MANUEL FLAMIL CAÑETE
(Montalbán 1925, + Córdoba 27-09-2010)

En el mes del septiembre pasado nos dejó el compañero de la CENEMESA Manuel Flamil. Un hombre completamente enamorado de las “cosas del cielo” y del “murmullo que sale de la garganta de los gitanos” en forma de cante grande. Pero, por encima de todo, fue un maestro para quien quiso ser su alumno. Un gran compañero para todos los que convivieron con él en el trabajo de todos los días. Gran padre de familia, se sentía muy orgulloso de que su yerno fuera su “heredero” en la afición a las cosas del cielo. Fue el decano de los astrófilos cordobeses, ganándose un merecido respeto por sus conocimientos. Córdoba por todo ello le debe a este hombre una deuda de gratitud, por lo menos estas humildes líneas.
Manolo había nacido en 1925, en Montalbán, y la difícil situación de la España de la Guerra Civil y su posguerra le obligaron a trabajar en el campo como a tantos otros. Sin embargo, sus buenas dotes para el estudio y su espíritu de superación lo llevaron a un campo al que no parecía llamado, a interesarse por los cielos. Gracias a su esfuerzo en solitario se convirtió en un experto autodidacta en astronomía. Con orgullo solía decir “TODO LO APRENDÍ ECHADO PANZA ARRIBA EN LA ERA Y MIRANDO AL CIELO DURANTE LAS NOCHES DE VERANO”. Quitaba rigor a sus conocimientos y los impregnaba de un alto sabor a lo popular. Era un hombre que todavía utilizaba los refranes para intentar explicar a la naturaleza…
Tuve la gran suerte de que nada más entrar en la empresa (1962) fuera de las primeras personas con las que me crucé. Me siento orgulloso de haberlo tenido como referente en muchas cosas de la vida. Su familia. Su profesionalidad en el desempeño de sus labores técnicas dentro de la fábrica. Su amor inconmensurable a todo lo que ocurría en el cielo. Su debilidad por los entresijos del cante “jondo” en todos su “palos”. Todo me hizo cada vez admirarlo más. Y sobre todo, era un maestro en el arte de no querer IMPORTUNAR. Responsable y solidario con todo aquello que sabía a humanidad. Manuel Flamil fue para muchos un símbolo de hombre culto lleno de la sapiencia popular.
En este aspecto, me refirió varias veces que él era un gran admirador de Azarquiel, que como él tuvo unos comienzos populares y de preparación autodidacta. Fue considerado como uno de los astrónomos más importantes de la Edad Media; para ello cultivó las tres ramas de la ciencia astronómica árabe: los instrumentos de observación, las tablas astronómicas y la teoría astronómica. Se le considera el máximo responsable de la elaboración de las famosas tablas toledanas, consideradas las tablas astronómicas medievales más famosas en el occidente latino.
Para muchos este sabio nació en Córdoba, y curiosamente hay una calle en nuestra ciudad (Zarco) que guarda mucha relación con los ojos que este científico tenía: ojos zarcos (verdes). Parte de su gran obra la llevó a cabo en Toledo, pero finalmente tuvo que salir huyendo por los temas bélicos. Desgraciadamente, me dijo, este hombre apenas es hoy mencionado por la ciencia moderna, quizás por sus comienzos sencillos y populares.
Flamil nos enseñó a todos los que le admirábamos muchas cosas relacionadas con el espacio. Nos enseñó hasta la velocidad de escape de la atmósfera. Pero siempre no lo hacía de una forma muy didáctica, empleando para ello croquis perfectamente rotulados y delineados, con una preciosa caligrafía.
Así, en su día, nos explicó de forma grafica y sencilla todo el proceso del primer viaje del hombre a la Luna, indicándonos las distintas fases del cohete Saturno que llevó a la cápsula de alunizaje a los dominios siderales. Nos documentó el viaje de regreso y los problemas de re-entrada en la atmósfera y el porqué del ángulo de “acometer el Anillo de Van Allen. Nos habló del peligro del “rebote de la capsula” comparándolo con aquellas “chifletas” (piedras finas), que lanzábamos a la superficie de los arroyos y charcas. Igualmente nos explicó perfectamente el riesgo de soportar las “enormes temperaturas” que adquiriría la capsula por una “mala entrada” causadas por el roce con las partículas subatómicas que formaban el mencionado Anillo de Van Allen.
Era un placer escuchar sus explicaciones y la habilidad e ingenio que tenía para dibujar las secuencias que te explicaba.
Tenía buena relación con la agrupación astronómica de Sabadell, a donde mandaba con regularidad sus artículos y colaboraciones. En Córdoba tenía admiración en el campo de la astronomía por David Galadi Enríquez. Ya lamentaba el “peso de su edad” para acometer otros proyectos.
Quizás la Universidad cordobesa debió arropar toda su erudición y haberle dado una posibilidad de transmitir sus enormes conocimientos, de la misma forma que se ha hecho oportunamente con Agustín Gómez y el cante. La etiqueta elitista de la Universidad suele dejar en las “cunetas” a veces a gente como a Flamil. Sus horas “panza arriba” y la dedicación durante toda su vida no fue bagaje suficiente para que pudiera enseñar a muchos alumnos, y no sólo a sus compañeros de trabajo.
Por otra parte no es de extrañar en manera alguna este comportamiento de la Universidad, que ya se mostró igualmente poco generosa con Don Manuel Ocaña Jiménez, uno de los más importantes arabistas de este país, y que tuvo que terminar sus días “diseñando transformadores”.
Aparte de la astronomía, era un placer oírle hablar de cante grande. Te hablaba maravillas del arte de Camarón, te comentaba lo documentado del cante de Fosforito. Añoraba siempre el cante de Caracol, todo ello con los elogios a guitarristas y flamencólogos. Entendía de todos los “palos” e incluso los “decía” al oído de forma maravillosa. Pero toda la sensibilidad que demostraba en este “arte” le hacía recatado en respetar a todos los cantaores.
A principios de los años ochenta se celebró en los Salesianos un grandioso festival de cante flamenco que contó con la actuación principal de Camarón, Fosforito, Lebrijano, Antonio de Patrocinio, Paco de Lucía, entre otros. Fue un éxito apoteósico de arte y de público. Le comenté una curiosidad que observé: nada más terminar la actuación de Camarón, la gran mayoría de sus partidarios de raza gitana se marchó, estando la velada aún a medias. Ante esta pregunta, el bueno de Flamil me comentó: “Es que los gitanos van a ver solamente a su cantaor y éste no es otro que Camarón”.
No es que él aprobara la marcha de estos aficionados a mitad de la velada, me comentó, pero sí estaba de acuerdo en que Camarón significaba para el cante “algo distinto”, sin copia posible. Fosforito, por ejemplo, con toda su categoría y doctorado, se desenvuelve en “otra dimensión”. Quizás el cante del Manolo Caracol, (ese sí era otro monstruo), me dijo, por su “singularidad” se podía oponer al Camarón.
El cante es como el toreo. Hay maestros que lo conocen todo, lo dominan todo, y son grandes figuras. En cambio hay otros, que a lo mejor con un par de destellos alcanzan la dimensión de “genios”…
Su número preferido era el SIETE. Según decía, dicho número era el protagonista aventajado de la colección de números simbólicos y venerados en la antigua Babilonia por su referencia al CURSO DE LAS CUATRO FASES DE LA LUNA-MEDIADORA DEL TIEMPO (… siempre el espacio). Cada una de las cuales dura SIETE días. Incluso la maravilla de la creación duró SIETE días, respaldándose en la Biblia. Éstas fueron las últimas palabras que me comentó en el último diálogo que, de forma periódica, manteníamos en las TENDILLAS, frente a la farmacia BELTRAMI, allá por septiembre de 2009. Allí llegaba él invariablemente montado en su autobús de línea… EL SIETE.
Descansa en paz amigo Flamil. Sé que ahora estarás disfrutando viendo el auténtico Cielo de cerca.