jueves, 21 de noviembre de 2013

EL ASCENSOR Y LA HISTORIA

La primera referencia de un elevador aparece en las obras del arquitecto Vitruvio, que ya decía que Arquímedes, (287 aC. -212 aC,) había construido un elevador en 236 aC. Los ascensores en épocas posteriores son mencionados como cabinas sostenidas por sogas de cáñamo y accionadas manualmente o por animales. Ya en la antigüedad y en el Monasterio de Sinai, ya existían este tipo de elevadores.
En la España Islámica y en el “libro de los Secretos” de finales del siglo X, se menciona ya un dispositivo de elevación, para los grandes pesos. Pero son los franceses y los ingleses, los que a la hora de equipar algunos palacios, ya tienen sus elevadores.
En la Edad Media, se prodigaba el mecanismo de la grúa. La transmisión metálica, a través de cremallera dentada o tornillo, fue un salto importante  en la técnica de los elevadores. El primer ascensor KULIBIN, fue instalado en el palacio de Invierno de los Zares en 1793. En Londres en cambio, ya aparece una cabina de ascensor en 1823.
El 1 de Octubre de ese mismo año, en Cádiz, los diputados que tenían retenido al rey Fernando VII, se comprometen a ponerlo en libertad al obtener la promesa de que dejaría de perseguir a los liberales. Pero el monarca, finalmente no cumplió su promesa y ordenó una severa represión hasta acabar con el Trienio Liberal.
Uno de los más grandes diseñadores, fue Elisha Otis, que trabajando en la industria del mueble, se le ocurrió esta solución ahorrando “esfuerzo y trabajo” para elevar la carga, hasta la evolución meteórica que han tomado en nuestros días. Los ascensores con “memoria” ya se inventaron en 1925.
En el mes de Abril de este año 1925, se presentó la primera edición de “Don Quijote de la Mancha” en sistema Braille, para personas invidentes. “El Quijote”, es una de las obras cumbre de la literatura universal, y es además el libro más traducido después de la Biblia. Fue escrito por Miguel de Cervantes, que nació el 29 de septiembre de 1547, en Alcalá de Henares. Los padres de su abuela paterna, eran naturales de Córdoba.
En la actualidad el edificio más alto del mundo, La Torre Burj Khalifa, en Dubai, 828 metros de altura, tiene ascensores que alcanzan una velocidad de 10 metros por segundo.  Bueno es citar aquí la conversación que un día tuvimos con mi amigo y maestro Manuel Flamil, un enamorado del cielo y de todo lo que allí arriba acontece. A la pregunta que le hicimos de que era la velocidad de escape de la atmósfera, el me contestó: “Es la velocidad mínima inicial que necesita un objeto para escapar de la fuerza de gravitación y continuar desplazándose sin ayuda de ningún esfuerzo propulsor”. La velocidad de escape nos dijo, pues estábamos Camargo y yo, generalmente se da en términos de velocidad de lanzamiento, sin tener en cuenta “el gasto” por los rozamientos. Luego entró en profundidad, mientras se tomaba un refresco Citrania en el Bar “La Barrera”, de la Calle Munda, y nos dijo:
“La velocidad de escape de un cuerpo es proporcional a la raíz cuadrada de la masa del cuerpo a escapar, dividida por la separación entre el cuerpo y el centro del lugar de referencia de donde se quiere escapar el cuerpo. Todo esto nos lo resumió en una servilleta del propio Bar. En una palabra, nos dijo, La velocidad aproximada de escape de la Tierra es de 11.20 Kilómetros por segundo”
Con este dato que nos dio en su día Manuel Flamil, entendemos que la velocidad de escape es MIL CIEN VECES, superior a la velocidad del ascensor más rápido del mundo. 

El PRIMER ASCENSOR DE CÓRDOBA
A este respecto nuestro amigo y maestro Juan Galán, nos comenta que posiblemente el primer ascensor que se instaló en Córdoba, fue el que puso el Conde de Torres Cabrera, en su finca la Isabela, allá por el año 1890.
En ese año nace en el Reino Unido, Agatha Christie, la prolifica escritora británica de novelas de misterio de gran éxito, conocida como la “reina del crimen”. Será la creadora de personajes literarios tan conocidos como Hércules Poirot y Miss Marple.
Luego el ascensor más antiguo en la Capital, se decanta, siguiendo el mismo autor, por el que se instaló en el Edificio del Banco Español de Crédito de la Calle Claudio Marcelo, (Hoy Banco Santander), en 1920. Después le seguirían, el Edificio de la Unión y el Feníx, el Edificio de la Estrella, el Edificio del Gran Bar, el Edificio de la Telefónica y el Edificio de David Rico.
Mientras, aquí estábamos ocupados en poner ascensores en los edificios, en el mismo año de 1920, se fundaba la Legión Española. También se estrenaba en París, la obra de Manuel de Falla, el sombrero de tres picos, con decorados de Pablo Picasso.
En Andalucía, el primer ascensor en instalarse, fue el de la Fonda Alameda en Málaga en 1877. Mientras esto ocurría en Málaga la bonita ciudad de la Costa del Sol, en Estados Unidos, era enterrado el polémico General Custer, con todos los honores militares en el cementerio de West Point, era el 10 de octubre de 1877.

EL ASCENSOR MÁS ANTIGUO DE ESPAÑA

En el mes de diciembre de 1877 llegaba desde la empresa Otis, el primer ascensor que se instaló en la Calle de Alcalá, posiblemente un tal Velentín Morales, fuera el primer cliente al que le instalaron un ascensor. Tanto el edificio como el ascensor fueron destruidos después de un bombardeo en la guerra civil del 1936. Uno que se instaló en el Barrio de Salamanca, calle Villamejor, en 1906, corrió mejor suerte.

En Barcelona fue el arquitecto Cayetano Buigas, el que instaló el primer ascensor para el Monumento a Colón, entre 1880 y 1888.

EL ASCENSOR DE LA “LA BILBAINA
En Córdoba en uno de los primeros edificios que le vimos un Ascensor, fue en el Edificio de las Tendillas, que en Córdoba se le llamaba ”Edificio de la Bilbaina” que era en donde residía las oficinas de la citada Mutua de Seguros, que cubría la cobertura asistencial y médica de importantes empresas de Córdoba. Estaba situada en Calle Cruz Conde nº 2, pero la esbeltéz del edificio se enseñoreaba con la Plaza de las Tendillas, en donde en sus locales bajos, estaba la tienda de zapatería CIUDAD DEL BETIS. También se hizo importante este edificio, pues gracias a su altura, y a modo de propaganda, a principios de los años cincuenta del siglo XX, se lanzó un paracaidista, que a punto estuvo de no abrirse su paracaídas y al final fue a parar a la puerta de la Farmacia Marín, en donde aterrizó de forma poco suave. Esta farmacia, estaba haciendo esquina con Gondomar y Plaza de las Tendillas. Previamente a este salto humano, se lanzaron gran cantidad de botellitas alusivas a una marca de bebidas, cogidas con pequeños  paracaídas. Eran los tiempos, que en los ventanales que había por encima de la Farmacia, en la tarde de los domingos, se proyectaban los resultados de fútbol de las Apuestas Mutuas Deportivo Benéficas.

El portero del edificio de la “Bilbaina”, era un hombre del barrio, que aunque estaba habitualmente uniformado, todos sabíamos que era Rafael el “Losetas”, pues su familia tenía una pequeña fábrica de losetas que había en la Calle Alvaro Paulo.

Después de la fábrica de losetas, hubo en ese amplio local una fábrica de gaseosas “El Marrubial”, que también duró poco tiempo porque ya la multinacional la “Casera”, fue acabando poco a poco, con todas las marcas locales como: Teresa Illescas, La Cosntancia, El Marrubial, Pijuán, etc. etc. El amigo “Curreles” de familia de piconeros y de tradición arriera, fue el último en repartir esta gaseosa en aquel carro tirado por un mulo y con ruedas de goma, que se marcaba un ritmo que llegó a confundir hasta los relojes.

Si no había bastante con el panorama que presentaba “La Casera”, en dicha pequeña fábrica se produjo un accidente en donde un albañil, llamado Almedina, intentó bajar a un pozo y se quedó “frito” por la excesiva acumulación de gases nocivos del fondo. Por lo conocido que era el accidentado en San Lorenzo y la forma de su muerte, aquello afectó de lleno al barrio. A raíz de aquello, entre “la Casera” y el accidente, la pequeña fábrica cayó y en su lugar pusieron una guardería para niños llamada “Carlitos”, que estuvo regentada por una agradable joven llamada Villalba. Al estar la guardería pegada junto a la huerta “Tras la Puerta”, (no existía nada de la Avenida de Barcelona), constituía un recreo muy adecuado para los niños. Enfrente vivía la familia de los De la Rubia Villalba, que para el padre, la urbanización de la Avenida de Barcelona y la Avenida de la Viñuela, constituyó un caudal importante de clientes que necesitaban sus servicios como hábil cerrajero.

Mientras que en la Avenida de Barcelona, todos los bloques fueron concebidos con ascensor, en la Avenida de La Viñuela, brillaron éstos por su ausencia. El “Cojo Moriana” que fue el principal constructor de esta calle, seguramente creyó que los vecinos nunca se harían mayores.

EL ASCENSOR EN EL CINE

También el el cine tenemos citado el ASCENSOR, hay una película estrenada en 1983, que realizó el director holandés DICK MAAS, La película no fue estrenada en España, pero si hubo gente que la pudo ver en Francia, comentan que una noche durante una tormenta muy aparatosa de relámpagos y truenos, cuatro personas quedaron atrapadas en un moderno ascensor de un edificio de oficinas. El mecánico que manda la compañía para repararlo no encuentra nada extraño en él. Pero a partir de ese momento, el comportamiento del ascensor, comienza a mostrarse cada vez más errático y peligroso.

En una de sus mejores criticas de esta película, se dice: “Lo primero que hay que felicitar de esta cinta de horror holandesa es su originalidad, un ascensor con viles intenciones homicidas no se ve todos los días dentro del género. La película tiene un desarrollo aceptable, mantiene el suspense durante todo el metraje y el conflicto conserva el interés del espectador. Solo hay que achacarle que por allí la fundamentación científica del porqué ocurre lo que ocurre se queda un poco corta y no deja conforme al espectador exigente.”

Antes se había estrenado una película muy exitosa de Mario Moreno Cantinflas, titulada SUBE Y BAJA, en la que el cómico mexicano, interpreta entre otros cargos, el papel de un simpático ascensorista. Esa película la explotó en Córdoba la Empresa Ramos, que la proyectó en el Cine Ordoñez y el cine    puso a rebosar. La Calle Montero, parecía que estaba en pleno Carnaval, por la gente que circulaba por ella. La película es de 1958, dirigida por Miguel M. Delgado, fue de las primeras películas de este genero en total color visión.

¡¡SACADME DE AQUÍ!!

En la Hermandad del Calvario de San Lorenzo, en el año 1954, hacía de tesorero un tal M. González, y en una de aquellas Semanas Santas, le encargó a Angel Bimbela que le cosiera y repasara unas túnicas, (quitara las gotas de cera), que del recorrido del año anterior habían quedado estropeadas.  (1954)

Nada más realizar el trabajo se lo entregó al mayordomo de la Hermandad que por entonces era Manolo Diéguez, pero éste le recordó, que para cobrar la factura, tenía que ir a la Plaza de las Tendillas a las oficinas de Seguros Bilbao, que era donde trabajaba M. González el tesorero. La cantidad eran 80 pesetas, pero era tanta la necesidad que este hombre tenía en su casa, que de inmediato se fue para las Tendillas, en busca de las oficinas de la “Bilbaina”, que era el nombre familiar con el que se conocía a la Mutua de Seguros Bilbao, en Calle Cruz Conde nº 2.

Para ir a las Tendillas, procuró arreglarse hasta el bigote, pues no era muy normal para la gente llana del barrio, subir más allá de la Casa del Empeño, que estaba en la calle “El Lodo”. (Isaac Peral). Llegó al portal nº 2 de la citada Calle Cruz Conde  y el portero Rafael “El losetas”, se mostró muy atento con él, pues le conocía de Casa Ogallas, aparte de que estuvieron juntos en los Salesianos; por lo que le ofreció los servicios del ASCENSOR, abriéndole la cancela de fuera y la puerta de la cabina. Para más detalle, incluso le dio a la botonera que le elevaba al quinto piso. Al pobre de Bimbela, poco acostumbrado a aquello y extrañado de tanta parafernalia, se le escapó un comentario de: “Aú que lujo, hay aquí por las casas del centro”  El ascensor subió lentamente hasta la quinta planta que era en donde estaban las oficinas, y se paró. El esperaba, apelando al mismo lujo, que arriba también hubiera otra persona que abriera las puertas del ascensor, por lo que se quedó quieto esperando a que se abriera la puerta de la cabina, pero ésta, en aquellos tiempos, no era automática y por ello no se abría. Pasó el rato, y allí no aparecía nadie, y cuando pasó un cuarto de hora, asustado y sudoroso, empezó a dar gritos de: ¡¡Sacadme de aquí!!, a lo que acudieron los de la oficina, que abrieron la cancela del ascensor y la puerta de la cabina, le invitaron a que saliera. El, sofocado, comprendió que lo del ascensor no era para él.

Después de cobrar la factura que le pagó el tal M. Gonzalez, y aguantar las bromas que le gastaron, se bajó por las escaleras tan pancho, pues no quería complicaciones con el ascensor. Luego contaba todo esto en la Sociedad Plateros, y allí estaban, Miguel Alonso, Antonio Figuerola, Antonio Martinez y Manuel Calvo, que opinaban y estaban convencidos, que la idea del ascensor no las tenía todas consigo.

Y es que la cultura del ascensor no estaba introducida en Córdoba. Se hicieron barrios enteros, se levantaron bloques en forma de caracol y el ascensor brillaba por su ausencia. Daba la impresión de que siempre la gente iba a ser joven. Hoy, hay criaturas que por cualquier circunstancia o enfermedad, están condenadas a no poder salir ni tan siquiera a la calle.

EL ASCENSOR MÁS GRANDE

En el año 1957, un año después que la Universidad Laboral, se inauguró en Córdoba la Residencia Teniente Coronel Noreña. Mientras que a la Universidad Laboral, solamente había unos pequeños ascensores, a los que se accedía por una puerta que había cerca de la puerta de Director de cada Colegio, (Yo nunca los vi funcionar). Más bien fueron ascensores previstos para emergencias.  

En la Residencia Noreña, si instalaron unos potentes ascensores y que a todo el mundo se le antojaban “súper rápidos”. Había gente que acudía nada más que para probarlos, pues allí inicialmente, si había personas que abrían y cerraban el ascensor. Todo un lujo. Y digo lo de ir nada más que para probar los ascensores porque de San Lorenzo fuimos unos cuantos para probar aquello. Íbamos andando y cuando llegábamos a la Avenida de Medina Azahara, y al pasar por el Cuartel de Artillería 42, mirábamos para el patio, para ver si se veía una cosa especial, de aquel patio que era el Estadio América, en donde se celebraban todos los domingos partidos de fútbol modesto. Por otra parte, era el Cuartel de los más solicitados para hacer el servicio militar en Córdoba, casi nadie quería ir a Lepanto, pues se interpretaba que era un cuartel bastante más duro. Lo cierto es que Artillería,  gozaba de buena fama entre los posibles soldados de aquella época.

Pasado el Cuartel, llegábamos a los llamados pisos de Cañete, que tampoco tenían ascensor, pero que nos llamaba la atención porque en el portal, fueron de las primeras casas en Córdoba, que tuvieron buzón de correos. Era una cosa simple, pero nos llamaba la atención máxime, cuando estabas acostumbrado a que en tu casa, llegaba el cartero y empezaba a “pregonar y repartir” las cartas en medio del patio. Antes de llegar al final de la acera de los pisos de Cañete, pasabas por el Bar Capri, que lo regentó a última hora Miguel Montes Sánchez, “El cantínflas del Pozanco”, personaje simpático de Córdoba, que casi al final de su vida profesional emigró a Lérida, en donde falleció hará dos años. Luego después de los pisos de Cañete, venía al final un Bar resguardado por una amplia parra que en verano daba buena sombra. Luego te tropezabas con las barreras del tren, que aunque casi siempre estaban echadas, la mayoría de la gente pasaba. De esta forma pasó lo que tenía que pasar y la desgracia se cebó en una nieta de Angel García Castro, que fue arrollada por el tren. Angel García, fue un cordobés de pura cepa, en su cochera den Buen Suceso, tenía un museo de fotos de la Córdoba antigua. También participó en el debut de Rafael Castro en los carnavales de Cádiz, formando parte de la comparsa “Los Scocíos” que ganó aquel año un premio especial.

En realidad pocas desgracias pasaron para la cantidad de personas que utilizaban diariamente el paso a nivel, para ir acceder a la Residencia. En medio de ese camino, y nada más pasar las vías, había una especie de Bar-Ventorillo, junto a un transformador que había en medio de aquella zona. Los celadores, y personal sanitario, le llamaban a este quiosco, el Savarin II.
    
Atrás se había quedado todo el barrio de la Ciudad Jardín, con los Talleres ROTINI, al principio de la Calle Julio Pellicer, y que salvo honrosas excepciones tampoco tenían sus casas ASCENSOR. Que yo recuerde, solamente en la zona de la Calle Damasco, fue donde se empezaron a ver ascensores, era la época de los sesenta y setenta del siglo XX.. Eran por otro lado, los tiempos en que un eficiente Dionisio era el director de la Caja Provincial de Ahorros de dicha calle, siendo uno de los mejores clientes que tuvo Rafael Baquero Doctor, en el asunto de comprarle libros. Rafael Baquero, fue de las primeras personas que empezó a vender libros de CRÉDITO INTERNACIONAL DEL LIBRO, una de las joyas de la corona de Lombardero, al servicio de la Editorial Planeta. El autor catalán, José María Gironella, se cansó de vender ejemplares de: UN MILLÓN DE MUERTOS, LOS CIPRESES CREEN EN DIOS, y HA ESTALLADO LA PAZ. Lo  que se dice ascensores, no había, pero esta trilogía de libros estaba en casi todos LOS MUEBLES BAR, de aquella época.


EL MEDICO DE CAÑERO

En los mundiales del 1966, estaba yo viendo los partidos con Rafael Sojo, yerno de “La Garrota”, en el patio de su casa en la Calle María Auxiliadora, allí estábamos muy cerca de una de palmera que en su día fue “compañera” de una de las que lucen detrás del Monumento a Manolete en la Lagunilla. (Santa Marina). Carmen Pérez “La Garrota” se echó por tarea el arreglar siempre que podía el San Rafael, que había en la esquina de la Calle Poeta Antonio Arévalo. Carmen era una mujer agradable y dadivosa, y por ello nos ofreció su televisor pionero en aquellos tiempos, marca Big Ben, recién comprado en Casa de Eulalio García “El Lali” de la Calle Almonas.

Allí, por la excitación normal del partido contra Suiza y el posterior gol de Sanchis, se me encajó, un dolor en el pecho y que aunque joven, me preocupó bastante. A sugerencia de Carmen Gutiérrez, la del BESOY, que tenía fe ciega en el médico D. Eduardo Font, fui a Cañero a su consulta. Allí en una casa, planta baja, y a detrás de la Iglesia, tenía este joven médico su consulta. No se me olvidará que tuvimos que esperar a varios pacientes mayores y también uno más joven, pues la clientela era muy variada. Todo el mundo allí en la sala de espera hablaba y no paraba de hablar, sacando a relucir la calidad profesional y humana de aquel médico. Incluso la hermana de Enrique Repullo, que era de muy mal genio, lo catalogó como una bendición de Dios para Cañero. De pronto se abrió la puerta de su consulta y saliendo a despedir a un hombre que estaba entrado en años, y le dijo: “Rodrigo, tienen ustedes la suerte de vivir en unas casas, que no necesitan ni ESCALERAS NI ASCENSOR y eso es muy bueno para la vejez”.

Quizás estas palabras en aquella época, resultaran un poco fuera de tiempo, hoy, podemos observar la visión clínica, que aquellos ojos de médico, como decía su hija Pilar en el DIARIO CÓRDOBA, pudieron intuir. Manolo Herrera, entusiasta de  la Peña Galga, me comentó en una ocasión, “A este médico tenían que haberle hecho un hueco al lado de Fray Albino.

También sabemos que D. Eduardo durante un tiempo colaboró con la parroquia de San Lorenzo, pues se ofreció para habilitar un poli-clínico, para dar servicio médico a las muchas personas que no tenían seguridad social.

En fábrica de Cenemesa, recuerdo que estaban Alcaide Barbancho, Gabriel Álamo, Manolo Herrera, Fermin Pérez, Ricardo Toril, Rafael Jiménez, Antonio Ramos, entre otros, todos vecinos de Cañero y todos hablaban cosas importantes de D. Eduardo Font, al que consideraban como el “Médico de Cañero” y para ellos representaba una enorme tranquilidad para el barrio.

Además era un hombre muy comprensible. En una ocasión le estaba pasando la consulta a D. Cesar Ranz Calzadilla, que era el que había operado a mi padre, y me presenté a por el parte de confirmación sin el carnet. Pronto comprendió que iba desde San Lorenzo y estaba muy lejos para hacerme volver. Advirtiéndome que sin el carnet no se podía dar ningún parte, me hizo el favor de dármelo, evitando con ello que tuviera que ir desde la Noreña hasta San Lorenzo.

EL “COJO” QUE SUBIÓ ANDANDO
A mediados del siglo XX, por nuestros barrios populares como hemos dicho, todavía quedaban algunos portales de zapateros, así podemos citar que en los años 1950, teníamos un zapatero en el JARDÍN DEL ALPARGATE, llamado Francisco Morales Muñoz, este hombre venía del campo de las minas. Nació en el 1888, en Cerro Muriano y de joven trabajó en las Minas de Cobre de esa localidad. Cuando contaba 24 años, formando parte de una cuadrilla de 5 hombres, y cuando transitaban para acceder al pozo San Rafael, fueron sorprendidos por una enorme explosión motivada por el cigarrillo de uno de los del grupo, que de forma descuidada pasó por la Santa Bárbara, y provocó la explosión. Murieron sus cuatro compañeros y él salió proyectado hacia el interior del pozo, quedando cogido en unos salientes de viga, y que al quedar suspendido por una pierna, ésta por el peso del cuerpo, quedó prácticamente amputada en el acto. Desnudo totalmente como quedó después de la explosión, lo recuperaron y fue trasladado al hospital de Agudos en donde le atendieron. Salió del hospital con una pierna menos y su muleta, pero no perdió la sonrisa que siempre tuvo.
Tuvo nueve hijos, pero su hijo predilecto se llamaba Arturo, que coincidía en muchas cosas con él. Este Arturo, fue muy travieso y revoltoso y a consecuencia del hambre, un día si y otro también, saltaba la alambrada de la huerta “Tras la Puerta”, a ganarse el sustento como decía él. Al vivir en casa de vecinos, los servicios solían estar más ocupados de la cuenta, pero él era resolutivo y por ello no tenía problemas, ya que para hacer sus necesidades “mayores” se había acostumbrado a hacerlas, en lo alto de un álamo negro que había al principio de la “redonda”, y de paso, contemplaba el estado en que se encontraban sus higueras y demás árboles frutales.

En la Electro Mecánicas ya estaba colocado su hermano Antonio Morales, al que apodaban, “El suegra”, que también era un personaje digno de recordar. Fue loable, que en aquellos años de dificultad, su hermano consiguiera colocarle en la Electro Mecánicas.

Durante aquellos primeros años 1940-1950-1960-1974, los trabajadores de la Constructora, también entraban por la puerta de la Electro Mecánicas. A la izquierda se dejaba el gran edificio de las Oficinas, en donde trabajaban, José Mena, Antonio Santiago, Miguel Cantero, Rafael Jiménez, José Rodriguez entre otros y casi siempre se veía por allí a Leonardo Rodriguez, con los alicates en el bolsillo de atrás de su mono, ya que trabajaba de electricista.

Se continuaba andando por una especie de avenida formada por amplios árboles de sombra que se llamaban “plátanos orientales” y allí al fondo de aquella avenida, se dejaba a la derecha una nave a la que le llamaban en aquella época “La Pirelli”. Cada vez que vemos a Fernando Alonso, quejarse de “las gomas”, nos acordamos de aquella “Pirelli”. También había una fila interminable de bicicletas colgadas en sus aparcamientos, que nada más pasarlos te tropezabas con una  vía interior en donde muchas veces había vagones aparcados cargados de ánodos de cobre pendientes de entrar a Secem. Al fondo se abrían una cancela a la izquierda con el Fichero de Constructora; un poco más a la derecha, el Fichero de Secem y más a la derecha aún, las puertas del Botiquín de la Electro, en el que tenía sus reales D. Luis Gala, (Padre de Antonio Gala, el literato), que era el médico de Secem. “Francisco”, hombre muy extrovertido y simpático, era el practica, siendo además muy querido por el personal de fábrica. Mientras todos los de su profesión llevaban maletines con su instrumental, él llevaba como especie de una caja de zapatos, sobre todo en los relevos de la noche, y el único contenido era una botella de cerveza y otra de vino.


EL SUSTO DEL CALOR Y EL COBRE

En Secem, era un tanto peligroso trabajar en la Nave de la Electrolísis, allí se respiraba un ambiente que era obviamente muy sano. Nada más llegar a la nave y cuando te fumabas un cigarro, sobre todo en las primeras semanas, notabas el tabaco con un sabor dulce y raro. Lo explicabas y te decían: “Cuando te acostumbres a este ambiente, ya notarás el tabaco con su sabor normal”. Era en la nave que lógicamente más se ganaba, me decía Arturo Morales Contreras, que trabajó de gruísta en esta nave. Allí llegaban trenes cargados de ánodos de cobre fundidos “a pie de mina” en la instalaciones de Riotinto Patiño (Huelva), Se introducían los ánodos en las cubas con los ácidos y lentamente éste cobre por medio de la electrolisis se iba depositando ya purificado en unos cátodos (chapas finas), que en sentido vertical se colocaban para que el material se fijara en su paredes. Estas operaciones eran largas en tiempo.

A fin de ganar más dinero, el amigo Arturo empezó a trabajar en la Nave de la “Electrolisis” en donde estaban los encargados “Valero” y el “Pío” que para imponer la disciplina y el ritmo de trabajo, incluso se subían a lo alto de la grúa para controlar al trabajador que abandonaba antes de hora el puesto de trabajo.

Fue en verano del 1948, cuando empezó a trabajar en esa dichosa nave, y el primer día, terminó la jornada de doce horas (de 6 a 6 de la tarde), y sin más se marchó a su casa. Llegó un tanto cansado y aprovechando que había cama libre, se echó un rato en ella y se quedó dormido.

En aquellas naves, ni hacía falta tiempos ni “chascarrillos·”, eran los encargados los que ponían la duración de las faenas, y como siempre había quejas sobre la forma de repartir los tajos y se advertían detalles de que claramente había sus preferencias. Un detalle curioso que se daba con frecuencia, era el que había encargados que al asignar “tareas” cuidaban sobre todo a aquellos con los que mantenían cuentas pendientes que cobrar. Hubo un sastre en Córdoba, a continuación del Circulo de la Amistad, al que no le faltó el trabajo durante muchos años de su vida, pues media “Letro”, se hacía allí los trajes, mediante vales de “a cuenta”. Luego ya cogió el relevo “Creaciones Amara”.

El amigo Arturo, se había estrenado en aquella nave de la electrolisis como hemos dicho, y sin haberse duchado para salir antes, llegó a su casa y como la ducha no existía, se acostó a dormir un rato para descansar. Lógicamente, tampoco en las casas del Jardín del Alpargate, había aire acondicionado. Al despertarse con los cuarenta y tantos grados de calor, se levantó sudando y se asustó al mirar las sábanas en donde había estado acostado, pues había dejado un rastro entre verde y negro de todo su esqueleto. De momento su madre llamó a su padre y éste sin saber que hacer, cogieron un taxi y siguiendo los consejos de "Rafalito El Largo" el taxista, se fueron a urgencias, que entonces estaban en los últimos pisos de  la llamada Caja Nacional y le atendió un médico bastante experto, que al enterarse en donde trabajaba los tranquilizó. Tranquilos no estaban del todo, pues el zapatero (El padre), a pesar de su cojera (le faltaba una pierna), se negó a subirse en el ASCENSOR y por aquellas escaleras se perdió y tardaron una hora en encontrarlo.


Finalmente Arturo, encontró a su padre, recostado en una camilla y al parecer recibiendo atención médica por agotamiento y un poco dolido pues se había resbalado por las escaleras, pero eso no le evitaba tener su cigarro en la boca de  “cuarterón verde” de aquellos que “re-elaboraban” en el Huerto Hundido. Aquel cigarro le dio fuerzas para bajar las escaleras andando. De vuelta para para su casa volvieron en el mismo taxi de Rafalito el “Largo” y por curiosidad se enteraron que éste era “siete-mesino”. 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Los ascensores que había en las torres gemelas en Nueva York, ( que ya no están ni las torres ni los ascensores), eran mucho más rápidos que los citados.
Tenían cambio automático como los coches. Arrancaban a una velocidad similar a la de los ascensores normales y luego incrementaban la velocidad, y eso era porque una velocidad muy alta al empezar la siente como una cosa muy desfavorable el cuerpo humano.
Ese tipo de ascensores, a lo mejor los ponen en Barcelona en la torre Agbar. En Córdoba cuando el ascensor vaya a cambiar de marcha ya estará en el último piso.
Se empieza el relato con los ascensores y se introduce la electrolisis como comentario, y eso hace creer que la intención del que ha escrito ha sido: " Si ya no hay electrolisis, para que necesitamos los ascensores".
Saludos.

Manuel Estévez dijo...

Estimado amigo anónimo:

En ningún momento mi intención decir que la Electrolísis, o como se pongan correctamente, es una razón necesaria para que haya ascensor.

Quizás mi intención sea otra, la de poner a un hombre Arturo, que todos los día lo veo, y que después de mucho trabajar en Secem, con la ayuda de su hija ha conseguido un piso con ascensor.

Tengo que recordar aquí, a Pepín Luna, antiguo compañero de Fábrica, que después de trabajar muchos años a relevos de 12 horas, y luego después dedicarse a la albañilería de "de rehabilitación" suspiraba por tener un piso simplemente CON ASCENSOR.

Desgraciadamente ha muerto con la conciencia tranquila de su deber como español cumplida. Es lamentable que en este país, que entre unos y otros se lo están llevando "calentito", un trabajador no pueda salir a la calle por el ascensor.


Saludos amigo

Rafael San Martín dijo...

He leído y comprobado que se cita a Manuel Flamil, y su inclusión en un tema como el ascensor me parece inadecuado, porque el ascensor es un instrumento que se emplea para subir más deprisa, y eso iba en contra de la forma de ser de esta persona, que sin embargo convivía con los que se daban codazos y otras cosas con el objeto de subir pronto o sea prosperar, sin importarle el procedimiento. El estaba en un departamento que se llamaba Procedimientos.
En definitiva, era de las pocas personas de las que guardo un recuerdo imborrable y lo tengo muchas veces presente.
A Eloy Vaquero sus enemigos políticos le decían: " De Montalbán lo trajeron en un carro de melones". Yo no sé como vino Flamil, pero para mi ha sido una suerte conocerlo.

Manuel Estévez dijo...

Amigo Rafael:


Menciono a Manuel Flamil Cañete, porque me siento orgulloso y afortunado de haber convivido con él en Fábrica. Lo he metido en el contexto de los ascensores, porque al hablar de velocidad quería compararlo con los datos que él a los que nos gustaba aprender nos enseñaba.

No hace falta que me digas que estuvo en Procedimientos, pues allí fue, cuando coincidí por primera vez con él. Ya quisiera yo, para mis hijos, que en su vida laboral tuvieron compañeros como Flamil.

Yo de Eloy Vaquero, no quiero hablar, si en cambio, hablo y menciono a Rafael Baquero Doctor, gran persona, que estuvo en Procedimientos, con Flamil y además fue su vecino durante algún tiempo.

En tú caso se nota que fuiste de Calidad, y casi todo eran rechazos para ustedes. Ahora que vienen las piezas a "mogollón" hechas de allí a lo lejos, quien vigila la Calidad.

Los poderes van por épocas, pero lo que de verdad merece la pena, es un valor inalterable.

Saludos

Molón Suave dijo...

Siempre me gusta leerte, pero esta entrada me ha parecido especialmente brillante. De entre todos los personajes que citas, me quedó con Font de Dios. Lo conocí porque trató a mi madre, que vivía no en Cañero, sino en la calle Almonas, bien lejos de allí. Era un gran médico y mejor persona. Desgraciadamente, hoy es difícil encontrar profesionales de la medicina de su calibre, con el trato tan humano que daba a sus pacientes y a los que no lo éramos.

Manuel Estévez dijo...

Amigo Molón Suave


En todas mis entradas procuro hacer justicia a personas que siempre mi opinión, pudieron aportar algo a nuestra Córdoba. "EL Médico de Cañero" no cabe duda que fue una persona clave en aquellos años de Córdoba.

Su sencillez, su calidad humana, y su gran intuición médica, le hizo un hombre querido por mucha gente. No sé los políticos de turno, a quien preguntan para poner nombres de calles, pero aquí tienen un ejemplo que sería aprobado por unanimidad. Pero se ve que el Pueblo no pinta nada en esto.

Saludo Molón, es un placer dialogar contigo.