
El Gobierno de los Estados Unidos, la todopoderosa “locomotora” de la humanidad, se ha visto obligado a actuar ante la petición de las autoridades federales de algunos de sus Estados que están siendo literalmente invadidos por las chinches. Han sido muchas las quejas de caseros, encargados de pensiones, hostales y hoteles, que hablan de que sus clientes de noche no pueden dormir ante las picaduras de esos bichitos que se denominan chinches.
(Son curiosos los caprichos de la naturaleza, donde la humanidad nunca se pudo pensar que iban a cohabitar la chinche, rescoldo de otros tiempos, con el avasallador y moderno móvil).
Los americanos, ante los grandes envites de la Historia, intentan resolverlos poco menos que a cañonazos; y como no suelen dar con la “herramienta” adecuada, obtienen resultados negativos. Se equivocaron en Vietnam. Se equivocaron con Bahía Cochinos. Se han equivocado con Irak, y con toda probabilidad se van a equivocar con Afganistán. La suerte suya es que siempre los escenarios los han planteado fuera de sus fronteras, y con retirarse tienen bastante. Otra cosa es cuando el enemigo se atreve a “picotearles dentro”, y ahí siempre salen perdiendo. Y como ejemplo más representativo están las recordadas Torres Gemelas.
Se creen poseedores de tanta libertad que, incluso, no son cautos ni tan siquiera en los asuntos de su propia seguridad nacional. De una guerra sólo les interesan qué líneas de fabricación han de poner en marcha para abastecer el frente; lo de menos es que consecuencias pueda tener eso para la Humanidad.
Por todo ello auguro malas consecuencias para este país si tiene que combatir una plaga de chinches o piojos, pues al tenerlo todo, curiosamente no están preparados para solucionar las pequeñas cosas.
Por el contrario, aquí en Córdoba las plagas de chinches eran casi permanentes. Sobre todo aquellos veranos, en que el calor de la siesta se alternaba con “rasquiñas” en piernas, brazos y otras partes del cuerpo, sobre todo las posaderas. Este problema de las chinches era especialmente serio en las sillas de anea, que por otra parte se fabricaban totalmente a mano en la Calle Hornillo. De hecho, y por comentarios de un antiguo fabricante, ya había sillas que salían de fábrica con su parte “alícuota” del bichito…
Por eso, se podría decir que la “Universidad” de las chinches eran los cines de verano, con aquellas sillas de palo. En este honor destacaban los cines Astoria, Delicias y Andalucía. Los acomodadores, según fuera el cliente, antes de entregar la silla le daban más o menos zamarreo para que se desprendieran los “animalitos” que pacientemente esperaban entre las anea a que llegara cualquier culo, preferentemente redondo y orondo, para chuparle su sangre. Era entrar en estos cines y antes de pasar el control del portero notabas una sensación de picor. De por aquí sólo el Terraza Magdalena era una excepción a nivel de chinches ya que utilizaba sillas de tijera, no de anea.
Era frecuente ver en estos cines, especialmente en el Delicias, cómo en medio de la función, y con el cine ya totalmente a oscuras, cualquier cliente de buenas a primeras arremetía contra la silla, lanzando toda clase de improperios para contrarrestar los quejidos de su novia o su mujer, víctimas ideales de estos bichitos. Al final la silla terminaba con cada palo por un sitio y el asiento por otro. Normalmente llegaba el acomodador Sr. Carrillo, y con su voz ronca preguntaba: ¿qué ha pasado aquí? Y el buen hombre contestaba. ¡Que las chinches se comen a mi novia! ¿le parece a Vd. poco? Normalmente este tipo de venganza se contagiaba, y roto el hielo, aparecían ya más clientes dispuestos a “maltratar” sus sillas. Así que ante el barullo más de una vez se suspendió la proyección y se encendieron las luces. Después de las risas y consabidos cachondeos, por fin continuaba la película. Todos los días se daban de baja por los menos una docena de sillas…
Con todo y con eso, los clientes antes de elegir la silla primero la “machacaban” contra el suelo, a fin de que se soltaran todos los bichos posibles. Muchas veces, cuando se procedía a esta operación hasta protestaban los grillos que también andaban por allí. Cuando sonaban los tres toques de timbre y se apagaban las luces, las chinches “guardaban” un tiempo de paz, para que acomodaras bien tus posaderas. Pero una vez que la película cogía tensión y estabas participando de su emoción entraban en situación.
Había otro cine en Córdoba, que se llamaba Cine Ordóñez, que tenía un cartelero anunciador muy especial, apodado “El Platanero”. Era un simpático personaje de la calle de María Auxiliadora, de nombre Antonio, y vecino de “Lola la Pecosa” y de “Bimbela el Sastre”. “El Platanín”, como así le llamaban en su casa, era el encargado de pasear como hombre-sándwich para anunciar las películas, pregonando más o menos: “PUEBLO DE CORDOBA, ACUDID SIN DUDAR AL CINE ORDÓÑEZ, PUES ADEMÁS DE LAS MEJORES PELÍCULAS OS GARANTIZA SILLAS LIMPIAS Y SIN CHINCHES”. Estas palabras las decía en voz alta a través de una especie de embudo que hacía de altavoz. Al final del recorrido, a la caída de la tarde, ya estaba “colocado” y sin control de lo que decía, así que anunciaba totalmente confundido “sillas con chinches”. Pasados los años, cansado de todo este trajín, se colocó de sepulturero en el Cementerio de la Salud, y como tenía cierta alma de emprendedor, empezó a cultivar “caracoles gordos” que se encontraba por el tajo.
En el cine Córdoba Cinema pusieron unas sillas metálicas que solían ponerlas delante del telón. Eran las preferidas de muchas damas que no querían que sus posaderas pasaran por aquellas mortificaciones. Por todo ello, este cine era de los más aventajados, pues además era de los pocos que había introducido el adelanto “de vender agua de botijo al chorro”, cuando lo habitual era beber en un vaso que había para todos los clientes del cine. Este vaso obviamente se limpiaba con un trapo, al principio de color blanco, luego de color... indefinido.
Estos “problemillas” se olvidaban cuando todos, como posesos, empezábamos a aplaudir la cabalgada del caballo del “bueno”, que en sus persecuciones heroicas corría un poco más que el caballo del “malo”. Al final se consumaba la venganza y todos terminábamos contentos. Atrás quedaban las chinches, las pipas y el agua bebida en un vaso que posiblemente había estado hasta en la feria. Eso sí, el agua por lo menos no era de pozo, sino de grifo a temperatura ambiente.
… Y el caso es que, a pesar de los pesares e incomodidades, al salir de la “Primera” te encontrabas la puerta de entrada atiborrada de gente para entrar a la “Segunda”. Eran otros tiempos, en donde todos los indios, por sistema, eran “malos”. Tuvo que proyectarse la película “Un soldado Azul” para que este equívoco quedara aclarado para el resto del mundo. Para muchos fue una decepción. Esta película, de Ralph Nelson (1970) se desarrolla en unos paisajes idílicos de Méjico. Tuvo una gran banda sonora, y significó un cambio de actitud “universal” del concepto simplista “El Bueno y el Malo” que hasta entonces nos habían inculcado los americanos por medio de sus películas de cine.
LAS CHINCHES EN LAS CASAS
Era frecuente que en aquellas casas de vecinos se hicieran limpiezas de invierno y de verano. Para ello, los vecinos, de acuerdo con la casera, se reservaban el patio los domingos y fin de semana para limpiar allí sus escasos muebles, la cama y el colchón.
Las vecinas sacaban al patio el colchón somier, que en la mayoría de los casos era de madera. Después los sacudían fuerte contra el suelo, para que se desprendieran estos “animalitos” y que los nenes, con gran regocijo, los aplastáramos con nuestras sandalias hasta no dejar ninguno. Hecha esta operación, la vecina que limpiaba echaba ciertos líquidos anti-chinches en todos los rincones vulnerables del colchón.
Al final, la vecina limpiadora cumplía con su obligación de sacar cubos de agua del pozo y quitar cualquier resto de suciedad. Y para rematar la operación echaba por todo el patio un regado final de Zotal. Este líquido de limpieza, de color blanco, producía un intenso olor que se metía hasta en las comidas que se estuvieran hirviendo en la cocina común de todos los vecinos y que daba al patio. También la ropa colocada en los tendederos “asumía” este olor… que no lo perdía en varios días. Pero aquel olor era como un exponente de limpieza, y por ello a nadie parecía molestarle. Era un olor más que se confundía con el famoso ZZ, que muchos llevábamos por aquellos tiempos incorporados a nuestras cabezas. (En los cines, aquella persona que “llevara” ZZ en su cabeza se notaba por el “redondel” de aislamiento que se hacía en su entorno).
SABOR A CHINCHES
Estábamos en el Córdoba Cinema, viendo la película de ANA, con la singular Silvana Mangano después de haber dejado los hábitos bailando el BAYÓN DE ANA. En un momento de descanso, nos acercamos al ambigú que estaba regentado por la familia de un pelirrojo casi jaro. Allí estaba siendo interpelado por un grupo de “niños bien”, entre los que estaba, según quiero recordar, Alfonsito Gómez. Éstos protestaban porque dos invitadas suyas (uruguayas) habían sido maltratadas por las chinches. El muchacho del ambigú, impresionado por la versatilidad de esta muchachada, llamó al encargado, un hombre bajito con cabeza para un par de sombreros. Después de intercambiar palabras, y entre lamentaciones e incluso risas, ordenó a modo de conciliación que a este grupo de cuatro jóvenes señoritos les facilitaran un Güisqui Dyc.
Fue curioso el trato dado a estos “niños de papá”, porque se quejaron de que a sus “ligues” les habían picado las chinches. En cambio, los del Realejo para abajo nos teníamos que aguantar, y sólo se nos permitía “romper” de vez en cuando una silla como venganza.
Luego, para el colmo, cuando llegábamos al ambigú y veíamos a algún “niño de papá” o platero de turno beberse uno de estos Güisqui Dyc, como nos quedásemos mirándolos mientras nos daban el paquete de pipas o los saladillos que habíamos pedido, nos decía el rubio cabezón que nos despachaba: “Eso que beben esos está muy malo, el Güisqui es una bebida que sabe a “CHINCHES”.
PERSONAJES A LOS QUE NO LES GUSTABAN LAS CHINCHES
En el ameno libro escrito por Alfonso Gómez, “LA CÓRDOBA GOLFA”, se relatan una serie de personajes, lugares y vivencias que nos muestran, bien a las claras, los personajes que en esta Córdoba disfrutaban de la noche en todo su esplendor. Estos noctámbulos, en la mayoría de los casos, se acostaban cuando los ciudadanos a los que les picaban las chinches se levantaban para entrar a trabajar.
Los cordobeses que salen en la Córdoba Golfa, del mencionado amigo Alfonso, sabían lo que era vivir. Lo mismo alternaban en el Camping del Brillante que en el de la Cerca de Lagartijo. Para todos ellos, la vida era la diversión y el pasarlo bien. Había de entre todos estos personajes algunos muy especiales, como un tal García Vives, que al decirle que el güisqui “sabía a chinches” ordenó que todos los días en su mesa reservada de la Segunda apareciera una botella de “Chivas”.
Hace unos días, Rafael “El Gato”, que en su día abandonó las herramientas (era un gran albañil) para alternar con esta gente me comentó que de todos los lugares de la noche, era el local “De los Cuernos” (Hispania Royal) donde te daban el aprobado o no para dedicarte a esta vida. También se daban los burlangas de distintos niveles. Por un lado, estaban los que montaban las partidas de cierto nivel en El Mercantil, en El Circulo, o los miércoles en Casa Castillo (Realejo). Por otra parte, estaban los más pobretones, que se reunían en torno a los dominios del “Maero” (Kiosco de la Ribera). Allí en un local junto a la antigua Iglesia de San Nicolás de la Axerquía, “El Comandante” montaba sus timbas, en las que solían participar de forma destacada muchos camareros una vez que cerraban sus establecimientos.
También había bohemios, como por ejemplo Ricardo Molina Tenor y Juan Bernier, que gustaban saborear las noches de la Ribera en el Kiosco de Pepe Martínez (policía jubilado), por si el gran río les inspiraba un buen soneto. Y un personaje que durante bastante tiempo fue testigo mudo de muchas citas y apretones de manos durante el día fue sin duda “Pablito el de los Piñones”, desde su atalaya de la esquina de la calle de la Plata (junto al Puerto).
A mediados de los años ochenta una buena porción de estos noctámbulos se marchó a las Islas Afortunadas en busca de “nuevo crédito”. Se fueron al “tirón” de algunos empleados del Banco Ibérico que fueron trasladados allí. En Tenerife ya existía una amplia colonia cordobesa, y al llegar, se reagruparon todos en torno al yate Dédalo, que era propiedad de Monerris (antiguo jugador del Córdoba), y que, según todos, estaba montado en dólares. Allí durante unos años, disfrutaron todos lo suyo, seguramente hasta que los “calaron”. A modo de presentación, se organizaron una excursión-crucero en el citado Dédalo, y para hacer algo original se embarcaron todos en la forma en que su misma madre los parió. No fue la vergüenza que pudieron pasar lo que les hizo reaccionar. Fue el comprobar el tamaño ridículo de sus cacareadas vergüenzas lo que determinó que la mayoría se dieran cuenta que su posible “jubilación” estaba a la vuelta de la esquina. Quizás por ello algunos pensaron en trabajar o hacer algo provechoso. Fue tanto el tiempo dedicado a la diversión que, según Rafael “el Gato”, la mayoría tienen una pensión no contributiva… de esas que "huelen a chinches”.
Finalmente, quiero expresar que por haber aguantado las “chinches” y no haber disfrutado del mundo que recrea en su “Córdoba Golfa” el amigo Alfonso Gómez, por haber trabajado tantas horas, colaborando con ello a que entre todos se pudiera costear en este país UNA ABULTADA CLASE POLÍTICA (Rey incluido), pido por favor al Presidente del Gobierno, que si ya no nos puede quitar las picaduras que nos hicieron las dichosas chinches, procure al menos respetarnos los PACTOS DE TOLEDO que son la garantía de las pensiones de los que no hemos hecho otra cosa nada más que trabajar.