miércoles, 2 de octubre de 2013

EL HERRERO DE SAN LORENZO


El Oficio de Herrero está documentado en Córdoba desde la antigüedad, pero remontándonos a la Edad Media, ya existen documentos en donde personajes de origen vasco comerciaban con barcazas, que por el Guadalquivir vendían e intercambiaban el hierro. En aquellos tiempos y en las zonas rurales ya estaba consolidado el oficio de herrero, que se dedicaba a la forja de aperos para el campo, herrajes e incluso algunas herramientas.

El descubrimiento de la herramienta revolucionó radicalmente la existencia de los hombres, que empezaron a contar para su supervivencia y desarrollo, con eficaces medios de utilización, que servían de complemento para los miembros de su cuerpo. Su evolución fue, de forma imparable, pues se pasó de herramientas de simple madera, piedra o hueso, a las de cobre, bronce o hierro, hasta llegar a los complejos útiles de herramientas de la actualidad.

En la Edad Media, en nuestro país, ya estaba muy extendido la obtención y el tratamiento del hierro, gracias entre otras cosas a la abundancia de yacimientos del mineral y a la cercanía de los bosques que hacían posible el uso de la madera como combustible.

En la época medieval y con algunas posibilidades ya de comunicaciones, los herreros que trabajaban en sus fraguas comienzan a especializarse en la fabricación de una seleccionada gama de artículos e utensilios, que al hacerlos de “forma reiterativa” llegaban a todas partes. De ahí nace ya la comercialización, la oferta y la demanda. El desarrollo en el norte de España, fundamentalmente en los valles del Urola y el Deba, da lugar a la aparición de una importante gama de artículos como, herramientas, clavos, herraduras, rejas y toda la gama de armas blancas. Este oficio de herrero se extendió por toda España, y ya en muchos sitios se podían ver UNA FRAGUA, y en torno a ella, a un maestro, dos oficiales y un aprendiz, que alternaba las labores de aprendizaje con las de accionar el fuelle.

En el primer sector en que incidió los trabajos de forja, fueron entre otros los artilugios de las faenas del campo, de ahí su enorme propagación de este oficio por las zonas rurales. Y ya en una etapa próxima al siglo XV, la gama de herramientas se centra en: Porras, mazos, hachas, azadones, arados, azuelas, escoplos, martillos, rejas, rejas de arar, herraduras, clavos, sártenes, tenazas, etc. etc.

Pero ya en siglos posteriores, estos trabajos se fueron centrando también en rejas, balcones, cancelas, antepechos, pasamanos de escalera, y elementos relacionados con nuestras casas, que le daban realce y belleza a sus fachadas. A modo de ejemplo quiero citar aquí la calle principal de Priego de Córdoba, en la que se pueden admirar grandes trabajos de forja, tanto en cancelas, rejas, pasamanos y antepechos, en donde la imaginación y el buen gusto del herrero se han conjugado con el arte y la clase del pueblo.

En España, la zona de influencia catalana desarrolló lo que se llamó la FORJA CATALANA, que con el descubrimiento de América, fue incluso exportada a Hispano-américa. Era básicamente un procedimiento de obtener el hierro a partir de cualquier mineral que lo contuviera, mediante un horno con chorro de aire a presión que le permitía alcanzar altas temperaturas, con lo que se derretía el mineral y se lograba la separación del hierro, (al que se llamaba “la mena”) de las impurezas llamadas “ganga”. También en esta zona de España, se lograron “martillos accionados” que quintuplicaban el esfuerzo del hombre para forjar el hierro. Estos martillos y artilugios, que en un principio fueron “hidráulicos” fueron pioneros de los famosos “martillos pilones”, que tanto simplificaron los trabajos de forja. Igualmente con la introducción de aire canalizado en el hogar de la fragua, se obtenían superiores temperaturas que las que se conseguían con los tradicionales y vetustos fuelles.  

También se conoce como “soldadura por forja” al proceso de soldadura más antiguo que existe en la humanidad. El trabajo consistía, en el calentamiento de las piezas metálicas a unir, en una fragua hasta su estado plástico y posteriormente por medio de golpes o haciendo determinada presión se conseguía la soldadura de estos metales. Aquí en este tipo de soldadura no existe material de aportación, por lo se solía aplicar este procedimiento en piezas de pequeño tamaño y en forma de pletina.

Esta técnica de soldadura ya fue utilizado por las civilizaciones mediterráneas y especialmente los egipcios, desde 1000 años antes de Cristo. En la Edad Media, ya fue bastante común esta técnica en cualquier parte del mundo.

EL OFICIO DE HERRERO EN LA ACTUALIDAD

El oficio de herrero en la actualidad está prácticamente en desaparición y sólo en algunas zonas rurales, todavía arden las fraguas. Efectivamente la fundición de balaustradas y adornos para toda clase de cancelas y cerrajería en general, ha acabado con buena parte de esta profesión. Hoy en día una cancela o reja “machimbrada en forja” son pocas personas las que son capaces de hacerla, y es que este tipo de trabajos ya no hay dineros para pagarlos. Todo el mundo se conforma con la “pletina perforada”, la balaustrada y las macollas de fundición. O incluso todavía peor, hierros “emparchados”. En los años 1970 -1980 y parte de los noventa del pasado siglo, coincidí yo con dos hermanos llamados Antonio y Florencio Ruz Castillero, de Montalbán, pero que llevaban muchos años trabajando en Córdoba, y esos aún eran unos grandes profesionales de la fragua, de la que eran unos artistas. Vaya aquí el recuerdo para estos dos grandes profesionales y uno de los últimos trabajos que hicieron en Córdoba, fue el cerramiento del Campo de Golf de los Villares de Córdoba, a base de balaustrada formando lanzas, que ellos hicieron todo a golpe de martillo. Estas dos buenas personas y excelentes profesionales, trabajaron desde los 14 años y se han jubilado a los 65 después de trabajar a una media de 10 a 12 horas diarias, y no os digo la pensión que con toda seguridad le habrá quedado pues ni siquiera llegará a los mil euros. Mientras, los “políticos y los liberados” incluso de tercera fila, sin quizás haber pegado un “palo al agua”, les quedará por lo menos el triple que a ellos.


EL HERRERO DE LA TORRE MALMUERTA

En la Calle Roelas nº 12, vivió un herrero que según él, era de los “antiguos”, yo no le vi mucho en su habitual trabajo, pero si conocí por vecindad algunas de sus costumbres. Se llamaba Mariano Paéz, y tenía el taller en la Torre de la Malmuerta, en donde hoy está la Farmacia. Era cojo de la pierna derecha y era gran aficionado al vino y al cante jondo. Los que le conocieron decían de él, que entre mal genio y las broncas que echaba a los nenes que le daban al fuelle, era un gran profesional. De costumbres muy tradicionales, siempre que se iba a casa de cualquier familiar echaba de menos su silla de anea, y era la razón por la que apenas iba a casa de ningún pariente.

En su última etapa tuvo un socio, que luego continuaría con su hijo que se llamó José Urbano, un gran profesional que vivía en la “casa grande” de Santa Inés, éste hombre era el padre de José María Urbano Milla, un joven que destacaba por aquellos tiempos en el fútbol juvenil; su hijo es el que regenta el puesto de arropías que hay en San Cayetano y que en su día fue del amigo Peña. Más tarde José Urbano se disgustó profesionalmente con Mariano hijo, y se fue a trabajar a la Herrería de enfrente, que estaba en la misma acera que la fábrica de caramelos Kivi y la regentaba un tal Lozano.

Curiosamente cuando el local de la herrería se convirtió en Farmacia, uno de los primeros “mancebos” que tuvo dicha Farmacia, fue el yerno del antiguo y famoso herrero Perfecto Sillero, que se llamaba Bernardo Moreno Badajoz. La última vez que le ví poco antes de jubilarse, me recordó a los compañeros que estuvimos en el CIR nº 5 (Cerro Muriano 1965-1966), en la primera Chabola, de la primera compañía y del primer batallón, cuyo Comandante se llamaba Navarro Mancebo, el Capitán de la compañía, se llamaba Ordiales y el Teniente de la sección, se llamaba Villalonga, (Este último oficial, era hijo del Comandante Lucena, que fue Jefe de los Municipales en Córdoba). Luego me recordó a los demás compañeros que compartimos aquella Chabola que fueron: Martinez, Mendieta, Mendoza, González, Membrivez, Mujica, Martos, Thous, Estévez, Márquez y Maroco era el nombre del cabo veterano e incluso también se acordó de la vela que nos alumbraba que nos la vendió Luis Molero, el que hasta hace poco ha sido sacristán de San Andrés que estaba de encargado en la cantina. Por cierto que el tal Marquez, que era de un pueblo de la sierra (el hijo del galeno), aún recordaba que le dejó a deber “cuarenta duros” de aquella época, al bueno de Bernardo.

Siguiendo con el herrero Mariano, tenemos que decir que tenía una buena costumbre según él y era que todos los días se atuzaba el pelo y se peinaba en la pileta del agua “carbonillada” de la fragua, así decía él, que jamás se le caería el pelo y tampoco tendría  piojos. Para él todo esto era mejor que “El agua rosa” que las madres les untaban a sus hijos. Otra ventaja que le daba la “negrura” del agua de la fragua, era que al restregarse los dientes con ella, siempre los tenía blancos, de forma que no necesitaba para nada, aquella pasta “anticariol”, que era tan popular en Córdoba, y que se fabricaba en los recordados Laboratorios cordobeses de La MEDICAL, en plena Calle San Fernando.

A la herrería fui más de una vez para llevarle la comida al “cojo Mariano”. La producción que se veía bastantes arreglos de aperos de labranza y muchas herraduras para la tiendas de herrajes, y como no, para el veterinario García Escribano, que estaba en el mismo Campo de la Merced, cerca de los Piensos Añón y cerca también de los Materiales de Construcción  Olmo, que eran propiedad de la familia del Padre Ricardo, fraile capuchino muy significativo en la Semana Santa de Córdoba.

El que iba a recoger muchas veces las herraduras, era uno al que llamaban el “Comanche”, que era nativo del Perú y tenía una buena cabeza poblada de pelo. A este respecto, recuerdo que un día en la Universidad Laboral, el padre Larrañeta, explicándonos el mundo de las misiones en Hispano-América, nos aseguró que ningún indio nativo de aquella región, tenía problemas de calvicie, solamente lo que no tenían los indios era bigote. El que tenía bigote era motivo de mestizaje y sospecha de infidelidad en la familia. 

Mariano “El cojo” daba mucha importancia a la mata de pelo como la llamaba él. Murió un día lluvioso del mes de Marzo de 1951, y lo hizo de la forma que a él le gustaba mencionar a veces en público:

 “Quiero morirme con un vaso de vino en la mano”. Y esto le pasó una noche del mes de marzo de 1951, mientras se tomaba un medio de vino en San Agsutin en la Taberna de Casa Ramón “El pellejero”, en compañía de Juanito “Cuello lata” y el simpático “Añiles”, dependiente de Padilla Hermanos.

En el año 1950, lo metieron en la Prisión Provincial, al ser sorprendido por la calle Zarco con dos copas de más y una escopeta marca “Katana” al hombro, escopeta, que le había dejado un cliente para su arreglo, y que una vez arreglada, iba a entregársela en Casa el Pancho. El cliente era un tal Vioque, cazador furtivo, ya que la escopeta no tenía ningunos papeles en regla.  Al parecer todo fue muy rápido según la versión que se oyó por el vecindario, y es que una pareja de la guardia civil que salía del Bar Casa Aroca, en la Beatilla, se tropezó con él y al verlo con algunos “harapos fuera” y la escopeta agarrada por el cañón sobre el hombro,  lo llevaron al cuartelillo de la Magdalena.

El comandante de puesto “El colorao” como le llamaban al cabo Mauleón, le hizo las preguntas justas y al estimar que estaba un tanto “colocado” fue lo que determinó que lo llevaran a la Prisión Provincial; ni que el gordo Leopoldo que estaba en Casa Baltasar y que habló en su favor, sirvió para convencer al cabo. En la cárcel coincidió con otro “cliente” del barrio, un tal Enrique López, que había hecho estafa con facturas falsas.

Aquello de la prisión se cundió por todo el barrio como un reguero de pólvora. Precisamente en la Semana Santa de aquél año, y mientras veíamos pasar las procesiones por nuestra “Carrera Oficial Chica”, (Santa María de Gracia-San Pablo), nos llamó la atención un penitente que iba detrás del Cristo del Calvario, arrastrando con sus pies unas enormes cadenas, posiblemente las más gruesas que jamás se vieron en una Semana Santa, y que al llevar la cabeza tapada, no pudimos ver quien las portaba, pero luego se enteró todo el barrio, que el penitente era Rafael Páez, el célebre “Caracoles” hijo de Mariano Páez, que había hecho una penitencia si su padre abandonaba pronto la cárcel. Cosa que ocurrió por la intervención de D. José Serrano Aguilera, párroco de San Lorenzo, que intercedió por él. Las enormes cadenas que eran las que utilizaban los autobuses para ser remolcados (él trabajaba en la empresa de Autobuses San Rafael, propiedad de Mifsut).

En esta Herrería estuvo de aprendiz, Luis Chofles, que con el tiempo demostraría, ser mejor cantaor flamenco que herrero, profesión que abandonó para finalmente trabajar para Manuel Benitez “El Cordobés”, en su empresa inicial de FIRGA. Un grupo de amigos de Luis Chofles,  conociendo la debilidad que tenía de no saber apenas leer, consiguieron “sustituirlo” en el examen teórico para sacarse el carnet de conducir.

Luego llegaría de aprendiz Manuel Sánchez “El Iyi” que estuvo dándole al fuelle poco tiempo, pues pronto se colocó en el bar Caballano de la Calle San Alvaro, bar que por cierto, y en su misma puerta, ocurrió por aquellos tiempos (años cincuenta del pasado siglo), un grave altercado entre Pepín Moreno Corpas y un hijo del general D. Antonio Castejón, siendo el hijo del general, deportado de Córdoba por aquel incidente.

No cabe duda de que el enfrentamiento en la puerta del citado Bar, no se pareció para nada a esos duelos de honor para los que había en Córdoba, ya desde 1481 escuelas y profesores de esgrima, según documentos del archivo de la Calle Pompeyos.

Hablando de militares y de la Mili, el bueno de Manolo Sánchez “El Iyi” quedó muy contento cuando se enteró que se quedaba en Córdoba, en el cercano cuartel de Lepanto, para hacer el servicio militar. Pero su gran disgusto le llegaría poco tiempo después, cuando un día de enero de 1958, lo movilizaron para la guerra relámpago de Sidi Ifni. Fueron varias compañías las que salieron del cuartel de Lepanto y camino de la estación de embarque por ferrocarril, pasaron por San Lorenzo desfilando con solemnidad al toque de la banda, lo que causó una sensación de preocupación en todo el barrio de San Lorenzo, pues en aquellas compañías iban por lo menos 10 jóvenes del barrio.

Posteriormente nos enteramos por los periódicos de los legionarios que cayeron en aquella “guerra olvidada”, que enfrentó a España con “partidas” de marroquíes partidarios del futuro rey Hasan II, que ya pretendían apoderarse del norte de los territorios españoles del Sahara, buscando, descaradamente el control de los yacimientos de Fosfatos de Bucra, que fueron descubiertos y potenciados económicamente por España desde el año 1947. Igualmente buscaban dominar, como lo hicieron, el importante Banco de Pesca de esa zona del litoral Africano.

Los marroquíes en todo momento se sintieron apoyados por el ejército americano. Para más inri, los yanquis “prohibieron” al ejército español utilizar el armamento que ellos le habían entregado por los acuerdos llamados AYAN. El primer día de esta “sorpresíva” guerra costó la vida de 48 legionarios, siendo 198 soldados el número total de  españoles fallecidos  por la Patria.  Afortunadamente se firmó una paz

EL APÓSTOL SANTIAGO Y EL VINO DE “PESETA”

En la taberna de la Sociedad de Plateros al principio del siglo XXI, y al mediodía coincidían un grupo de amigos en torno a la barra y alrededor de un medio de “peseta”. Eran buenos contertulios, Agustín Jurado Benitez, antiguo encargado de Zafra Polo, que también era un dechado en conocimientos y afición taurina. Otro era Rafael Bonilla Vilela, de profesión veterinario y un gran entendido y aficionado en temas lógicos de ganaderías y caballos. Otro gran animador de las tertulias era Benito Martinez, un archivo viviente en temas de cinematografía.

Se habló de cine y de la película Ben Hur, y dijo Benito que la escena de la carrera de cuádrigas, tan impresionante, tardó tres meses en rodarse, y que además fue rodada por un ayudante de dirección que no fue Willian Wiler quien la rodó. Esta película añadió Benito, es de tal categoría, pues le concedieron ONCE OSCAR, que además es una de las pocas películas que se encuentra desde el 2004, en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Rafael Bonilla Vilela, gran experto y enamorado de los caballos, comentó que los caballos que representan en la película a Aldebarán, Antares, Rigel y Altair, eran unos ejemplares sensacionales de la raza árabe pura, con una característica muy peculiar en los caballos del mediterráneo, que son caballos sin herrar. Efectivamente la belleza, la longevidad y fortaleza del caballo árabe, residió históricamente en que nunca se herraron. Además, para terminar este comentario, dijo: “Si el caballo hubiera necesitado ser herrado, lo hubiera hecho Dios con herraduras”.

Y para corroborar su información sobre los caballos nos aclaró: “Que en Córdoba existe información bien documentada de que más allá del Puente, o lo que es igual en el actual Campo de la Verdad se celebraban carreras de caballos al poco de ser conquistada Córdoba en el año 1283. Según consta en el Manuscrito 125, folio 96 rv, del Archivo de la Catedral.

El bueno de Agustín Jurado, no quería ser menos y sacó en discusión la visita del Obispo Cirarda, a la Taberna de la Sociedad de Plateros. Y empezó diciendo:

“Monseñor Cirarda realizó en el año 1975, y acompañado del Vicario General D. Valeriano Orden Palomino, una visita a las Peñas que existían entonces en esta taberna de la Sociedad de Plateros, a recordar: La Peña Excursionista Cordobesa, Los Romeros de la Paz, La Peña de Palomos Deportivos, Los Bohemios, La Peña el Relente, etc. etc. (Hoy por cierto no hay ninguna Peña, ya que los taberneros las pusieron a todas en la calle). En esa visita el Obispo y en el rato que estuvo en el local con los  excursionistas, se sentó junto a Miguel Alonso, Antonio Martinez y  Manolín Aranda,  el Obispo, con el catavinos en la mano explicó”:

“El padre Jesuita Miguel Jose Maceda, en su libro ACTAS SINCERAS, (1798), y en el último capitulo, da argumentos históricos suficientes para demostrar que el Apóstol Santiago estuvo en España, y no cabe duda si eso es verdad, que cuando dice el apóstol “Y probé un buen vino al pasar por  Hispania”, se tenía que referir no cabe duda a este vino de peseta que me habéis dado a probar.  Entonces el bueno de Miguel Alonso, le preguntó al Obispo, por el buey que se “ringó” al trasladar la columnas de la Mezquita, a lo que el Sr. Obispo le contestó: “Yo de eso, y de la historia de Córdoba, se bien poco, porque soy del norte, pero si te puedo decir que el Buey que hay debajo de uno de los púlpitos de la Catedral, está allí porque es el símbolo del evangelista San Lucas.

Y refiriéndose a estos comentarios ocurridos en el año 1975, el año en que el príncipe Juan Carlos, visitó  Córdoba, (por cierto con gran disgusto del alcalde  Alarcón Constant, pués el río Guadalquivir olía lo suyo, debido a la sequía que padecíamos), el amigo Agustín Jurado Benitez, dijo con simpática autoridad:

“Eso del buey es un cuento chino que nos contaban a todos nosotros de pequeños y que al no estar preparados en temas de evangelios, íbamos a la Catedral y observábamos al buey medio “ringado” y se acrecentaba nuestra confusión. El único transporte que está documentado en la Mezquita Catedral de Córdoba, es el traslado de la FUENTE CENTRAL DEL PATIO DE LOS NARANJOS, que fue transportada en el año 968 aprovechando “rulos de madera” tirados por 3 parejas de mulos. Después de decir esto, el amigo Agustín, bebió un trago de vino y se quedó tan tranquilo. 


PEPIN MORENO CORPAS Y LOS ESTUDIANTES DE VETERINARIA

Era el 22 de Marzo de 1964, y todavía se comentaba por todos sitios el accidente de un avión DC-3, que había tenido lugar el martes anterior en el pueblo de “La Esperanza”, muy cerca del aeropuerto de los Rodeos en Tenerife, y que le costó la muerte a los cuatro tripulantes y hubo una veintena de heridos entre ellos el ministro de trabajo Romeo Gorria y su equipo de colaboradores.

Pues bien ese domingo, Antonio Camargo y yo, tuvimos necesidad de ir a trabajar a Cenemesa, en el horario de 6 a 14. El vivía en la Calle Almanzor y yo le esperaba en el recordado  “Bar Playa”, para que me recogiera con su VESPA color verde claro. Y digo “recordado” porque ese “Bar Playa”, junto a la estatua de Julio Romero de Torres, fue desde la inauguración de la UNIVERSIDAD LABORAL, parada origen para los alumnos de aquella primera promoción de laborales. Allí se montaba Bravo Antibon, Arjona Vazquez, Sepulveda Mora, Camacho Muñoz, Pineda Medel, Luque Aranda, Mariano del Aguila, Jiménez Alcantarilla, Benito Ordoñez, Antonio Marquez, Antonio Salcedo, etc. etc.

Me recogió como he dicho en el “Bar Playa”, y nos paramos en el Quiosco de San Rafael, que era propiedad de la confitería San Rafael y estaba junto a la pérgola. Al frente del negocio estaba Rafael Mirita, que era pariente de los confiteros “Mirita”, de la Calle Concepción.

Eran la cinco y media de la mañana y mi amigo Camargo y yo entramos en el Quiosco San Rafael, al entrar, observamos a un grupo de estudiantes de veterinaria a la derecha, que daba la impresión de que estaban un tanto “colocados” posiblemente de estar toda la noche de fiesta. Hacía el lado izquierdo vimos a dos personas no muy mayores, que también tenían semblante de haber dormido poco.

Nosotros llegamos y a un tal Rafael que era el que atendía la barra, le pedimos dos cafés con leche. Casi al mismo tiempo uno de los estudiantes de veterinaria, con voz con timbre hispano dijo:

 “Amigo pon aquí tres copas de coñac, pero sin apenas terminar de hablar dijo con voz más potente, que sean dos copas más para estos señores que acaban de llegar”.

Después de darle las gracias, mi compañero Camargo, éste de forma correcta le contestó al joven estudiante:

 “Perdone usted, se lo agradecemos, pero nosotros vamos para trabajar y no podemos tomar alcohol”.  

Como si de un insulto se tratara, otro de los estudiantes contestó: “Ustedes se toman esa copa y se van a trabajar pues a mi amigo Carlos, no se le rechaza una invitación”.

Nosotros nos quedamos un poco confundidos y sin saber que hacer, pudimos observar que el camarero se callaba y no decía nada para arreglar aquella situación.

Estando en esa situación que nos pareció muy tensa, surgió uno de los dos que estaban en la parte de la izquierda y acercándose a nosotros, dijo con voz potente:

“A estos dos muchachos que van a trabajar hay que respetarlos y más todavía todos nosotros que somos unos holgazanes y que hemos estado toda la noche de fiesta”.

Aquellas palabras, aunque vinieron en defensa de nosotros, hicieron subir aún más la tensión, pues el más pelirrojo de los tres estudiantes de veterinaria, avanzó hacía nosotros en plan amenazante. Fue tan rápido lo que allí pasó, que incluso nos marchamos sin pagar, pues el hombretón de la izquierda se lió a pegar “sopapos” a los tres estudiantes, de tal forma que salieron todos poco menos que corriendo, dejando atrás incluso, un especie de cazadora. Luego nos enteramos que el que salió en defensa nuestra fue el conocido Pepin Moreno Corpas, novillero y novio de la famosa bailaora la Tomata, que desgraciadamente moriría un mes después en la noche del 11 de Abril en un tremendo accidente de coche, cuando acompañado de su novia, circulaban por la Avenida de Obispo Pérez Muñoz, chocando con una farola en dirección para la Fuensantilla, a la misma altura de unos terrenos que tenía allí el Cordobés con el nombre de FIRGA.

Pepin Moreno, a decir de muchos que le conocieron y le trataron fue un hombre de una tremenda bondad para todo el mundo, menos para él, ya que por su situación familiar podía haberse labrado un gran porvenir en esta vida, pero él optó por vivir una vida, sin red de protección. La noche fue testigo inseparable de sus felicidades y desencantos. Todo el mundo coincide en reconocer que siempre supo entregarse por los demás, con especial atención a los más débiles. En cualquier disputa, o pelea, no le importaba que le superaran sus contendientes, allí estaba él para darlo todo. No era malo, aunque algunas veces sus formas de actuar eran algo “egocéntricas”. Quizás por ello también se enfrentó con la Iglesia, en la persona del Cura D. Juan Jurado Ruiz, y quizás por ello, después de su muerte no tuvo funerales eclesiásticos, por lo que fue enterrado en el llamado cementerio de los “protestantes”. Allí estaba con los agnósticos, con los que se consideraban ateos y los que se suicidaban. Esto disgustó mucho a la familia, que en Julio de 1968, consiguió sacarlo de allí y pasar sus restos al panteón familiar. Todavía recuerdo que cuando llegaba la Fiesta de los Santos, la bovedilla de José Moreno Corpas, que estaba junto a la del industrial Benito Lozano, era un desfile continuado de personas en su mayoría jóvenes, que querían conocer al que fue el gran amor de La Tomata, excelsa bailaora de la Plazuela de los Gitanos.


EL “OTRO” HERRERO DE SAN LORENZO

Mucho se ha escrito sobre los incidentes de aquel 17 de marzo de 1473 (Jueves Santo), en que según parece los cristianos se rebelaron contra los conversos por unos incidentes que ocurrieron al paso de la procesión de la Hermandad de La Caridad en aquella Semana Santa. Al parecer, desde una ventana donde vivían conversos, dejaron caer un liquido mal oliente encima de una de las imágenes que se procesionaban y parece ser que aquello fue el detonante de todo, y se produjo una “rebelión dura” contra los intereses de los judíos y conversos, en donde se mataron a personas y se incendiaron muchas casas. Al frente de aquello, los que han estudiado estos incidentes sitúan al herrero de San Lorenzo,  Alonso Rodríguez, que pagó con su vida, al ser atravesado con una espada por D. Alonso de Aguilar, que había acudido  para sofocar los disturbios y en apoyo de los judíos y conversos.

La Iglesia a posteriori, quiso significar este hecho y levantó una Cruz en recuerdo de los cristianos que murieron en esta refriega. A mi me contó mi madre que la actual Cruz del Rastro, fue realizada a principios de los años treinta, en unos talleres de Álvarez Salas, cuyo taller, estaba en la Ribera, junto a los ebanistas Hermanos Fuentes y Muebles Martinez. El trabajo fue obra de los Cuevas, dos primos que trabajaban en  Álvarez Salas, uno hizo los despieces en “boca de fragua” y otro la armó y la montó.

Testigos de aquello fueron Enrique, el hombre que atendía la gasolinera de manubrio, que allí había, propiedad de José álvarez Salas, y los dueños de la Taberna Casa el Gallego, que estaba en la misma esquina antes de llegar a Rufino. Estos gallegos, dueños de la taberna al parecer eran dos hermanos, que no tenían ningún parentesco con los demás gallegos taberneros que había en Córdoba. Eran distintos y lo demostraron cuando un hermano acabó violentamente con el otro.

Los de Santa María de Gracia, se llamaban Iglesias, y ocupaban la taberna que se llamaba “Huevos fritos”, Los de la Calle Alfonso XII, Regina y La Calle Montero, todos tenían parentesco con Manuel Seoane, que vino a Córdoba a principios del siglo XX, y se colocó de “farolero” (apagar y encender) los faroles del gas, de la Compañía Mengemor.

Y siguiendo con nuestro herrero, tenemos que decir que fueron tan graves los incidentes que tuvieron lugar en aquellos tres días de 1473 en Córdoba, que el poeta y cantor cordobés Antón de Montoro, llega en un momento de su relato a indicar: “En aquellos días de represión contra los cristianos, era importante ser judío o converso”.

No tiene que resultar extraño que la nobleza de Córdoba, en aquella ocasión estuviera de parte de los judíos y los conversos, pues aparte de que fueron los cristianos los que empezaron a quemar casas y a matar personas, ellos, los nobles, dependían mucho de sus “financieros” e intentaron sofocar esta situación a costa de tener incluso que refugiarse con sus gentes en el Alcázar de los cristianos ya que llegaron a temer incluso por sus vidas.

Reconociendo el gran valor de la comunidad judía en general, sus valores democráticos y sus celebridades intelectuales y científicas, no en balde desde 1910, en que Adolpb Von Baeyer, obtuvo el primer Premio Nóbel, hasta el último conseguido en el año 2000, por Alan J. Heeger, son 129 los premios Nóbel que se ha llevado esta comunidad mundial. Pero eso no quita, que los judíos de forma tradicional hayan llevado en la sangre el sentido financiero y negocio del dinero. Ellos mejor que nadie han sabido ejercer su derecho a la “usura”, prohibida por otra parte y en aquellos tiempos de la Edad Media a los cristianos. Incluso a los judíos conversos, sino la “usura” se les permitía cobrar por el dinero que prestaban una especie de “arriendo”. De una forma u otra, y teniendo en cuenta que habría leyes que regulaban estas relaciones de prestamos e intereses, siempre habrá y como ahora entidades y personas que cometerían algún que otro abuso. De hecho hay abundante documentación en el Archivo de Protocolos de Córdoba (Calle Pompeyos), que demuestran que se cometían abusos descarados en el cobro de intereses que muchas veces llegaban incluso al 80% anual.

Y no es de extrañar esas situaciones pues en el siglo XX, había bancos que por unas razones y otras llegaban a intereses de auténtico escándalo.

La nobleza protegió en la revuelta a los judíos y conversos, porque eran los que le financiaban sus impuestos, igualmente le ocurría a otras Instituciones incluso a la misma Iglesia. Todos al llegar el periodo impositivo, recibían de manos de los judíos o conversos, el importe de todos sus impuestos a cobrar y eran obligación de los prestamistas el encargo de cobrar a todos los que tenían que pagar.

Se dice que “quemaban las casas y sus enseres” y esto responde a la idea de los cristianos que estaban entrampados de “quemar” o hacer desaparecer todas las cartas o recibos de débito que pudiera haber en casa de los prestamistas.

Hay que significar el papel del “Herrero de San Lorenzo”, encabezando aquella revuelta a manifestación, pues su oficio le hacía ser un pequeño empresario y padecería como ahora todos los problemas y dificultades que les ocasionan los bancos insaciables de quererlo todo. No creemos que fueran sentimientos de tipo religioso los que le movieran a su actitud que le llevó a la muerte. Hay autores que cuentan como una vez que se llevaron al herrero para la Iglesia de San Lorenzo y celebrarle su funeral, pudieron observar como se movió o lo que otros dicen “resucitó”. Unos lo achacan a que un perrillo fiel que tenía había quedado debajo de él y se movió, quizás lógicamente fuera aquello, pero lo que también es cierto es que un notario de Granada, en su certificado testimonial de el acto del entierro, dice textualmente: ”Yo vi como se movió a los tres días de muerto y doy fe”.

Sobre el tema de la habilidad de los judíos y los conversos para “manejar los dineros”, tenemos aquí la opinión del Catedrático de Historia Medieval D. Julio González González (1915-1991), que fue premiado por su obra Fernando III el Santo, por la que se le concedió en 1987, el Premio Nacional de Historia. Este hombre era sumamente discreto y nunca le apeteció entrar a formar parte de la Real Academia de la Historia, porque nunca le gustó lo dimes y dirétes que entre bastidores ocurrían en el seno de la Universidad. Por ello quizás tengan importancia las palabras que pronunció en varias conferencias sobre los judíos en España. Su comentario fue: “Los judíos fueron los únicos que supieron ver la importancia real del dinero en la Edad Media”.


8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parece que hay dos imprecisiones. Son muchas las cosas que se dicen que desconocía, pero que forman parte de la Historia de Córdoba.
Una de ellas es la cojera de Mariano. No es que fuera más o menos cojo, es que le faltaba una pierna como al cojo de Calanda.
Otra de ellas es que se impute a D Juan Jurado el que Pepín Moreno no fuera enterrado en su día en terreno sagrado. El responsable de aquello fue el párroco de la Compañía, que con fidelidad a la Iglesia consideró que el finado no había muerto de una forma coherente con los mandatos de la Iglesia. Aquello molestó mucho al padre del finado que era conocido como "Moreno el de los muertos",y que por su profesión sabía que estaban enterrados en terreno sagrado algunos suicidas a los que les correspondía la zona llamada de los protestantes, y consideraba una discriminación lo que se hacía con su hijo.
Saludos cordiales.

Manuel Estévez dijo...

Amigo Anónimo:

Me debe permitir usted que al menos conociera bien a mi vecino Mariano Páez, pues su vivienda estaba enfrente de la mía y solamente nos separaba el pozo, que solía haber en cada casa de vecinos.

En ningún momento he dicho yo, que fuera D. Juan Jurado, el que le negara el enterramiento, lo que si he dicho es que hay testigos de que tuvo algún incidente con el párroco de la Compañía, que en aquella ocasión era el citado cura.

No sé de quien dependía el que lo enterraran en un lado u otro, lo que si parece ser es que no tuvo entierro por la Iglesia.

Se han contado muchas historias a raíz de la boda de una hermana, se ha dicho que incluso le pegó una bofetada al cura, se ha dicho que entró en plena iglesia con el tiro de caballos del coche funerario. Muchas cosas, pero que yo no puedo en ningún momento asegurar.


Saludos





Anónimo dijo...

Amigo Estévez:
Cuando ocurrió el accidente y el entierro, el párroco de la Compañía era D Joaquin Canalejo Cantero, hermano del famoso alcalde de Belmez, y no D Juan Jurado.
Las leyendas urbanas del coche de caballos son eso leyendas urbanas, y de acuerdo con la estructura de la entrada de la iglesia es bastante dificil entrar con un coche de caballos.
En el Pilar hay una calle que se llama el Milagro de Calanda, que consistió en que un mendigo al que le faltaba una pierna apareció un buen día con su pierna. Me parece que a Mariano el herrero de la Malmuerta le faltaba una pierna.
Saludos

Manuel Estévez dijo...

Amigo San Martín:


Me consta que eres un excelente autor de novelas próximas, es decir que los personajes muchas veces son comunes a los que todos los días nos rodean, pero en esta ocasión hay dos intérpretes que se te escapan.

Con todo el respeto a los Melocotones de Calanda, Mariano "El cojo" tenía su pata mala, aunque eso si "coja" . Todavía le recuerdo cuando llegaba a mi casa a buen "nivel" y se liaba a bastonazos con las columnas de las galerías.

En cuanto si don Juan Jurado o Joaquín Canalejo, tengo que decirte, que incluso en el diario CÓRDOBA, viene del incidente por motivo de la boda de una hermana de Pepin Moreno. Luego ya más tarde efectivamente el
párroco de la Compañía fue el hermano del celebre alcalde de Belmez, pero no debes de olvidar que D. Juan Jurado Ruiz, era el Vicario General de la Diócesis, y a lo mejor todavía se acordaba del incidente.

Amigo San Martín, quizás se me ha olvidado al mencionar a Piensos Añçon, a García Escribano, o los materiales de construcción Olmo, que casi en esa misma acera y cerca de las escalerillas que se comunican con la calle Adarve, vivías tú.


Saludos amigo



Rafael San Martín dijo...

A Mariano el herrero lo recuerdo yo como a los piratas del Caribe.
Calanda es famosa por los melocotones, por los tambores, y por ser la patria chica de Buñuel, el cual a pesar de los pesares nunca puso en duda el famoso milagro.
La herrería que estaba enfrente de la de Mariano era la de Lozano.
Te he dado datos, no opiniones.
Saludos cordiales.

Manuel Estévez dijo...

Amigo San Martín:


En cuanto a lo que has dado datos tengo que decirte, que algún chips te ha debido fallar pues al cojo, lo vi incluso en la caja de muerto.

Y en cuanto a lo que me dices de "Calanda", yo quizás no tenga el nivel cultural tuyo y solamente lo conozca por los "Melocotones". Nadie te discute tus datos, es que tú te empeñas en discutir realidades, pues te puedo asegurar que ese hombre fue "amortajado" entre otras cosas con un pantalón de un vecino que se llamaba Gabriel González, más datos, no te puedo dar.

Lo siento tenías que haber vivido en la Calle Roelas nº 12, y haber visto la mala obra que están haciendo en su restauración.

Saludos amigo










Anónimo dijo...

Efectivamente algún chips me falla, pero mis recuerdos son los de Mariano el herrero andando por la calle Adarve de una forma análoga al de un pirata del Caribe con su pata de palo.
Para el resto de los chips creo que te he dado datos exactos.
Procuro no dar opiniones sobre las personas, en el caso que cuentas del finado, te diré que en Málaga su madre tenía también una funeraria.
Saludos cordiales.

Manuel Estévez dijo...

Amigo San Martín:


Cualquier nombre que aparece en esta entrada, por mucho que parezca, he procurado comprobarlo con personas que lo vivieron junto a mi.

El incidente del "Quiosco San Rafael", me he puesto al habla con Antonio Camargo Bello, que vive en Plaza de la Fuensanta nº 2, por si tenía que corregir algo.

En el tema de los "Gallegos", me he puesto al habla con Manolo Seoane, que estuvo en la taberna de Alfonso XII, y también trabajó en el Chalet de Miranda, de nuestra fábrica, en aquel proyecto inicial de Sistemas.

Y en lo de Pepin Moreno con el cura, mi amigo Juan Galán, que vive en Plaza de Colón, en la acera de la antigua Magistratura (donde se puso Paco Cerezo por últimas).Este hombre tiene la sana costumbre todos
los días de meterse en la Biblioteca de la Diputación (abajo), a leerse todos los periódicos Córdoba de aquella época.

Comentando este asunto con él, el fue el que me convenció con papeles por delante.

Este hombre, Juan Galán fue el que detectó que de forma errónea habían puesto al tal Serroche (Barbero de la Calle San Pablo), entre los muertos en el Muro de la Memoria de la guerra civil, que Rosa Aguilar, ha puesto en el cementerio de San Rafael.

De todas formas San Martín, eres un fenómeno y te lo agradezco.

Saludos