domingo, 20 de mayo de 2012

EL PUENTECITO DE SAN RAFAEL

Escuchando la copla que Antoñita Moreno, (1950), dedicó al entierro del pintor cordobés Julio Romero de Torres, oímos que menciona en una de sus estrofas al “Puentecito de San Rafael”. Dicho Puente figuró durante muchos años de forma anónima hasta que por su proximidad con el Cementerio de San Rafael, y al recrearse la copla en el “recorrido final” del entierro del famoso pintor, los autores de la canción Ramón Perelló y Monreal, bautizaron a este puente con el nombre del Cementerio, y ahí quedó universalmente nombrado para la historia.

Este puente (el de la copla), era uno más de los que había en el trayecto de la carretera de Córdoba a Alcolea. Con el mismo tipo de barandillas y además pintadas del mismo color  rojo y blanco. Uno había también en la Choza del Cojo, otro en la Gasolinera de San Carlos, otro en el arroyo de Rabanales, otro en la Gasolinera las Cigueñas, y otro a la entrada de Alcolea. Alguno, más que puente en realidad eran como simples “pasos de cuneta”. "El Puentecito de San Rafael", llegó a tener incluso gente que lo tuvieron como vivienda.

Por este puente pasaba el agua del arroyo que bajaba por la margen izquierda de la actual Avda. de la  Viñuela. Por la otra margen, una fila de álamos blancos y una sucesión de chozos y viviendas provisionales, delimitaban la Huerta Tras-La Puerta, y contemplaban como el arroyo saliendo de la Viñuela, pasaba junto a la fuente que había enfrente del Cementerio de San Rafael, para unos setenta metros más abajo buscar el “Puentecito de San Rafael” para cruzar la carretera y adentrarse por la antigua fábrica del Gas y el Santuario de la Fuensanta, en busca del arroyo de Pedroches por el moredal. En la carretera, la ubicación del puente era a la altura en donde estaba el almacén de pieles de Manuel de la Torre.

El arroyo que bajaba por la Viñuela, no era otro que el arroyo de las Piedras, que venía por detrás de lo que era el Cuartel de Caballería de Sagunto (Luego Lepanto). Este arroyo era la unión de dos arroyos que se juntaban  en la antigua calle CINCO CABALLEROS, a la altura de la Cruz del Padre Roelas. Uno venía merodeando la tapia  de la fábrica de Asland y otro pasaba por medio del barrio de chabolas del Zumbacón. (Puente de Chinales). Este arroyo antes de construirse el Cementerio de San Rafael, (1874), cruzaría la carretera en línea recta conforme salía de la Viñuela. Fue al habilitar  el citado Camposanto, cuando se desvió el arroyo en paralelo al frente del Cementerio y hubo que proveer la construcción del “Puentecito de San Rafael”, para cruzar la carretera.

El arroyo de las Piedras, su paso por la Viñuela y por el "Puentecito de San Rafael", se interrumpió, (1948), al ser embovedado, cuando se hizo el Estadio de Fútbol de Lepanto. De esta forma dejó de pasar agua por el “Puentecito de San Rafael”, pero en cambio se provocaron las inundaciones de San Lorenzo, pues a la entrada de lo que era el embovedado (que estaba en la zona de cinco Caballeros), se taponaba dicha entrada con materiales de derribo que allí se tiraban y se desviaba el caudal hacía la zona de San Lorenzo, después de inundar la Huerta “Currete” (actual Edisol). .

“EL RECORRIDO FINAL”
1874-1965

El Cementerio de las personas ilustres y famosas de Córdoba, siempre fue el de la Salud, por eso es importante relatar aquí el “recorrido final” del sepelio de Julio Romero de Torres, que fue posiblemente el entierro más sonado y popular de todos los enterrados en el  Cementerio de San Rafael.

Antes de llegar al “recorrido final” el entierro de Julio Romero de Torres, (10/05/1930), partió de la parroquia de San Francisco, en donde se celebró el entierro en medio de una multitud de público y popularidad. De los Patios de San Francisco, llenos a rebosar partió el sepelio con destino al Ayuntamiento y lo hizo por Calle la Feria arriba. Después del Ayuntamiento en donde recibió públicos homenajes, subió por la Calle Nueva, Calle Gondomar, Gran Capitán  y desde allí fue llevado hasta la Plaza del Cristo de los Faroles, en donde el pintor se había inspirado para su famoso cuadro de la Saeta. Un coro puso notas musicales al acto y la muchedumbre pudo embriagarse con la emoción contenida que representó el acto. Las mujeres que fueron sus modelos, formaban una tribuna de duelo con sabor a Córdoba. Fue impresionante su paso por el típico Realejo. Luego y después de varias presidencias de honor, circulaban unos veinte coches portando como única carga, multitud de coronas, que llegaron de toda España y muchos sitios del extranjero. Se recitaron poemas líricos, y palabras de homenaje a cargo del catedrático D. Antonio Jaén que dijo:

"Bellas mujeres por tu magno pincel creadas, las de las carnes pálidas y morenas, las de cera y llama a la vez, la de los senos palpitantes y virginales semejantes a las palomas en su nido, las de las moradas ojeras como la flor del lirio, labios levemente fruncidos que temen y desean el beso. Maestro Julio : Si es verdad que al traspasar los umbrales de esta vida el artista va precedido de la obra que creó, ¡ qué magnífico cortejo de mujeres te llevas ! 


Incluso Ramón Perelló y Monreal, tuvieron “ambiente adecuado” para componer la letra de la famosa canción que recrea el “Recorrido final del cortejo fúnebre” por “EL PUENTECITO DE SAN RAFAEL”, en clara alusión a su llegada al Cementerio.

A nivel de Córdoba, solamente el entierro de Manuel Rodríguez Sánchez, “Manolete”, pudo compararse a este duelo.

“TESTIGOS EN EL RECORRIDO FINAL”

En el año 1862, el recorrido que hoy ocupa el Cementerio de San Rafael hasta Puerta Nueva, vio como por allí entraba el cortejo real de la Reina Isabel II, fue la primera  persona real que utilizó esta entrada a Córdoba por esta puerta (PUERTA NUEVA), ya otros reyes hicieron sus entradas por la Puerta del Puente, Por la Puerta de Almodóvar e incluso el Rey Fernando el Católico hizo su entrada en 1483, por la Puerta del Rincón.

También los franceses cuando victoriosos entraron en Córdoba, lo hicieron por Puerta Nueva, por lo que hubieron de pasar por el famoso “recorrido final”, en sentido contrario, es decir en olor de triunfo y algarabía.

(1945-1965)

Los entierros cuando se dirigían al Cementerio de San Rafael se sentían acompañados por los llantos familiares y los amigos del finado. Cuando enfilaban el “Recorrido final”, ese trayecto, que había entre Puerta Nueva y el Cementerio de San Rafael, siempre se producían una serie de escenas típicas  y reiterativas. Al pasar por la taberna de Casa de Chaleco, que era propiedad de Fernando Fernández (suegro de “Pedrosa”, antiguo jugador del Córdoba), los clientes apostados en la puerta con su medio cogido en la mano, solían decir, “otro” y “toca madera”. Y se agarraban con más fuerza que nunca a aquel “medio” que tenían entre las manos, como si les fuera la vida en ello.

También entre los trabajadores de aquel simpático Matadero Municipal, (antiguo Hospital de San Lázaro durante la Edad Media, y que Felipe II, se lo entregó a los Hermanos de San Juan de Dios), estaban “Los Cacerolas”, “El Manolillo”, “El Bicho”, “El Gallo”, “El Chiquilín”, Blancas “El banderillas”, Rafael González “El  Pelajopos”, “El Paquirri”, hermano de "Yllii", “El Mellao”, hermano del "Lolo",  Pepin Garrido,  "El portero", padre del hombre de confianza del Cordobés, El simpático "Mudo", El amigo Peña "El encargado", que además era el puntillero oficial de la Plaza de los Tejares,  y como no, "Pepin el Forraje", todos ellos fueron testigos de lo que aconteció durante muchos años en ese recorrido final.

Luego, más adelante eran los trabajadores de García Márquez y Casas, los que miraban a la comitiva por si conocían a algún familiar. Muchas veces tenían el bocadillo en la mano y saludaban con la otra.

A continuación eran los trabajadores del taller de carros de Amador Naz Román, los que hablando en clave de dominó (juego en el que D. Amador, era un consumado maestro), solían decir con alguna broma: “A ese que va ahí, le han ahorcado el seis doble”.

Luego más adelante y al pasar el FIELATO, se llegaba a la altura de la “Casa del Tercio”, en la que los singulares vecinos de esta enorme casa, (103 vecinos), que observando desde la puerta, hacían una rápida estadística del entierro y pasaban repaso hasta de los lujos o miserias que acompañaban al pobre muerto en su recorrido final. Si iba mucha gente, como iban vestidas, también miraban “las capas”, las flores, y como no, los llantos, etc. etc.

A continuación se pasaba por los almacenes de Amador Jiménez, (piensos y legumbres,) que por todo anuncio tenía en la fachada de su nave UN CAMPESINO CON UNA ENORME GUADAÑA, que daba miedo verla y más yendo en la comitiva de un entierro. El olor a flores nos hacía ver que pasábamos por la huerta de Fernández Peña, que solía recoger “sus frutos y ganancias” en el mes de los difuntos.

Al llegar al “PUENTECITO DE SAN RAFAEL”, lo primero que pasaba es que se asomaban los “inquilinos del puente” (1948), que según se comentaba por allí se les denominaba la “saga” de los “Salpullios”. En el tiempo nos parecerá extraño, pero daba la impresión de que esta humilde familia que vivía en el “puente”, tenía ya en aquellos tiempos “Una especie de teléfono virtual”, que se comunicaba con el Cementerio.

Efectivamente nada más llegar el entierro a este “puente” empezaba el coro de  sacristanes a cantar el “gori gori”, canto que más que una oración fúnebre para el muerto, era un  aviso para que el campanillo de la espadaña del Cementerio, empezara a doblar su campana, y de esta forma llamar a tarea a los sepultureros. Fue mucha gente la que presenció estos “recorridos finales”.

Por vivir en los aledaños y casas cercanas, muchas veces debieron presenciarlo. Así  podemos mencionar a Villalba el ebanista y sus agradables hermanas, los hermanos Arias, los Barrera, los González, los Aban Cerro, los López Caballero, los Flores Otero, los Aguilar Méndez, etc. etc. y hasta la misma Doña Blanca y como no, Medina el lapidario.

Se puede decir que este “recorrido final” durante aquellos años, lo hicieron miles de entierros, con cruz, monaguillos, sacristanes y curas incluidos. Antes del Concilio Vaticano II, se acompañaba al muerto hasta la misma iglesia del cementerio. Allí después de un responso, se hacía cargo del cadáver, el capellán del campo-santo, que vestido con un sobrepelliz, “daba fe” ante los familiares de que se enterraba a su familiar.

Y digo miles porque ese recorrido lo hacían casi todas las parroquias de Córdoba, y baste recordar que por aquellos años, simplemente la parroquia de San Lorenzo, tenía una media de sesenta entierros en los meses de invierno y una media de veinte entierros en los meses de verano. 

OTROS “TESTIGOS”

En ese “Recorrido final” desde Puerta Nueva hasta el Cementerio de San Rafael, pasaron muchas cosas y hubo como hemos dicho muchos testigos. Uno de los que pudiéramos llamar principales testigos fue aquel autobús el “nº 8”, al que le llamaban cariñosamente “LA  BOMBONERA” y que siempre que llegaba a la esquina del Matadero Municipal, “paraba” con todo el respeto y cedía el paso a la comitiva del entierro.

Y es curioso referir aquí a este autobús llamado “LA BOMBONERA”, de matricula CO- 5451, (motor Perkins), que hacía el recorrido: (Cañero a Pío XII por Matadero), que una veces era conducido por uno que le apodaban “El Pavero”, otras veces lo conducía “El Enamorado”, y como no también por el “Pescailla”. A este último, le correspondió vivir un accidente en que “LA BOMBONERA”, en vez de presenciar “Un entierro”, estuvo a punto de caer al río por la cuesta del Seminario y provocar “Un macro entierro”. Fue un día en que el citado Autobús Cañero a Pío XII por Matadero, y cuando iba por los Santos Mártires (en el lugar exacto a donde ahora está ubicado el actual puesto de churros), le fallaron los frenos de varilla, y por ello ni siquiera pudo hacer la PARADA que allí existía. El autobús siguió sin control ante el susto mayúsculo de su chofer y el propio cobrador, que no era otro que el famoso Ezequiel, (entrenador de juveniles del fútbol modesto cordobés). Mientras el chofer, luchó con “LA BOMBONERA”, para intentar controlarla, el deportivo cobrador abandonó el vehiculo en marcha, estrellándose contra un árbol por fortuna sin daño alguno grave.

Por fin el “Pescailla”, logró dar un golpe de volante y “paró el autobús” que fue frenado por la esquina del Seminario. Afortunadamente, salvo, el lógico susto, no llegó a pasar nada. Eso sí, el intrépido cobrador (Ezequiel), que abandonó “el barco en marcha”, reclamó el derecho a una posible indemnización por el golpe que se dio, pero que la empresa de Seguros no se lo concedió.

No cabe duda de que por la mente de todos los ocupantes de la “LA BOMBONERA”, se recordó aquel día del mes de Abril de 1964, cuando en aquella tarde de fútbol, (jugaba el Córdoba con el Levante), desgraciadamente se precipitó al río Guadalquivir el autobús que hacía desde las Tendillas el ESPECIAL FUTBOL. Fue en la misma Cruz del Rastro y cuando giraba para encarar la ribera hacia el Estadio del Arcángel, se precipitó al río. De haber existido el actual SOJO, los clientes y desde la terraza, podían haberlo presenciado todo.

Lamentablemente se ahogaron todos los ocupantes excepto el cobrador que se lanzó por la ventanilla del vehiculo antes que éste se precipitara al río. Curiosamente el citado cobrador era el sacristán de la Iglesia de San Basilio.

El chofer del autobús, Wenceslao, un hombre comedido y prudente, había relevado en las Tendillas a su compañero (Bernabé López Rodríguez), que era el que tenía que haber hecho ese servicio especial. Lo que ocurrió es que el tal Bernabé se sintió malo con una vomitera y se lo comunicó al jefe de mantenimiento de la empresa (Rafael Ramos), de que necesitaba ser sustituido pues se encontraba claramente indispuesto. Entonces fue cuando le sustituyó su vecino del barrio Wenceslao (ambos vivían en Barrionuevo). La matricula del coche siniestrado era MA-21299. Aquel accidente provocó un gran número de entierros. 

LOS ENTIERROS EN LA HISTORIA

En la Colección Vázquez Venegas, aparece un documento, con el nº 272, folio 114, de Copia realizada en el año 1751. que dice:

1376, Abril, 21.

“Estatuto establecido por los cofrades de Santa María de la Candelaria y del Monasterio de frailes de San Francisco de Córdoba, sobre asistencia a entierros de los cofrades y sufragios por los mismos.”

En  1408, septiembre 13.

En un Resumen de unas Ordenanzas otorgadas por  el Obispo D. Fray Gonzalo de Illescas, se dice:

“Sobre administración de sacramentos y entierros. Se consideran entierros especiales los de fuera de la muralla, o los que se ejecuten después de la puesta del sol, y los de los conversos (por vivir la mayoría de ellos fuera de los muros de la ciudad)   

En la Edad Media y a la altura del 1363, ya aparecen las Obras de Misericordia, y en la séptima, aparece la de “DAR  SEPULTURA A LOS MUERTOS”. Que la Iglesia se asignaba como una obligación.

La verdad es que a lo largo de la historia, nadie o casi nadie se ha quedado sin recibir sepultura, pero la verdad es que unos recibieron honores y muchas muestras de respeto, mientras otros, la gran mayoría, lo hicieron en el mayor de los anonimatos. Incluso aquellos que no tenían “póliza de seguro”, y por tanto sin derecho a sepultura o bovedilla, eran enterrados en  lo que se llamaba vulgarmente como la “zanja” en donde se practicaba una fosa en tierra de nadie y allí sin identificación alguna se enterraba el finado.

Referidos al Cementerio de San Rafael, allá por los años 1940-1960, había dos “depósitos” uno “El de pago”, para aquellos que tenían la póliza del seguro prevista y al corriente y otro “El de balde”, para los que no tenían nada previsto, quizás por necesidad.

Afortunadamente y después del Concilio Vaticano II, la Iglesia simplificó los entierros, eliminando “el color negro de las capas y su número”, por lo que en cualquier entierro, el sacerdote utiliza una única capa de color morado, evitando así aquellas diferencias que existían “en el número de capas”, según se pagara.

Creo que es correcto resaltar aquí la sencillez de los entierros que protagonizaba D. Antonio Campos González, el cura “Campitos” en el tiempo que estuvo de párroco en la desaparecida parroquia de San Juan de Letrán. En esa parroquia siempre fueron los sepelios muy sencillos, empezando por su sacristán Miguel Serrano, “El artillero”, que lo mismo tocaba el órgano, cantaba el “gori gori” que se ponía su sobrepelliz y acompañaba al muerto. El cura “Campitos”, lo hacía todo sencillo hasta incluso era de los pocos que accedía al Cementerio por el terrizo camino de la Viñuela. De la pompa y el boato en el entierro de Julio Romero de Torres, a la sencillez de “Campitos”, lo único que ha quedado es que sus respectivas tumbas han quedado una enfrente de la otra. 

MERCADEO CON LOS MUERTOS

Hay gente que negocia con todo y como no, incluso con los muertos. Hacía mitad de los años setenta, hubo un desgraciado accidente laboral en las instalaciones de SECEM, en el que resultaron muertos tres trabajadores al estallar un transformador. La fatídica muerte les llegó a los trabajadores de forma espaciada. Primero fue uno, luego otro y finalmente falleció el tercero, todos en el espacio poco menos de una semana. Recuerdo que en el entierro del primero, el sindicato comunista y el propio PCE, pasearon el cadáver de este trabajador prácticamente por toda Córdoba, y lo llevaron a hombros hasta el Cementerio. Por todo el camino, los Slogan políticos y sindicales, atacaban quizás con razón a la empresa por descuidar las medidas preventivas en el tema de los accidentes. El muerto lógicamente, ajeno a todo lo que pasaba, fue utilizado como ariete contra la empresa. Nada que reprochar.

Años más tarde y ya con la democracia instalada en nuestras instituciones y con Julio Anguita, como alcalde comunista al frente del Ayuntamiento, muere el trabajador,  Faustino Blanco, (sepulturero).  La plataforma elevadora, en mitad de la operación de elevar un ataúd, falló y la caja con el muerto dentro aplastó al joven sepulturero,  muriendo éste prácticamente en el acto. Córdoba, se enteró de ese accidente por una pequeña reseña del periódico CORDOBA, nadie, ni sindicatos ni por supuesto el PCE, en el Ayuntamiento, hicieron ninguna manifestación pidiendo “responsabilidades” a nadie. Una de dos, o este muerto tenía  menos categoría humana que aquel trabajador de la Electro Mecánicas, o los sindicatos y el propio PCE, demostraron que usaban a los trabajadores muertos para su propaganda. 

EL ENTIERRO COMO NEGOCIO

Con el dolor que supone para cada uno de nosotros, cuando se nos muere un familiar, un amigo o simplemente un conocido. Contracta esta situación con la actitud de otros ante la muerte. El otro día, “El Limpio”, que está casado con una hija de ese gran aficionado al cante apodado “El Grajo”, cartera en mano se lamentaba cerca del portalón de San Lorenzo, de la “escasez de muertos” que se notaba en algunos días, y se quejaba por ello, porque su trabajo “no funcionaba”. El, es visitador de una empresa de Pompas Fúnebres, y vive de eso.

También algunas veces Encarnación Gutiérrez, cuñada de los Vázquez (Funeraria Vázquez), llegaba los domingos a casa de su hermana y decía: “Eso dice el Paqui, (En alusión a Francisco Vázquez), que ahora está el asunto muy flojo, pues apenas si hay muertos.”

Y es que hay que comprender que son negocios que necesitan su “cuota de muertos” para que haya facturación. La vida nos enfrenta el dolor con los balances.
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4 comentarios:

Rafael San Martin dijo...

Ahora me he enterado que el puente de San Rafael no era el puente romano.
Como me gusta mucho la Historia, especialmente la local, agradezco estas cosas que se escriben en este blog, porque me permiten enterarme de sucesos que ignoraba y que resultan interesantes.
Los entierros pasaban por la calle Muñices, y llegaban al matadero municipal, donde no se nombra a Pepe Olla, que allí trabajaba a las ordenes de Sandalio Vidal, famoso carnicero que dio lugar al comentario aquel cuando no existían los gordos actuales que decía refiriendose a una persona cuando era muy delgado: " A ti no te saca un filete ni Sandalio Vidal". Pepe Olla fue un gran torero, en su estilo.
Hecho de menos algo de historia sobre el barrio de San Lorenzo, en referencia al anarquismo, de acuerdo con los escritos del notario de Bujalance.
Saludos cordiales.

Manuel Estévez dijo...

Amigo Rafael


Te gradezco mucho tu comentario, y tengo que decirte que el motivo de la entrada no era hablar de los
posibles matarifes del Matadero.

El objetivo, era resaltar el famoso "Recorrido final" que empezaba con:

EL HOSPITAL ANTITUBERCULOSO
Hoy Facultad de Drecho),

Luego el CAMPESINO DE LA GUADAÑA, que estaba en la nave de Amador Jiménez.

Y finalmente EL CEMENTERIO

Era un tridente para la reflexión
y lo del Puentecito de San Rafael
es más que nada para aclarar.

Saludos

Lucas Jurado Marín dijo...

Manuel, como siempre excelente. No conocía la historia del "puentecito de San Rafael". ¡Como me gusta la historia local!

Manuel Estévez dijo...

Amigo Lucas

Tengo un amigo que se llama Rafael Sanmartin, y me ha dicho que escribo cosas que la mayoría de la gente de ahora no la entiende.

Pero yo le he contestado, que con sólo que mi madre y los amigos de mi niñez, lo "lean" se identifiquen con ello, me siento feliz.

Gracias amigo Lucas, personas como tú mereceis cualquier esfuerzo.

Saludos