novias" que siempre, empezando por la época del olor a azahar y terminando por el calor, era un constante ir y venir. Allí se veía buscar zapatos, trajes, bolsos, sombreros y tocados para las bodas. Pero ahora todo es distinto. No sé lo que dirá el amigo Sanz, aquel platero de la calle los Frailes de San Lorenzo, que migró al Alcázar el Viejo en sus tiempos de juventud.

 

Al pasar por la explanada del Alcázar, el silencio hacía que hasta se oyera el derramar del agua dulce que cae como chorros de vida en el estanque de los peces colorados. Agua que viene del venero “Esquina Paradas”, que nace en un lugar desconocido por la Albaida y se capta por Noreña. Para que a los peces no les afecte el cloro que lleva el agua potable se sigue trayendo aquí esta agua natural, que también se usaba hasta hace pocos años, junto a las aguas de "La Fábrica de la Catedral", en las albercas y estanques de la calle nueva que abrió el alcalde Guzmán Reina junto a la Puerta Almodóvar, así como en el foso y murallas antiguas del Alcázar Viejo. Pero hace años que la desidia abandonó estas conducciones, y hoy ya no corre el agua por ellas.   

 

Pasamos en total soledad por la calle del corregidor Luis de la Cerda, político cordobés que se señaló en su tiempo junto con el Consejo de Córdoba en contra de la obra del Crucero de la Catedral del Obispo don Alonso Manrique de Lara (1516-1523). Ante las simplificaciones interesadas, un estudio de las Actas Municipales de aquella época nos muestra una realidad que no es blanca o negra. Así por ejemplo lo afirma el profesor de Historia Moderna, José Calvo Poyato, en su artículo titulado "La construcción del Crucero de la Catedral", página 189-210 del libro "El templo de Córdoba", editado por Almuzara en 2019. Exactamente en la página 199 se recoge un acuerdo del Consejo que dice de esta guisa: "La obra es un agravio grande de la república de esta Ciudad e especialmente de los señores caballeros que tenemos capillas de enterramiento en ellas". Aquí se ve claramente que su oposición no era tanto que se hiciera la obra y se cambiara su fisonomía original, sino que ellos perdían una serie de privilegios que desde antiguo gozaban sus familias con sus enterramientos en la Catedral.

 

Luego, en la calle Cardenal González, el mismo vacio. Lo primero que nos encontramos es la antigua taberna "El Tablón". Como estaba todo cerrado empezamos  a recordar que esta taberna fue propiedad de un tal Antonio Benítez, y que más de una vez allí nos tocó llevar el bocadillo al célebre "Canario" de la calle Abéjar, que trabajaba por allí de platero. Recuerdo que acompañé al "Pancho" que era vecino y gran admirador suyo" sobre todo en aquellos saltos de trampolín que solía dar los domingos en el Molino de Martos.

 

La soledad de la calle Cardenal González nos hace traer al recuerdo lo que nos contaría un día Pablo García Baena, nuestro poeta y Premio Príncipe de Asturias, en el sentido de que cuando el político republicano Antonio Jaén Morente regresó a Córdoba fugazmente en el año 1954, tuvo un encuentro precisamente en esta taberna de su barrio, pues no hay que olvidar que el citado político nació en la calle Judíos, en la casa que hace esquina con la Puerta de Almodóvar, y que actualmente ocupa un restaurante.

 

Fue recibido por un grupo de familiares, amigos y leales que le organizaron en esta taberna un discreto recibimiento. Por nombrar a algunos estaba allí  el famoso "Marqués del Cucharón", así como don Rafael Castejón, por parte de la Academia de Córdoba. Luego nos comentaría el mismo Pablo García Baena, que él y Ricardo Molina, componentes del Grupo Cántico que volvían  de Santiago de Compostela, se entrevistaron con el antiguo político en Madrid, en la Cafetería Lyon de la Gran Vía.

 

A Jaén Morente le encantaba todo el entorno del barrio de la Catedral, pues no en balde fue bautizado en la iglesia del Sagrario en día 6 de febrero de 1879, donde también acudió para su casamiento con Carmen Domingo Sánchiz el 31 de julio de 1903, boda que celebró el párroco don Francisco Montoro Pozo.

 

Seguimos por la calle Cardenal González, y esos establecimientos, una casa sí y otra también, que antaño fueron talleres de platería ahora son establecimientos que ofrecen bebidas y comidas a todo el que pasa. Pero su silencio casi sepulcral nos dice de que algo grave está pasando en Córdoba: no pasa casi nadie Igual ocurre en la antigua "Casa de los Santos", del controvertido Ortega, que desde su ornamental panteón del Cementerio de la Salud le preguntará a Manolete “¿qué es lo que pasa en Córdoba?”, pues en su casa, dedicada hoy a baños, no hay ni una toalla que llevarse a la cara. Y eso que en la cercana calle Horno de Porras ya no está la antigua taberna “El Noventa", donde  se refugiaba la gente que se quería aliviar del contagio de la gripe, llenando el cuerpo de “medios” de vino. Al menos eso me decía José Unquiles, que había oído algo así de sus mayores.

 

Continuamos hacia la calle del Lucano, pero quise mirar para atrás en recuerdo de las oficinas de la Once, que estaban en el mismo cruce con la calle La Feria. Les parecería mentira a aquellos esforzados de la venta de cupones con lazarillo que ahora en esta época tan moderna, del “rasca”, de la lotería, de los quioscos, se haya tenido que suspender el sorteo, pues de lo contrario dicha organización, que en tiempos de Migue Durán llegó incluso a prestar dineros al gobierno para pagar las pensiones, se hubiese ido totalmente al descalabro.

 

Igualmente, en esta calle todo cerrado. Sólo un pequeño despacho de pan caliente se mantiene abierto, con la garantía medicamentosa de la farmacia. El ambulatorio, tan excelente y bueno, vacío, como si fuera eternamente domingo o festivo. Si Sara Montiel levantara la cabeza y comparase volvería a morirse si alguien le explicara que cuando su película “El último cuplé" se estrenó en el Cine Lucano, se formaron allí unas colas impresionantes, que daban la vuelta por la calle la Feria hasta casi llegar a los Patios de San Francisco.

 

La cervantina Fuente del Potro con un raquítico choro de agua, nos recuerda lo que eran "Los Portalillos" esa taberna de Pérez Barquero que completaba la trilogía con "Los Palcos y "La Parra". De estar abiertos en la actualidad estarían solos como la una, porque esas tabernas siempre iban a la par de Córdoba. Qué diría el compañero Antonio Medina, aquel empleado de Westinghouse, que nunca faltó al mediodía a su cita diaria en "Los Portalillos".

 

Y la plazoleta de Enrique Romero de Torres, antes siempre llena de gente, y que muchas veces fue considerada por su concurrencia el termómetro del turismo en Córdoba. Allí, al fondo, en donde otrora estuvieran las cañas de pescar, ya no quedan ni "los anzuelos" que dijera el simpático Lucas, que sin dejar de ser barbero fue portero del Córdoba y vecino entrañable de esta zona.

 

Más abajo, ya por la calle Lineros, del antiguo Caño de Vencesguerra, los aparcamientos de Bodegas Campos dan la impresión de que estamos en la Córdoba de los años cincuenta, cuando apenas si había un par de coches circulando por nuestras calles, especialmente por estos barrios. Sólo muestran vida en ese aparcamiento las banderas, inapelables al viento. La otra puerta de salida a la Ribera está cerrada, simplemente porque nadie tiene necesidad de salir. Hasta el mismo "Chocolate", con su eterno garaje de bicicletas lindero, se extrañaría de la situación.

 

Más calle Lineros abajo nos encontramos con el mosaico que recuerda a Ricardo Molina Tenor, el hombre que junto a Antonio Mairena ensalzó a Córdoba en aquella primavera de 1956 con el Primer Concurso Nacional de Cante Jondo Ciudad de Córdoba. Ahora todo es silencio. Y la calle Candelaria, tan ligada al fútbol de Córdoba porque allí nació en 1946 el "Ángel del Arcángel", según denominó el Diario Marca en una entrevista a nuestro portero internacional Miguel Reina Santos.  

 

Más adelante se llega a la encrucijada de las "Cinco Calles" donde confluyen muchas cosas de Córdoba. Citemos en primer lugar el bar “Los 33 Mosquitos”, que dio lugar a la peña del mismo nombre, a la taberna “El 6”, a la calle Consolación, con la que disfrutábamos porque el tornero de madera que allí había nos daba “rabia” poniéndose a hacer aquellos trompos cuando pasábamos. Todo desolado. Sin ruido, sin vida. Y la calle Mucho Trigo, tan larga, con tanta puerta y tanta casa, da la impresión de que todos los vecinos hubiesen salido por la puerta falsa. Como nos diría el simpático "Barinaga" de Santiago: "Todos han hecho mutis por el foro"

 

Tampoco se escapa de la soledad la que fue "La Gota de Leche", esa institución de carácter benéfico que hace pública su colaboración contra el virus, indicándolo en oportunos carteles que se agradecen. Luego llegamos a lo que fue Casa Villoslada, un lugar taberna a caballo entre San Pedro y Santiago, pero ya no hay nadie para esa simpática disputa entre esos dos barrios, y menos para sacar cualquier entrada de fútbol, pues además de que no hay taberna, no hay fútbol, y nuestro querido Córdoba CF no está para muchas colas.

 

Luego encaramos la calle Alfonso XII, una calle que tuvo el nombre de Calle de San Bartolomé por un hospital de dicho nombre que hubo muy cerca de lo que fue Casa Chicuelas. También se le llamó Carrera de Puerta Nueva, Carrera de Isabel II" o Alcolea, y durante la República García Hernández. Pues con todos los nombres citados, esta vía que llegó a tener en su trayecto hasta doce tabernas está sola. Quizás, paradójicamente, donde se nota más jaleo o ruido sea en lo fue la Funeraria de los Vázquez, pues se oye un continuo revoletear de palomas que deben vivir allí. Me faltaba decir que en la Plaza Vizconde de Miranda no se oye nada más que los dos chorros del agua de su fuente.

 

Ya cerca de mi casa, a la altura del Colegio Salesiano, creo sinceramente que ningún día de su más que centenaria historia (fue fundado en 1903), estuvo éste más solitario que cuando pasé. De eso seguramente habrá tomado buena cuenta, apesadumbrado, la estatua solitaria de San Juan Bosco, ese santo tan enamorado del bullicio de la chiquillería. Sólo muy de vez en cuando alguna persona pasa fugazmente viniendo del Mercadona cercano, con paso ligero.

 

Todo solo y más que solo. Aislado, desolado, sombrío... Amigo Paco, qué pena para ustedes que tanto disfrutaron con vuestros patios, vuestros turistas, vuestra hidalguía…  Ahora nuestra Córdoba es como un cementerio de vivos. Todos metidos en sus colmenas, como si de la amenaza de una bomba atómica se tratara, y los que pueden costeárselo con el aire acondicionado encerrados sobrellevando el calor. Dicen que la gente se ha ido a vivir ahora a esos bloques que están construyendo lejos, por donde nuestra fábrica, y que nuestros barrios se están quedando definitivamente vacíos. Y el calor, y el dichoso coronavirus... Algo habremos hecho mal, Paco, y quizás lo estemos pagando. Córdoba callada y sola.... Con todos mis respetos, eso para la poesía, nunca para vivirlo.


sábado, 15 de mayo de 2021


 EL "MOSQUETÓN"...


Cuando nos llamaban a la Caja de Reclutas ya empezaban a formar filas o colas con nosotros. De allí a algunos no pasaron al Cuartel de Lepanto para pasar la noche. Tenías que hacer cola para que te entregaran la ropa, la marmita y demás utensilios. Luego, como hacía frío y necesitabas al menos una manta, te indicaban adonde te la podían dar y hacías cola para recogerla. Después de una noche casi en vela, durmiendo prácticamente en el suelo, llamaron al toque de una trompeta y nos tuvimos que poner otra vez en cola para entrar al servicio, y digo cola, porque solamente había un servicio en condiciones de funcionar, ya que los demás estaban en proceso de reparación. Luego, con unas palmas te llamaban para que fueras al patio a tomar el desayuno, y de nuevo hubo que hacer cola para que te dieran el “chusco”. Mientras, podías observar cómo "subía y bajaba aquel saco” que entrando en una enorme olla de agua hirviendo y hacía la “colada del café”, que completaba tu espléndido desayuno.


Después, a eso del mediodía, hacíamos cola otra vez para el “chusco” del almuerzo, esta vez sentados en mesas de un comedor. Luego por la tarde, cuando estábamos en plena digestión, a formar otra cola, esta vez totalmente desnudos, para pasar un reconocimiento completo, incluido un zamarreo al pito. Era patético ver toda la galería del patio central con una cola que pillaba todo el largo del patio, con todos los reclutas, cada uno de su padre y de su madre totalmente desnudos.


Pasado este mal rato, a circular todos en fila para la estación de Cercadilla con el macuto al hombro. Al llegar al embarcadero de ganado (o eso parecía), nos ponen en cola, para pasar otra vez lista, y contarnos mientras subimos al vagón que parecía sacado de una vieja película del Oeste Americano.


Una vez ya en el Campamento de Cerro Muriano, llegamos totalmente de noche, nos ponen en cola para asignarnos la “chabola” que nos corresponde. Allí, con el simple alumbrado de una pequeña vela, vemos por primera vez al veterano que nos correspondía como jefe de chabola, y que pronto nos advierte: "Ojo que la vela la he pagado yo", y  a renglón seguido nos ponemos en cola 12 reclutas para repartirnos el lugar que nos correspondía de aquellas literas dobles.  Una vez acomodados, le preguntamos al “veterano” que en dónde estaban los servicios, y nos dice: “ya no tenéis que hacer cola, pues las “letrinas” están a campo abierto. Eso sí, tened cuidado cuando estéis en “postura” pues a lo mejor intentan quitaros el gorro al estar en equilibrio inestable.


A la mañana siguiente, otra cola para tomar el café en aquella cuesta abajo. Y otra vez vuelves a presenciar como sube y baja el “saco”, lleno de cebada, achicoria y suponíamos que un poco de café. Cuando el agua hierve en el caldero, tres o cuatro zambullidas del saco, y café a punto.


Después del café, a formar otra cola para lavarse. Delante de un pilar con tres grifos, que más que dar agua parecía que lloraban. Una vez que nos lavamos, nos envían a la compañía… y a hacer cola para que el barbero nos dé un pelado reglamentario. Recuerdo que allí fui donde pude ver a mis amigos d San Lorenzo, Manolo Vargas y Pepe Millán, que como veteranos me ayudaron a "comprender" la vida del Campamento.

 

Quiero describir los compañeros que formamos parte de aquella Chabola, aclarando que posiblemente fuésemos de las últimas quintas que utilizaron Chabolas, siendo además a la primera "Quinta" .en la que nos dieron aquél nuevo uniforme con aquellas botas altas con hebillas. Nuestra ubicación era: Primera chabola, de la Primera compañía, del Primer batallón del que era comandante un tal Navarro Mancebo. en el Campamento había cinco Batallones, con cinco compañías cada uno de acuerdo a la organización "Pentomica" del ejército español.  según nos comentó el teniente Villalonga.


Nuestra distribución en la Chabola fue la siguiente: En la primera litera de la izquierda, la ocupaban: Ángel Márquez, de Villanueva del Duque, y Bernardo Moreno de Córdoba. En la segunda, Rafael González y Antonio Martínez, ambos plateros y de Córdoba En la tercera, Joaquín Martos y José Luís Thous, ambos de Córdoba; estos se puede decir que eran los auténticos  señoritos de la chabola. En la cuarta, Miguel Mújica y el cabo Horrillo, uno de Espejo y otro de Castuera. (Badajoz) En la quinta, José Mendoza y Rafael Mendieta, ambos de Córdoba y del Campo de la Verdad. En la sexta, M. Estévez y Juan Membríves, de Córdoba y la Rambla respectivamente.


Podemos decir que quizás fuera la edad, o quizás fuera que llegamos al Campamento en Primavera, recordamos con mucho orgullo aquellos meses de sacrificio que pasamos en el aquél Campamento, donde todo se superaba y con ilusión, porque todos teníamos el convencimiento de que lo hacíamos por nuestro país, España, nuestra Patria, que para todos nosotros era lo más importante. Eran esfuerzos y padecimientos que nuestros abuelos y nuestros padres, nos habían hecho comprender. Ojalá se pudiera repetir en la vida dicha experiencia y con los mismos compañeros. Todavía recuerdo infinidad de anécdotas del compañero Joaquín Martos, que todas las noches "soñaba" con el ilusionado porvenir que el se auguraba en su vida profesional, en donde aspiraba a todo lo mejor del mundo por "su preparación" y su "presencia" que él decía que era propia de Hollywood. Pero broma aparte, los componentes de aquella chabola tenían una riqueza de opiniones, de costumbres, y hasta una forma distinta de acometer todos aquellos esfuerzos que sin duda allí nos iban a exigir. Por lo que sin poder evitarlo forzosamente aquellos era una forma de aprender para unos y otros. En aquella chabola lo mismo podías ver que se formaba cualquier "timba de juego", que se formaban sesiones de chistes con distintos estilos de humor. Pero es que además todos teníamos el "corporativismo" de ser soldados al servicio de España.  

En la primera clase de instrucción que nos dieron, se nos presentó a los dos cabos  primeros que íbamos a tener. Uno era un tal Pilo Sanz y el otro era el cabo primero Ortega, al que apodaban como "El Pajarito". Pero sobre todo fue el tal Pilo Sanz, el que asumió el “mando” de la Primera compañía En realidad en los campamentos y en la instrucción militar de aquellos tiempos correspondía a los Cabos primero, todo el poder y el mando, hasta tal punto era eso así, que su silbato colgado al cuello era su atributo de poder total. Los sargentos apenas si los vimos pues según nos dijeron estaban dedicados a labores de la administración y el papeleo de las compañías. Para cualquier recluta un Cabo 1º. en el Campamento, se nos antoja un general, ya que ejercían sobre nosotros el mando total.

En la compañía había chabolas como es lógico con distinto nivel escolar y profesional, y abundaban algunas con jóvenes jornaleros del campo. Pero que te sorprendían con sus historias y hasta con su tradicional sabiduría. Había uno que era el Teófilo que se empeñó en mantener una lata llena de orines en la chabola, porque decía que este olor espantaba a los animales incluidas las bichas y pequeños roedores.

Lo primero que se nos enseñaban en aquellas clases de teórica, era el conocimiento del mosquetón, en todos sus elementos básicos, y la verdad que a algunos reclutas, quizás por nervios, no eran capaces ni de articular palabras alguna para explicar el dichoso mosquetón. Tal era el caso de un tal José Trassierra González, que siendo una excelente persona para todo, no era capaz ni tan siquiera de articular palabra alguna en referencia al mosquetón. Eso le costaba todos los días, el "irse arrestado" para cortar leña a la panificadora. Era ya tan habitual esta dinámica, que incluso él, solía adelantarse y muchas veces, al ser preguntado por el "Mosquetón" el ya contestaba: -Me voy para la panificadora-  En este aspecto el Cabo 1º. Pilo, no tuvo ningún tacto, ni comprensión con este compañero. Quizás la poca edad del propio Cabo 1º. le hiciera comportarse como un ser totalmente impenitente y reiterativo con este recluta.

En el campamento cada dos por tres, se hacían ensayos generales de todos los batallones e incluso tocaba la música de “Ya está aquí el pájaro..." que era la marcha musical que anunciaba la llegada de algún general que iba a presidir cualquier la ceremonia.

El Campo de la "Parada Militar" y los desfiles, era mimado por los militares e incluso había un comandante que era el responsable de su cuidado y mantenimiento. En aquel año de 1966, el responsable era el comandante Sevilla, que montado en su vehículo militar no hacía nada más que estar continuamente vigilando el mantenimiento y preparación del Campo de Instrucción. Lógicamente el tenía a su disposición y mando a toda una Compañía de Veteranos, que bajo la dominación de Compañía de Servicios, aglutinaba en sus filas a: Fontaneros, Electricistas, Albañiles, Carpinteros, Pintores, y toda clase de profesiones que se pudieran necesitar en el Campamento.

A mediados del mes de mayo, era viernes y todos los cerros que nos rodeaban amenazaban tormenta, cosa muy frecuente a decir de los veteranos. Ya por la mañana, habíamos estado ensayando un simulacro de "Parada Militar", pues el sábado nos visitaba un general de División y había que hacerle los honores. Nada más terminar de comer empezó a sonar una tormenta algo aparatosa, y al momento cayó una tromba de agua impresionante, el campamento estaba rodeado de arroyuelos que de inmediato empezaban a parecerse a ríos de verdad.  De pronto llega el teniente Márquez, y pide voluntarios para proteger de la inundación el campo de la "Gran Parada Militar", que para los militares era como el Gran Salón de su casa. Allí acudimos un montón de soldados, pero ya había bastantes más, que con piedras y sacos terreros, estaban subiendo el margen izquierdo de un arroyo que pasaba junto al Campo y amenazaba con desbordarse. Estamos hablando de cuando todavía este agua torrencial no se encauzaba en el pantano actual de Guadalnuño.   

Entre truenos y relámpagos, la tormenta estaba descargando prácticamente encima del campamento, y daba hasta bastante miedo.  Allí estaba el comandante Sevilla, muy alterado, dando órdenes sin parar, pues el Campo estaba a punto de inundarse. El agua bajaba por aquel torrente arrastrando ramas y toda clase de objetos abandonados por los soldados. Aquella era un espectáculo de ver el "ir y venir" de soldados de un lado para otro, sin poder resolver aquella inundación que según se parecía se nos venía encima, y que se notaba el nerviosismo del propio Comandante Sevilla, que daba ordenes sin parar y hasta gesticulaba a grandes voces. De forma sorprendente y cuando más arreciaba la tormenta y el agua caía torrencialmente, el caudal de aquél arroyo que era como un auténtico río, empezó a bajar de forma ostensible y todos sorprendidos empezamos a mirar para arriba sin explicarnos lo que estaba pasando. Entonces, todos extrañados, nos dio por mirar cerro-arriba, y vimos bajar a un recluta, con un pernil del pantalón arremangado, la camisa fuera, sin gorro y con una azada al hombro, y empezó a gritar:

¡¡Ya está arreglado mi comandante, ya está todo arreglado,  no hay que preocuparse!!. 

El comandante Sevilla, principal interesado en el asunto, le preguntó:

 ¿Qué ha hecho usted? 

-Nada, le contestó el soldado, eso lo he hecho muchas veces en mi campo. Cuando llueve mucho y hay peligro de correntía, nos vamos a la cresta del cerro,  y allí hacemos un hoyo muy grande, y de golpe rompemos la pared de dicho hoyo, y el agua hace un remolino y se desvía la mayor parte para otra pendiente.

Al comandante Sevilla, le faltó poco para darle un beso a aquel sencillo recluta de un pueblo de Extremadura, recluta al que casi todos los días de instrucción, el cabo 1º Pilo Sanz, le arrestaba a cortar leña para la Panificadora, por no saber explicar el mosquetón, Se trataba de José Trassierra González.    

 El sábado por la mañana amaneció un día precioso y los militares lucían todos sus mejores uniformes  para la "Gran Parada". Allí en aquel campo estaban los 5 batallones formados, con sus comandantes al frente. Se estaba esperando a que llegara “El pájaro” que era en el argot militar el general que iba a visitar el campamento. Poco antes de que sonara la marcha militar  “Ya está aquí el pájaro, ya está aquí el pájaro...” En ese momento, el comandante Navarro Mancebo, enterado de la buena acción de este soldado, sin alterar la formación preguntó en voz alta:

 ¡¡Que Trassierra, sale el mosquetón!!

 A lo que el recluta con toda la naturalidad del mundo le contestó:

 -¡¡Claro que sí mi comandante, poco a poco le va llegando el gusto a la burra!!.

 En medio de la tormenta de aquellos días sobre el Campamento MIlitar, esta fue la anécdota, simpática de un recluta de una aldea perdida y cercana al pueblo extremeño de  Castuera, que paradójicamente era casi todos los días castigado por no saberse el mosquetón, y sin embargo fue el recluta que salvó el campo de instrucción de una inundación. En aquel campamento después de la Jura de Bandera, nos hicieron un examen psicotécnico de cara a los destinos. Recuerdo que en Mayoría aquel soldado le permitieron el DESTINO que el quiso.

 Pero además de esta anécdota, sería incontables las que pudimos observar en aquellos meses que estuvimos de Campamento en el CIR, nº 5, y que luego se podían completar con las propias que nos pasaron en los distintos cuarteles a los que fuimos destinados.

 Y por ello no me quiero dejar atrás las que nos llegó a pasar al poco tiempo de llegar al Parque y Talleres de Automovilismo de los Santos Pintados en Córdoba, recuerdo que uno de aquellos primeros días, me tocó hacer guardia en lo que llamábamos "la zona de chatarra", que estaba frontera a la puerta del Parque, al otro lado de la carretera de Valdeolleros, y en la puerta del Parque, estaba de guardia, Enrique García, de la Rambla, y que había venido del Campamento de Obejo. En el Parque y Talleres de Automovilismo, los toques para llamar a la tropa para todo se hacía con una campana, y siempre recordaré que aquella tarde y cuando estábamos en pleno turno de guardia, tocaría la campana para que los soldados acudieran al comedor en el horario de medio-día, y si el toque de la campana fue rápido, más rápido fue el soldado  Enrique García, que estando de guardia en la puerta, soltó su "Mosquetón" y empezó a correr patio arriba hacia el comedor. El cabo de Guardia que era un tal Alcántara Estévez, le dijo: ¡¡Oye soldado que la guardia no se puede abandonar!!, y menos aún  soltar el mosquetón, a lo que el soldado ya casi en la puerta del comedor contestó:  "Oye cabo, mi madre me ha dicho que la comida tiene que ser para mi "sagrada" y por ello lo dejo yo todo". Afortunadamente el suboficial de Guardia, era el sargento Pascual, una persona comprensible y resolvió el asunto olvidando lo que había pasado.

 Ahora echamos de menos aquellas situaciones que se nos plantearon, cuando fuimos primero al Campamento a hacer la Instrucción Militar, y posteriormente a nuestros Cuarteles, en donde completábamos El Servicio Militar, que siempre ocupará un lugar importante en nuestros recuerdos, y que a muchos nos enseñó bastantes cosas, que fueron muy importantes para acometer nuestra aventura laboral y profesional en la vida.

 

 

 

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